sábado, 25 de septiembre de 2010

Mulhacén


Tú, montaña gigante del sur de la península, te enfadaste con nosotros sin haberte hecho ofender y nos privaste no sólo de tu cima sino de tu propia visión.

Dos días después, arrepentida, relajada tras el desahogo de tus tormentas, permitiste a estas tres personas conocedoras de su propia pequeñez frente a gigantes como tú y tus hermanas menores hollar ese punto cercano al cielo, ese punto anhelado durante meses, tan accesible unas veces y otras, en cambio, tan imposible bajo tu enfurecido carácter.

Nuestro esfuerzo y cansancio fueron el pago por caminar en tus laderas, por conocer tu secreto: esa hermosa vista desde tu cima, abarcando desde Cazorla hasta el Atlas, desde Málaga hasta Jaén, desde el cielo hasta el mar... La bella Vereda de la Estrella se presentaba postrada a nuestros pies, caminito a la laguna de La Mosca y de La Caldera. El Corral del Veleta, negando la entrada de los rayos del sol, celoso guardián de unos pocos y tercos neveros tardíos, nos ofrecía un caos de piedra y aridez en mitad de la salvaje belleza de este maravilloso paraje, herencia del reino Andalusí, escenario de la historia, cuna de gentes recias con carácteres forjados en sus valles y lomas, en sus fríos inviernos, en sus calurosos veranos.

Contentos, dejamos todo tal y como lo encontramos, con la única excepción de nuestros alientos que quedaron en ese aire tan puro y el recuerdo del alegre resonar de nuestras voces en tu cumbre, con el agradecimiento de quienes nos hemos acercado a tí con la reverencia y el respeto que te mereces.

Por todo ello, gracias montaña.


sábado, 15 de mayo de 2010

ADIOS, BOLIVIA 2008



Conocedor de la tristeza del adiós

permití que las alas de la ilusión

me acunaran en su regazo

durante unos días.

 

Ocultas de las miradas ajenas

quedaban las alegrías apagadas

escondidas en el fondo del corazón.

 

Pronto llegaría el mañana

con un nuevo amanecer.

Resurgiría de las cenizas

cual Ave Fénix la ilusión en mi ser.


 

martes, 20 de abril de 2010

BOLIVIA 97 "Un viaje iniciático"

Cuando el 2 de junio de 1997 me encontré sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto de El Alto, en Bolivia, a 4000 m de altura, no era aún consciente del lugar en el que me encontraba: Los Andes. Un mundo diferente, con montañas de hasta 6000 metros, enormes conos recubiertos de merengue de un blanco cegador.

Y es que tres semanas antes aún no había decidido dónde pasar mi mes de vacaciones. El azar quiso que conociera a un gallego y dos malagueños que partían hacia allá y decidí apuntarme a esta aventura. El poder admirar en directo esas preciosas, y terribles, moles de hielo y roca, el cruzar "el charco" por primera vez, poder conocer otra forma de ver y entender la vida... eran motivos demasiado tentadores como para no tenerlos en cuenta. Y allí que nos fuimos!
Todo es distinto: los colores, tan vivos; el olor, desagradable en muchos casos, la prisa, no existe; la paciencia, infinita.
Era como pasar del mundo "en color" de occidente al "blanco y negro" de sudamerica.
Pero creo que quienes hemos estado allí preferimos ese mundo de grandes contrastes:
El bullicio de las calles, la tranquilidad de sus gentes; su pobreza material, su riqueza espiritual; lenguas como el quechua y el aymara entremezclándose y conviviendo con el español sin menospreciarse las unas a las otras.
Unas líneas escritas en un mural en el Museo Nacional de Arqueología de Tiwanaku bastan para entender en gran manera este mundo:
"Mientras la cultura occidental se desarrolla a la velocidad del galope del caballo, el mundo andino estructura su pensamiento al paso de la llama, animal que fue domesticado para caminar al paso del hombre."
Durante ese mes de junio visitamos varios macizos montañosos (Huayna Potosí, Illimani, Condoriri) en los cuales pudimos comprobar el descomunal tamaño de estas montañas o, mejor dicho, nuestra propia pequeñez frente a ellas. Montañas a las cuales no se puede subir sin una gran determinación y la aceptación del sufrimiento que conlleva el esfuerzo requerido.
Especial recuerdo guardo de los niños del pueblo de Una, en las laderas del Illimani, con quienes pude disfrutar de una de mis mejores tardes de futbol, volviéndome a sentir niño al jugar con ellos.
Cerca de La Paz se pueden admirar las ruinas arqueológicas de Tiwanaku, consideradas como la cultura más importante del período precolombino en territorio boliviano. En el transcurso de dos milenios logró grandes avances en la ciencia, técnicas de cultivo y en el arte, especialmente en el manejo de materiales líticos.
No hay que olvidarse de La Paz. Toda ella es una enorme cuesta: para arriba y para abajo. No en vano está situada en una hondonada (en cuesta, claro). Las laderas que suben hacia El Alto se hallan abarrotadas de chabolas de gente que ha intentado salir de la pobreza de sus pueblos probando suerte en la capital, pero eso es un sueño difícilmente alcanzable. Con casi dos millones de habitantes, LaPaz poseía un millón de puestos de venta ambulante. Ciertas calles eran un hervidero de gente y un escaparate de esta capital: calles colapsadas por los tenderetes, cholitas con su pollera y su sombrero bombín, escolares pulcramente uniformados que contrastaban con otros niños menos afortunados, sucios, con ropas viejas, mirada triste, obligados a trabajar o mendigar para tener algo con qué comprar la comida del día, mercaderes anunciando a gritos sus productos, cláxones sonando sin parar... Y todo ello en una perfecta armonia, imposible de conseguir en otro lugar que no sea allí.
Tras unas semanas en las desérticas tierras de la zona circundante de La Paz nos acercamos a la zona pre amazónica de las Yungas, donde pudimos visitar la ciudad de Coroico, a la cual accedimos a través de la tristemente célebre "Autopista de la Muerte", carril de montaña excavado en unas verticales laderas sobre precipicios, frecuentemente visto en fotografías por los espectaculares accidentes que allí se producen.
Después de tantos días disfrutando de un tiempo soleado, sin nubes, caluroso al sol pero fresco a la sombra, agradecí el encontrarme con una meteorología mas "familiar": al pasar de los casi 4000 metros de La Paz a los 1500 de las Yungas, el cielo se cubrió de nubes y nos obsequió con un xirimiri digno de Euskadi. El paisaje también cambió: pasó de ser desértico, sin apenas vegetación, a convertirse en una alfombra verde que tapizaba las laderas de las montañas. Algo lógico, dado que nos acercábamos hacia la selva. Durante unas horas me setínuevamente en casa, los colores y olores eran tan familiares...
Un mes pasa rápido cuando no paras de descubrir cosas y muchos lugares se nos quedaron apuntados en la lista para volver y conocerlos. Bolivia es demasiado grande, demasiado variada como para pretender conocerla en un mes, o en dos. Pretender hacerlo en ese corto período de tiempo sería como arañar tan sólo la superficie de este país tan diverso que se merece más tiempo, pero eso es precisamente lo que nos falta en occidente.
Cuando despegó el avión que me traía de vuelta a casa y ví pasar los Andes debajo de mí, supe que algún día volvería.
Me había enamorado de ese país, de esas montañas, de esas gentes que me habían recibido con los brazos abiertos y que tan bien me habían tratado.

sábado, 17 de abril de 2010

EL ESCENARIO

Cayó el telón y las luces se apagaron.

Todo quedó sumido en la oscuridad. El escenario quedó vacio. Los ecos de los últimos pasos resonaron unos instantes y, después, la nada. Esta inundó todo el ambiente como si de un escalofrío sepulcral se tratara.

Donde antes había risas y aplausos, ahora sólo había silencio y quietud.

VACIO. Palabra de tal magnitud y amplitud que daba miedo con sólo nombrarla.

El escenario debería contentarse con los recuerdos agradables y felices de las actuaciones que en él se habían celebrado, con mayor o menor éxito, mientras aguardaba de nuevo la luminosidad de los focos, el calor del público y el resonar de los pasos sobre sus tablas.

Saber que era de nuevo el elegido, el mejor para una representación; tal vez, con suerte, la misma de la noche que acababa de abrazarlo, de hacerle sentir especial, el mejor escenario que se podía imaginar.

Tenía algún desperfecto y parecía que se podía utilizar sin problemas, pero era necesario un arreglo, pequeño en apariencia, para poder repetir esta última actuación.

Un arreglo, obra de magnitudes tan importantes, pese a ser poco visibles, que necesitaría mucho tiempo para realizarse, si es que se podía llevar a cabo algún día.

Mientras, debería resignarse a la oscuridad, al silencio, a la ausencia de la alegría que provocaba en los espectadores y los artistas, a la soledad; en definitiva, al VACIO.

domingo, 4 de abril de 2010

PEÑA TELERA (2764m)

Siendo uno joven y estando lleno de la energía propia de la juventud, y hallándose localizado sobre la península un magnífico anticiclón, el acto voluntario de salir a la montaña se convierte en algo casi obligatorio e inexcusable. Por ello voy a aprovechar la ocasión y darme un homenaje, porque sí, porque me apetece. Voy a disfrutar de una montaña poco visitada habitualmente en período estival, y voy a ir por una vertiente no habitual, lo que la hace más solitaria aún, si cabe, por lo que los senderos estarán menos marcados y deberé esforzarme un poco más en encontrarlos. Además, la vía normal, conla que comparte la última hora de recorrido, comporta algunos pasos aéreos y de escalada sencilla que darán un poco de emoción al asunto. Y además me doy el gustazo de ir solito... En el mes de junio los días son suficientemente largos como para plantearse hacer una salida a Pirineos en el día. No madrugo mucho. Las cinco me parece una buena hora para salir. Camino a Jaca llevo a cabo la obligada parada en la panadería del desvío a Fago. Una cuña de queso del Roncal, chorizo de jabalí y una hogaza de pan casero serán buenos compañeros para el estupendo día que se prevée. Puente la Reina de Jaca, Jaca, Biescas son pueblos que van quedando atrás mientras mi coche devora suavemente los kilómetros aunque ahora, en las primeras rampas hacia el Portalet el motor se fuerza un poco más y el ruido que hace ahoga algo la música que llevo en la radio. Pocos kilómetros después de Biescas al desvío hacia Aso de Sobremonte hace su aparición y me obliga a girar a la izquierda, para coger una estrecha carretera de curvas cerradas, en una de las cuales tomo una pista que sale a la derecha y que en cincuenta metros se corta con una cadena. Una vez aparcado el coche, vestido de romano y con la mochila bien llena, incluido el libro de Miguel Angulo, 1000 ascensiones a los Pirineos, del cual no he sacado fotocopia y debo llevarlo entero, me mentalizo para los ocho kilómetros de pista que tengo por delante antes de enfrentarme con la montaña propiamente dicha. Esta pista discurre tranquilamente y sin apenas inclinación por la mitad de un espeso bosque hasta los pastos del Barranco del Puerto, en la vertiente sur de la montaña. Aquí el valle se abre, amplio, y apenas sin arbolado. Se trata de un contraste tan grande el pasar de la espesura del bosque cerrado a la desnudez del pasto de altura como de la sombra reinante en este bosque al cegador resplandor del sol en la desnudez del valle abierto. Aquí, un pequeño refugio de pastores se presenta como la única construcción visible, si bien no desentona en absoluto con el entorno. Según la guía en este punto debería dejar la pista que he seguido hasta ahora y dirigirme hacia una pequeña arboleda al pie de una muralla calcárea, la cual rodea la vertiente sur de la Peña Blanca, donde debería encontrar un paso consistente en un curioso tunel natural, pero no lo veo desde donde estoy y no sé dónde buscarlo exactamente. Afortunadamente del interior del refugio llega algo de ruido por lo que imagino que habrá en él alguien a quien poder preguntar. Me acerco y no llego a la puerta cuando del interior del edificio sale un pastor que ha pernoctado aquí. Boina, pantalón de mahón y camisa de cuadros visten aeste hombre de la montaña, de rostro arrugado, forjado duramente bajo el clima pirenaico. Le pregunto por la cueva y me señala un sendero apenas visible entre la hierba que nace detrás mismo del refugio y se dirije hacia el bosque que está un poco más arriba. "No tienes pérdida". Le doy las gracias y me encamino hacia donde me ha indicado. Me meto entre los árboles encontrando apenas sin dificultad el paso a medida que gano algo de altura y me acerco hacia la rocosa pared. Al salir de los árboles intuyo un agujero, una abertura en la blanca pared, de unos cinco metros de ancho por dos de altura, aunque en su interior la altura desciende hasta obligarme a manchar las rodilleras de mis pantalones. Me encuentro en la Cueva del Forato. Una vez superado este estrechamiento me hallo en una especie de sala circular cuyo techo es el cielo. una sencilla trepada de unos tres metros me deposita nuevamente bajo los rayos del sol, que a esa hora ya comienzan a calentar. Asciendo entre una vegetación muy espinosa que alfombra toda esta parte de la montaña durante unos cien metros. Bastante incómodo pero se pasa bien. Me oriento guiándome por una punta rocosa, la Peña de Cochaldo. Según me acerco a ella observo un paisaje peculiar. Una espectacular y curiosa brecha de rocas desgajadas de la pared da paso a una cuenca herbosa elevada, en la que un abrevadero es el único vestigio de presencia humana en esta zona. Un apequeña barrera rocosa cierra este escondido lugar. La supero sin problema y continuo por una cresta herbosa. La reluciente piedra caliza ha sustituido todo vestigio de vegetación con su omnipresencia. Un lapiaz se extiende durante una franje de unos trescientos metros, al pies de la brecha denominada Forca de Cachivirizas. Voy saltando las pequeñas grietillas de no más de veinte centímetros de ancho que se han formado durante siglos debido a la acción del agua sobre la roca calcárea. De vez en cuando me topo con alguna que otra grieta un poco más ancha y que alcanza hasta los dos metros de profundidad. No me gustaría torcerme un tobillo en este terreno, aparte de que la soledad en que me encuentro no e sla mejor compañera en caso de accidente, pero como esta situación de "aislamiento" es voluntaria, me atengo a las consecuencias. Otra batallita más para contar en caso de "lesión". Pero supero sin problemas las sencillas dificultades que opone este lapiaz y me enfrento con la pedregosa pendiente que defiende el acceso al collado, de unos cien metros de alto, que se me atraganta un poco pero con paciencia la supero. Al llegar a lo alto de este tramo se abre ante mí un paisaje maravillosos. La muralla de Peña Telera domina desde más de setecientos metros de altura un ancho valle suspendido, cubierto de pastos de altitud, y recorrido por una pista de tierra que serpentea por él durante unos quince kilómetros. Las primeras cumbres pirenaicas que superan la "mágica" cifra de los tres mil metros se muestran altivas ante mis ojos. En este punto enlazo con la subida que viene desde Piedrafita. A mis pies se halla el corredor de Cachivirizas, penosa canal de derrubios que en verano sólo se puede subir si se está armado de mucha paciencia. El sendero que he de recorrer ahora es un vertiginosos paso de unos cuarenta centímetros de ancho sobre una distancia de cien metros, que recorre la parte superior de los corredores Central, Elena y Collado, vertiginosos pasillos verticales de hielo muy codiciados en invierno por los alpinistas. También en invierno el paso de Cachivarizas, por donde estoy cruzando ahora con un poco de cuidado, sin correr pero también sin eternizarme, suele ser regularmente recordado en los noticiarios porque se trata de una travesía extremadamente delicad ay expuesta, difícil de asegurar, en la que una caída suele terminar casi irremediablemente varios cientos de metros más abajo. Y no son infrecuentes los tropezones y resbalones en este lugar... Pese a estar acostumbrado a los pasos aéreos y de equilibrio, me muevo cautelosamente. Si algo me ha enseñado la montaña es que no hay que bajar la guardia en ningún momento.El abismo se intuye cerca, a mi derecha, unos treinta metros más abajo. Y pensar que yo quiero escalar estos corredores en invierno... Casi sin darme cuenta me encuentro con una chimenea bastante vertical a mi izquierda pero que al disponer de agarres tan grandes hace que la trepada se me haga muy entretenida. También los múltiples mojones que jalonan toda esta zona hacen que sea difícil despistarse, lo que no sería muy agradable en estas vertiginosas paredes. Al salir de la chimenea un circo suspendido me da la bienvenida. El suelo aparce tapizado de verde hierba y... de Edelweiss !!!! Cientos y cientos de estas magníficas florecillas alpinas adornan el verde tapiz. Me extasio ante tantas flores. Nunca había visto un Edelweiss en vivo y ahora los tengo por doquier. Remonto las pedregosas paredes de este circo. Se puede pasar casi por cualquier parte. Me acerco hacia la derecha, hacia los cortados de la cara norte. Aquí la trepada es un poco más entretenida. El tacto de la roca en las manos me reconforta. Un poco de buena gimnasia para llegar a esta bonita cumbre. La pared pierde inclinación y ya muy cerca de mí veo la cumbre, en la que no hay sino un rebaño de cabras... Un pequeño esfuerzo más y... ya está. Me encuentro junto al vértice geodésico que adorna esta cumbre. Me siento en él y disfruto del paisaje, de la agradable temperatura que hace, de la soledad... de "mi" soledad. Toda la montaña para mí solito. Me regalo un banquete con las provisiones que he traido. Aproximadamente media hora después de mi llegada inicio el descenso. No voy a bajar por el mismo camino de subida. Ahora bajaré hacia el collado que separa la cima de la Peña Telera de la de Peña Parda, un poco más al sur. Desciendo por una rocosa ladera sin ningún problema y, poniendo un poco más de atención en los últimos diez metros alcanzo el collado. Podría ascender fácilmente la Peña Parda pero no me interesa el coleccionismo de cumbres, por lo que la dejo pasar. Ante mí se abre la comba de Calcín, un sistema de viras herbosas que no me inspiran ninguna desconfianza pese a desconocer el terreno. Además, la presencia de mojones en los pasos entre viras facilita mucho la labor. Desciendo, feliz, de una vira a otra. En una de ellas encuentro un casquillo de bala de un fusil de caza. Alguien dedicándose a la caza mayor. Hace ya rato que la cantimplora ha alcanzado niveles alarmantemente bajos pero estoy viendo no muy lejos de mí una manguera que serpentea por el suelo, por lo que imagino que habrá pronto posibilidad de avituallamiento del líquido elemento. Efectivamente, la manguera alimenta un abrevadero y éste me alimenta a mí. Agua fresca directamente manada de la montaña. El mejor premio para una garganta reseca. Continúo perdiendo altura en dirección al refugio de Usabas, sito al final del Valle del Puerto, tres kilómetros más arriba del refugio del Puerto, donde me he encontrado esta mañana con el pastor. Sigo por la salida natural del valle y enseguida encuentro restos de pista, cubierta por derrubios que caen poco a poco de las pedregosas laderas. Rápidamente llego al refugio del Puerto, donde esta vez no se asoma nadie a la puerta, vigilada ahora por un simpático cachorrillo. No me entretengo en demasía pues aún me quedan ocho kilómetros por recorrer y el cansancio acumulado se empieza a notar en las piernas.

A mitad de recorrido de la pista comienzo a oír un petardeo a lo lejos, pero que se va haciendo cada vez más fuerte. Se trata del pastor que sube por la pista montado en una Bultaco o una Puch bastante, bastante vieja. Me saluda con un sencillo movimiento de cabeza, gesto más que suficiente para estas gentes. Finalmente llego al coche. Doce horas de travesía en un ambiente magnífico y en una solitaria montaña; qué más se puede pedir para un homenaje a uno mismo?

sábado, 13 de marzo de 2010

LA ÚLTIMA NOCHE (Relato Corto)

Una habitación en penumbra.

En ésta sólo se oye el acompasado respirar de dos cuerpos que yacen desnudos el uno junto al otro.

Después de varias horas de tensión y, finalmente, el éxtasis, ahora se muestran relajados y tranquilos.

La mano de él, apenas visible en la semioscuridad, roza suavemente la de ella. Se trata de un gesto cariñoso y amable, en contraposición con la pasión sexual desatada y desbordada de las horas precedentes. Diríase que se hubiera tratado de dos depredadores que se daban un festín como si fuera la última noche de su vida.

Pero ahora, una vez terminada la pelea, cuando el raciocinio se apodera otra vez del control de la mente, surgen los sentimientos en "él".

Ese roce, ese pequeño movimiento casi imperceptible denota ganas de acercamiento. Ganas de saber que "ella" está ahí, junto a "él", que ahí seguirá. Que ella aún comparte ese espacio y ese tiempo. Que todavía están juntos.

Él querría abrazarla, besarla, poseerla de nuevo frenéticamente, una última vez, pero la mente relajada, no cegada de nuevo por el ardor de la pasión, saca un sentimiento profundo, el cariño, el verdadero, y únicamente permite ese roce casi puritano de no ser por la desnudez de ambos cuerpos.

Ese roce, insignificante en lo físico, tiene más fuerza que toda la energía gastada durante la lujuriosa noche.

Ese roce, humilde caricia, lleva consigo mucho más, un mensaje más profundo:

Es la necesidad de él de tener algo más de ella que sólo su cuerpo. Busca su complicidad, su amistad, su duplicidad, saber que "Él" siempre tendrá un lugar en "Ella", en sus sentimientos, en su vida.

Dentro de unas horas él se irá.

Se levantará de ese lecho que les ha visto disfrutar de la vida y de sus cuerpos, amarse, luchar, sudar, jadear, y se irá sin despertarla.

Una última mirada, un último beso dulcemente posado sobre sus suaves labios, extasiarse una última vez con el aroma de su dormido cuerpo y se marchará hasta quién sabe cuando, quizás para no volver jamás.

Él revivirá esas intensas horas pasadas con ella una y otra vez, y deseará con todas sus fuerzas que la vida les dé otra oportunidad, a falta de otra vida en la que actúen más cerca el uno del otro a diario.

jueves, 7 de enero de 2010

Bolivia 2008, algo más que montañas

País de gigantes andinos, de áridos desiertos, de yermo altiplano, de impenetrable selva, Bolivia es un país de contrastes abismales, tan grandes como la diferencia de altura entre sus nevadas cumbres de más de 6000 metros y sus profundos valles amazónicos que apenas rozan los 1000 metros de altura.


Como montañeros que somos, nos fijamos en este país andino para asaltar la “mágica” altura de los cinco mil y los seis mil metros en unas montañas de acceso relativamente sencillo lo cual, sumado a la posibilidad de conocer otra cultura, otra forma de ver y afrontar la vida, hacían de este país una elección inmejorable.
Además, el tratarse del país menos desarrollado de Latinoamérica añadía un “toque” de incertidumbre al desenlace final de todo lo previsto en este viaje.
Casi treinta y seis horas de viaje depositaron nuestros cansados huesos en La Paz, sede del gobierno boliviano, pese a que la capital constitucional sea Sucre.
Los primeros días los dedicamos a conocer un poco más la ciudad que sería nuestra “base de operaciones”, desde la cual arrancaríamos nuestras excursiones
para conocer un poco más el país.
La Paz, con una altura media de 3600 metros, servía a nuestros propósitos de aclimatación previa al acceso a la montaña, dado que al recorrerla hacia arriba y hacia abajo, La Paz no tiene una sola calle llana, forzábamos los pulmones por conseguir el oxígeno necesario.
Nuestros primeros objetivos se hallaban en la zona Tuni-Condoriri, situada a dos horas en vehículo al norte de La Paz. Desde allí, un trek de unas tres horas nos depositaba en la Laguna Negra, campo base habitual para las ascensiones de la zona, situado bajo la vigilante mirada del imponente Cabeza de Cóndor, uno de nuestros objetivos.
El Pico Austria (5100m), supuso la primera ascensión del viaje, el primer cinco mil para algunos de los componentes del grupo.
Un sendero bien marcado en terreno pedregoso, sin presencia de nieve y sin pasos técnicos, nos depositó en esta rocosa cumbre en apenas tres horas desde el campamento.
Por ser la primera montaña, el ritmo fue lento. En la aclimatación es muy importante
no forzar demasiado el ritmo, aunque nos parezca que caminamos muy despacio. La aclimatación no finaliza cuando bajas, sino que el cuerpo se sigue adaptando y los dolores de cabeza pueden aparecer incluso varias horas después de haber bajado.
Previsoramente se había contratado un cocinero que se preocupaba por tenernos mate de hoja de coca preparado a todas horas, lo cual también ayudaba en la montaña, por sus efectos hidratantes, estimulantes, y supresores de las sensaciones de hambre y de frío y cansancio.
Pese a haber subido gran cantidad de comida, las ganas de comer no hacían mucho acto de presencia, lo que convertía la obligación laboral de Gastón, el cocinero, en algo muy llevadero.
La segunda montaña, el Pequeño Alpamayo (5300m), que pese al nombre no tiene nada que ver con su hermano mayor, el Alpamayo peruano, se trataba de una preciosa montaña nevada, con un glaciar poco agrietado que no opuso mucha dificultad en su travesía, permitiendo el acceso al pico Tarija (5100m), paso obligado para acceder al Pequeño Alpamayo. Después de esta cumbre, un destrepe sencillo nos deposita en un collado desde el cual se afronta la última dificultad, una sucesión de rampas de nieve cuya inclinación no superaba los 55 grados. La alegría de la cumbre
se tradujo en abrazos y lágrimas, momento en el que descargas toda la tensión de la ascensión,
pese a que todavía faltaba la otra mitad, el descenso, el cual se llevó a cabo sin contratiempos.
El casancio de dos días de montaña se notaba, por lo que se tomó un día de reposo.
El día siguiente se madrugaba bastante: las dos de la mañana era la hora elegida
para despertarnos. El próximo año nos iremos a la playa.
Una dura morrena de piedrilla resbaladiza nos deposita tras tres horas de esfuerzo
en el glaciar del Condoriri, icono de la zona. Altivo pico que semeja
un Cóndor con las alas desplegadas. Cervino de los andes bolivianos.
Una repentina nevada, con ventisca incluida, dio al traste con nuestro intento de cumbre a falta de una hora para llegar hasta lo más alto. En estas condiciones, lo más sensato fue darse la vuelta, por muy doloroso que ello fuera.
Ninguna montaña vale una vida.
Después de esta actividad, un par de días en el Lago Titicaca, donde Manco Capac y Mama Ocllo, los hijos del sol, emergieron de las aguas para crear el Imperio Inca, sirvieron para relajar nuestras mentes y descansar el cuerpo.
El Huayna Potosí (6088m) nos recibió con un buen tiempo que iba a facilitar la ascensión. Esta arrancaba a las tres de la mañana desde un refugio situado a 5200m, lo cual facilita notablemente el ascenso de este coloso andino.
Las horas de oscuridad, extremadamente frías, parecían no tener fin. Cuando los primeros rayos hicieron su aparición, coincidiendo con el momento en el que se veía ya el tramo final hasta la cumbre, todos los malestares pasados hasta entonces quedaron relegados a un segundo plano. Se veía ya tan cerca la cumbre… casi se podía tocar con los dedos, pero aún quedaban dos horas de esfuerzo y, a esa altura, eso es mucho. Una fina arista de nieve con los escalones bien marcados supusieron el último escollo a salvar antes de hollar esa cima tan ansiada. Con este monte se daba por terminada la actividad montañera, dando paso al “turismo”, aunque antes quedaba otra actividad deportiva: el descenso en BTT de la antaño conocida como “Autopista de la Muerte”, única carretera que unía La Paz con la zona pre amazónica de las Yungas, famosa por las espectaculares imágenes en las que se veían vehículos despeñados debido a la estrechez de dicha vía. Se ha puesto de moda el descenso de esta vía, hoy en día relegada a un segundo plano debido a la construcción de otra carretera asfaltada y en mucho mejor estado que la antigua.
Equipados con guantes, casco integral, y a lomos de buenas bicicletas, nos lanzamos en un desenfrenado descenso de casi 40 km. que tiene esta carretera.
Realmente espectacular, es una de las ofertas turísticas más éxitosas..

Quedándonos aún unos días, contratamos un tour que nos llevó por el Salar de Uyuni, Patrimonio de la Humanidad y el mayor desierto de sal de todo el mundo.
Antes de entrar al Salar, se visito el cementerio de trenes de Uyuni, donde se pretende construir un museo, dado que aquí se encuentran las primeras locomotoras
que hubo en Bolivia, o lo que queda de ellas.
Una vez dentro, el primer destino es la “Isla del Pescado” o Inka Washi (Casa del Inca en lengua aymara), la superficie de tierra más visitada del Salar, ya que aquí
crecen cactus de hasta 10m de altura.
Posteriormente ingresamos en la Reserva Nacional de Fauna Altoandina Eduardo Avaroa, paisaje espectacular donde los haya. La presencia de volcanes como el Ollagüe (activo) y el Licáncabur, lagunas en las que anidan miles de flamencos como la Cañapa, la Hedionda, llamada así por su olor, debido al alto contenido en azufre, la Laguna Colorada, imposible de imaginar su colorido si no se ve, la Laguna Verde, deslumbrante espejo de color esmeralda.
En esta reserva también abundan los géiseres, fumarolas y aguas termales, entre los que destaca el "Sol de Mañana", prehistorico lugaren el que te paseas entre fumarolas por las que la tierra exhala sus vapores.
Uno de los símbolos de la zona es el “Árbol de Piedra”, roca erosionada por el viento que semeja un árbol solitario en mitad de la nada.
No podíamos irnos del país sin visitar Potosí, la ciudad más rica del mundo en la época del imperio español. Esta ciudad proveyó de toneladas y toneladas de plata a España, metal que parecía no agotarse. Hoy en día en decadencia, el Cerro Rico sigue siendo lugar de extracción de minerales, aunque apenas hay plata. El cinc, el estaño y el cobre le han sustituido. La visita a las minas es obligatoria. Angostas galerías en las que debes ir agachado, aire viciado… cualquier esfuerzo físico se hace muy duro. Por suerte, el “Tío” te proteje. Se trata de una escultura del diablo, al que los mineros veneran para que les cuide. Nosotros también.

No dejamos de visitar la Casa de la Moneda, cuya símbolo es el “mascarón”, rostro burlesco del que se desconoce su exacto significado, pero que identifica este edificio e incluso la propia ciudad.
Quedan muchos lugares por descubrir en este país, pero el tiempo es limitado y no llegamos a todo. Al menos hemos arañado un poco en la superficie y hemos conocido un lugar diferente.

Ha valido la pena.

miércoles, 6 de enero de 2010

Tallon Cara norte


Hemos llegado a la estación de esquí de Gavarnie a eso de las 21.30 horas, después de cuatro horas de coche (incluyendo paradita en el puente de Napoleón, en Luz, para la meadita de rigor). Está oscuro, apenas se ve nada y nos encontramos con la carretera cortada justo donde comienzan las pistas de esquí. ¡Vaya fastidio! Hoy nos va a tocar patear un rato.
Hacemos la selección del material y, por una vez, no exageramos mucho con la chatarra: 3 clavijas de roca, 5 tornillos de hielo, 2 ó 3 mosquetones de seguridad, 1 ancla de nieve cada uno y varias cintas. Ah! Y dos cuerdas. No, la verdad es que no es mucho para lo que solemos llevar habitualmente.
Preparamos las mochilas, nos vestimos de faena y, ¡hala!, ponte a las 22.30 de la noche a hacer una aproximación de varias horas en Pirineos y en invierno.
¡Y encima nos gusta!
Al poco de empezar ya tenemos dudas. ¿Por dónde irá el trazado de la carretera en verano? Así que decidimos seguir la pista de esquí que baja de más arriba.
Como siempre me suele ocurrir, empiezo a pensar en lo a gusto que estaría en casa y no aquí, de noche, pasando frío, haciendo el…
Pero bueno, hay que seguir, de modo que allá vamos.
Al poco rato nos adelanta una máquina de las que apisonan la nieve. ¡Ganas tiene! Con lo bien que se tiene que estar en casa…
Llegamos a una bifurcación y observamos que la máquina se mueve por nuestra izquierda, pero los telesillas siguen recto y nos parece que la máquina está demasiado arriba como para que eso sea la carretera por lo que nosotros continuamos recto.
Nos guiamos también por unas huellas, pero cuando estas desaparecen tenemos algunos problemas. No hay arrastres, no se ve pista de esquí, nada de nada. Manu comenta que recuerda una linea de alta tensión; pues nada, a buscar torres eléctricas, hasta que creemos ver una. Seguimos los cables eléctricos y damos también con los arrastres. Parece que la cosa mejora.
En eso, miramos hacia la izquierda y… ¡no es posible!, pero si parece… no, no puede ser, pero sí que lo es: el Tallón con su poderosa cara norte y los Gabietos se alzan majestuosos frente a nosotros, visibles gracias al brillo de la nieve en la oscura noche. Vamos bien, mas aún no ha terminado la aproximación.
Encaminamos nuestros pasos hacia ellos y, al llegar a unos postes indicadores, seguimos hacia el Pico del Puerto. Subimos por laderas siguiendo unas huellas que, en un momento, se desvían para bordear el Pico del Puerto por donde va la carretera. Pero en la oscuridad de la noche parece expuesto, por lo que seguimos subiendo hacia la cima del Pico para bordearlo por una sección más fácil.
Aquí yo ya me voy quedando rezagado, al tiempo que me voy desanimando, pero no me puedo echar para atrás puesto que voy con Manu y César. Se les ve tan en forma…
En fin, aprieto los dientes y sigo subiendo. La jodida arista en la que nos encontramos parece no tener fin y, para redondear el momento, comienza a soplar un viento de cuidado. Para colmo de males, o de torturas, cuando parece que ya has terminado de subir, aparece otro resalte que significa subir otro poco más…
Pero todo tiene fin y esta montaña no es una excepción. Cuando alcanzamos la cima del Pico del Puerto (2476m) son las 00.30 horas. Ascensión nocturna invernal a un pico de Pirineos. ¡Si señor! Con dos coj….
Ahora ya me siento mejor pues sólo nos resta la bajada hasta el collado de Bucaruelo donde montaremos el vivac, y la bajada me gusta. Me dejo deslizar entre la piedra rota y diversos escalones rocosos hasta alcanzar la nieve. Continuo por ella hasta que, al notar que la inclinación aumenta, le pido a Manu que me saque el piolet, no vaya a ser que la fastidiemos ahora que comienzo a disfrutar.
Llegamos al collado y, al no encontrar las piedras que señalan el vivac, nos acercamos a una tienda de campaña situada en una zona bastante maja y algo protegida y nos aposentamos allí.
Cavamos un agujero de 2 X 2 y medio metro de profundidad y nos metemos en él a dormir tras haber comido algo de chocolate y alguna cosilla más.
Son casi las 2.00 cuando por fin podemos descansar.
Por el momento el cielo se encuentra despejado y estrellado, aunque sopla viento, mas en el hoyo no se nota nada, salvo nuestro propio cansancio, por lo que pronto caemos en brazos de Morfeo.
Al pobre francés que está en la tienda de al lado lo hemos despertado con nuestros trabajos de zapador (picar nieve dura, palear cascotes de nieve, apisonarla…), pero no ha dicho nada.
Tras una noche más o menos tranquila, los despertadores tocan diana a las 6.30.
Tres pares de ojos hinchados como los de un besugo se dejan entrever en las aberturas de los sacos.
Amanece poco a poco, al mismo tiempo que nosotros también entramos en actividad, despacio, azuzados por un Manu pletórico de energía. ¿Cómo lo hará?
Desayunamos un té común en el cazo del camping-gas y unas galletas. Sabe mejor compartido. ¡Pero ya vale! Preparamos las mochilas de ataque; primero César, que espera un buen rato, y después Manu y yo, que tengo la extraña costumbre de ser el último. Yo ya me pongo los crampones y el arnés, más que nada para no perder luego tiempo.
Comenzamos a andar hacia las 7.45. El francés ha asomado la cabeza y, tras decirle dónde vamos, nos comenta que es bonito y nos desea buena suerte. Para suerte la suya, que bajará con esquís hasta Gavarnie.
Al poco de andar la pared Norte del Taillón queda a la vista. Si lo mejor son las aproximaciones cortas, como la que tenemos hoy, así da gusto.
Vemos la vía normal de la cara norte y, un poco a la derecha de esta, en la parte baja de la pared, unos corredores de hielo más verticales. Manu y César proponen ir por ellos, por el tema de la elegancia; a mí me da igual, aunque sinceramente preferiría la entrada normal, por quitarnos dificultades extra… Nos acercamos a ellos y parece mejor el de la izquierda, así que mientras mis compañeros se ponen los adornos de escalada, yo me meto en una placa de hielo blanco (qué vicio), de unos 55º - 60º de inclinación.
Oigo alguna voz en tono de reprimenda amable: “que no esperas”, “que vaya prisas”, etc…
Rapidamente me caliento; esto es lo mío, el hielo y la roca. Tras unos escaloncillos me meto en un tramo un tanto chungo. Por la derecha, roca vertical y sin agarres; al frente, resalte vertical de nieve polvo y a la izquierda, resalte vertical de hielo.
Manu me dice que intente montar algo para asegurar el paso, pero ya me he encabezonado y, algo loco, le digo que no veo nada (realmente no hay mucho para asegurar), por lo que voy a intentar pasarlo a pelo pues me veo con fuerzas.
“No te la juegues, espera que lleguemos ahí para ver qué se puede hacer”. No les hago caso y tiro por el hielo de la izquierda. Me lo tomo con calma, respirando pausadamente y clavando los piolets y crampones tranquilamente, sin acelerarme, confiando en lo que hago, en lo que sé hacer.
Supero el resalte y tras montar la reunión necesito la cuerda para asegurarles a ellos, pues no quieren pasar a pelo. Manu me lanza la cuerda sin conseguir hacerla llegar hasta mi posición, por lo que hago una cadena con cintas expreses y cintas anudadas que llega hasta ellos y así pueden anudar la cuerda a un extremo y la puedo recuperar.

Les aseguro desde una reunión montada sobre un ancla de nieve y dos piolets sólidamente anclados.
Primero sube Manu y me comenta que va a seguir subiendo para ver si salimos ya de esta zona.
Mientras sube por encima de mi posición, César hace lo propio por debajo. Me alcanza y me rebasa, llegando hasta la reunión que Manu ha montado en una zona de 45º - 50º.
Cuando ya están asegurados a la otra reunión, desmonto la mía y me ato a la cuerda; de ese modo subiré más tranquilo. Cuando alcanzo el otro punto de aseguramiento, compruebo que la pendiente es bastante franca, sin muchos más resaltes.

Continuamos y, tras rodear un pequeño resalte de 55º - 60º oímos voces a nuestra izquierda donde descubrimos otras nueve personas más en la vía.
Al vernos, nos comentan que hay buena huella por donde van ellos, y comenzamos una travesía ascendente para encontrar la trazada. Manu mete el turbo y qué manera de abrir huella hasta la otra trazada. ¡Menudas zancadas! A César y a mí nos cuesta seguirle a ese ritmo. Manu ha alcanzado rápidamente a las otras cordadas y adelanta a varias de ellas. Mientras, César y yo nos mantenemos en las últimas posiciones para recuperarnos un poco y poder adelantar a las otras cordadas algo más tarde. Finalmente les adelantamos hasta encontrarnos con un Manu medio aburrido de esperarnos al pie de un resalte en el que a Juanillo le cayó hace 2 años un pequeña avalancha producida por un esquiador extremo que bajaba por aquí.
Picoteamos algo y superamos el resalte con un poco de mixto (facilón, no os creais) y seguimos ascendiendo. Cada vez tenemos más ganas de acabar; parece que ya se termina esto, por lo que me pongo delante a tirar, aprovechando que hay buenas huellas.
¡Por fin! Salimos de la Norte a 25 metros de la cima, situada a 3144 metros. Los recorro, llego a ella y… ya está. ¿Y ahora? Ahora a descansar y esperar a César, que viene algo retrasado. Hoy no es su día. Viene algo flojillo, pero seguro que pronto le dará la vuelta a la situación. Nos damos la mano Manu y yo, y nos sentamos a comer y beber mientras aguardamos la llegada de nuestro amigo, el cual no tarda en aparecer. Le hacemos un hueco y le damos comida y bebida.
Tras sacarnos la foto de rigor toca bajar. Lo haremos por el glaciar de Gabietos. Nos dirigimos al collado situado entre el Taillón y los Gabietos por lo que debemos efectuar un vertiginoso flanqueo de la cara SO del Taillón. Tras alcanzarlo seguimos una buena huella que desciende hacia el glaciar.


Al alcanzarlo vemos gente metida en los corredores de la cara Oeste del Taillón. Algo de envidia sí que nos dan, pero estamos muy contentos con lo que hemos hecho. Cada uno a su nivel. Para nosotros ha sido una “primera” en algo “serio”.
Llaneamos por el glaciar, en principio sin grietas, y alcanzamos el empinado corredor que nos depositará, casi casi, en el collado en el que tenemos instalado nuestro “hogar” por unas horas. Al llegar a la ruta normal de la Brecha de Roldán nos cruzamos con gente que se dirige al refugio de Sarradets. No nos dan ninguna envidia, en parte por lo que les falta, en parte porque en “su” refugio no tendrán como techo las estrellas, al contrario que nosotros.
En poco tiempo nos plantamos en el collado y en nuestro “agujero”. El lugar del frncés ha sido ocupado por tres españoles, también con tienda.
Nosotros nos tiramos en nuestras esterillas y nos preparamos unos Sopinstant que nos reviven. Ahora ya es el momento del reposo y de planear lo de mañana, al tiempo que saboreamos lo que hemos hecho hoy.
En unas rocas, a unos 150 metros vemos que cae agua de un nevero al cual le está dando el sol. Me acerco y lleno las cantimploras para no tener luego problemas de agua a la hora de la cena. Del mismo modo aprovecharemos para rehidratarnos lo más correctamente posible.
Tras coger agua y beber un buen trago, me quedo embutido en mi soledad, disfrutando de esos momentos de intimismo que sólo se pueden conseguir cuando estás en paz contigo y con los demás, y admirando un paisaje como es el del paisaje del Valle de Ara en invierno.
Intento ver el corredor “Homenaje Cabezas de Hierro” a los Gabietos para ir mañana, pero parece una zona bastante cañera, por lo que habrá que pensar en otra cosa.
Ya veremos.
Vuelvo al “bullicio” de la zona de vivac con el agua y compruebo satisfactoriamente que en mi ausencia Manu y César han aprovechado el tiempo para convertir nuestro rudimentario vivac en un confortable agujero-hobbit con cocina y todo. Sólo falta el techo, las ventanas, puertas, wc… pero eso nos libraría de esta experiencia de dormir al aire libre en mitad de la nieve. Pero se lo han currado a base de bien. Hacia las 18 horas comenzamos a preparar la cena. Pasta, paté, chorizo, queso… todo un banquete. Comemos con gran apetito. Qué bueno está todo.
Nos ponemos las botas zampando; las tripas llenas y un ambiente de camaradería como no he conocido nunca. Nos reimos un montón y nos lo pasamos genial; es lo bueno de ir al monte con la gente adecuada. Hablamos de la vida y de muchos temas variados, no sólo de montaña.
Hacia las 19.30 nos metemos en los sacos de dormir y discutimos qué haremos mañana. Aunque no nos importaría bajarnos por la mañana, el tiempo es demasiado bueno y la nieve está en demasiado buenas condiciones como para irnos así, sin más.
La cosa se merece un esfuerzo por nuestra parte; no podemos llegar, pisotear sin más y marcharnos sin mayor esfuerzo.
Haremos algo sencillito, sin mucha aproximación.
Hay una pared que sube hacia les Tourettes y está a tan sólo 50 metros de nuestra posición. ¿Qué más se puede pedir? Mañana, no obstante, se decidirá a última hora qué hacer.
Caemos rendidos, viendo un impresionante atardecer hacia el valle de Ara, con un cielo rojizo en el que los últimos rayos de sol luchan con las nubes que cubren algunas cimas.
Encima nuestro, el cielo, completamente despejado, va encendiendo poco a poco la luz de sus estrellas. Osa Mayor, Osa Menor, estrella Polar… todas están ahí. Nos dormimos viendo la inmensidad del cielo, el cual se refleja en nuestras adormiladas retinas…
Un nuevo día amanece, pero no nos damos mucha prisa en levantarnos.
El día está despejado y hace buen tiempo. Entre ronroneos decidimos subir la pared junto al vivac.
Tras desayunar té con galletas, por supuesto, en el cuenco colectivo nos preparamos y nos acercamos hacia la pared, hacia una goulotte cortita, pero que está con nieve de no muy buena calidad.
Me meto primero en ella y Manu, maliciosamente, me recuerda que hoy tampoco llevo la cuerda.
Supero en mixto un tramo especialmente podrido y vertical me encuentro con que Manu ya casi me ha alcanzado. César ha bordeado el corredor para no perde tiempo y así continuar rápidamente con la ascensión. Mientras, Manu abre huella…
Nos dirigimos hacia un estrechamiento vertical con hielo y monto una reunión de dos piolets y un tornillo de hielo. Manu sube primero, asegurando el paso con un tornillo. Monta reunión y nos asegura, primero a César y luego a mí. Les alcanzo y seguimos subiendo. Ahora ya sólo nos queda un pala de 55º - 60º en nieve bastante blanda. En este tramo soy yo quien abre huella. Nos acercamos hacia la cresta y desde mi perspectiva parece afilada, por lo que me dan la cuerda y me aseguran, como precaución frente a una posible cornisa. Tras alcanzar la cresta compruebo que al otro lado no hay sino una sencilla pala de 40º que no reviste ninguna dificultad.
Mis compañeros me alcanzan y, como no nos interesa seguir subiendo ante la ausencia de dificultades, bajamos por esta sencilla pala para rodear este espolón y regresar al vivac a recoger nuestras cosas y bajarnos ya hacia el coche.
Bordeamos por unas pendientes de 40º y enlazamos con el tramo inicial de la subida. Llegamos al vivac y hacemos nuestras mochilas. Ahora, la bajada. Afortunadamente hemos visto por dónde flanquea la gente el Pico del Puerto. Seguimos la traza por una nieve pastosa que da repelús y tras un largo tramo horizontal llegamos a las pistas de esquí.
Yo ya voy cascado, pero aún queda el descenso de la pista. ¡Ay! Quien tuviera unos esquís o unos big-foot. Bajamos por las pistas, atajando de vez en cuando. Hay bastante gente, por lo que vamos con cuidado.
Finalmente llegamos al coche, ¡Dios lo bendiga! Nos podremos quitar las pesadas botas de plástico y la mochila. Nos cambiamos de ropa y nos vamos para abajo para comer algo en algún pueblo. Paramos en Luz ST Sauveur, donde nos ponemos como bolas zampando toda la comida que nos quedaba, junto a un rocódromo al que lanzamos furtivas miradas de vez en cuando, imaginándonos trepando en él, pese a nuestro cansancio actual.
Como la tarde va desgranando las horas sin parar, salimos rapiditos para llegar a Irún a eso de las 20.30 y dar por finalizado un fin de semana difícilmente inigualable.

Componentes:
- César Varona
- Manu Eizagirre
- Ramón Acarreta

lunes, 4 de enero de 2010

Marruecos alrededor del atlas

La oportunidad que me ofreció un amigo para bajar a Marruecos era de las que no se podían rechazar. El simple hecho de viajar ya era suficiente. Si, además, es otra cultura, otro continente, otra forma de vida, la cosa se pone mucho mejor.
Pero la excusa del viaje era más simple: el ascenso del Jbel Ayachi (3770m), montaña poco conocida del sureste del Atlas marroquí, probablemente debido a que su altura no excede los “mágicos” 4000 metros de esta cadena.
Mejor todavía. Eso nos daría la posibilidad de visitar una zona no saturada de turismo dado que, pese al auge que está cogiendo este país como destino turístico, éste se concentra en unas zonas concretas, dejando otras de la mano de Dios, o de Alá, según se mire.
Entrando en el país por Ceuta (Sebta), nos dirigimos rápidamente hacia Midelt, ciudad próxima a nuestro objetivo, pasando de camino por las imperiales Meknes y Azrou, ciudades más modernas, asfaltadas, alumbrado en las calles…
Desde Azrou se accede al “Bosque de los Cedros”, sorprendente lugar en el que unos simpáticos monitos poco vergonzos se acercan a ver qué les cae.
Midelt, por el contrario, tenía un aspecto más desolado. Poca iluminación, calles sin asfaltar. El tiempo, lluvioso, convertía estas calles en barrizales.
Desplazándonos a la aldea de Tattiouine, base de nuestra montaña, las nubes que cubrían el cielo se abrieron para dejarnos ver el espléndido Jbel Ayachi, aunque esa bonanza climatológica sólo fue un espejismo. Al cabo de unas horas el tiempo empeoró de nuevo, dando paso a unas nevadas que dieron por zanjada la cuestión montañera. Otra vez será.

Nos alojamos con una familia de Tattiouine. Aquí la hospitalidad no es un recuerdo del pasado, es un hecho real. Nos ofrecieron su casa y su comida.
Todos en una sala, alrededor del hogar, veíamos pasar el tiempo como lo ven ellos. Las mujeres se ocupaban de las tareas del hogar, mientras que los niños jugaban y los mayores charlabamos mientras tomabamos el famoso té de menta.
Curiosamente, Marruecos es un gran importador de menta.
Para comer, “tajine” de cordero, estofado recubierto de verduras en un plato de barro. Había cubiertos, pero por aquello de integrarnos un poco más, comimos con la mano. Usamos la derecha, ya que la izquierda es “impura”. Lo malo de usar la mano, es que se hunden los dedos en un estofado bastante caliente, pero el hambre es el hambre, y no es cuestión de dejar pasar el turno…

Para cenar, algo más “ligerito”: cuscús, también con cordero. Sémola de trigo cocida con verduras con añadido de cocido de cordero. También con la mano. Y estaba recién cocido… Gran parte de la tarde estuvieron la madre y la hija mayor preparando esta cena. Mientras, nosotros jugábamos con los niños de la casa, o con los que se acercaban de otras viviendas cercanas a vernos.
Regalamos ropa, muy apreciada, dado que sus posibilidades de adquirir ropa del exterior son muy limitadas. Viven con lo poco que les da la tierra y lo que puedan cazar, lo cual, en épocas de nieve, es muy difícil.

Despidiéndonos de esta familia y de la montaña, pusimos rumbo a ver a otra familia, conocida de Gerardo, uno de los integrantes del viaje.
La carretera, convertida en pista, pasaba por grupos de casas construidas a ambos lados de la misma. De ellas salían niños y niñas al oír el motor del vehículo en el que viajábamos para vernos y pedir lo que fuera. Principalmente pedían jerseys, “tricot” en francés, o caramelos, o comida….Hacía frío y se hacía duro ver las penurias que debían de pasar estos pequeños obligados a pedir desde tan temprana edad. Algunos mayores también se acercaban e insistían en que fuéramos a sus casas. No era cuestión de hacerles el feo de decir que no. Pero íbamos a otra casa.
En esta casa nos recibieron con honores. No es una exageración. El cabeza de familia, Oudoumm, lloró de alegría al ver a su amigo. Nos instaló cómodamente alrededor del hogar, sobre un montón de alfombras, las sillas no se usan mucho en la zona de la montaña, y mató un cordero para obsequiarnos con una suculenta cena. Las mujeres apenas se dejaban ver, atareadas como estaban en la preparación de la comida.
Oudoumm es un maestro con el violín; en esta familia la tradición pasa de padres a hijos. Le regalamos un violín nuevo adquirido a nuestro paso por la imperial Meknes.
No sabía que decir, así que nos obsequió con unas maravillosas melodías tocadas con gran maestría, mientras sus hijos le acompañaban con la pandereta y con las palmas. Resultaba extraño encontrarnos en mitad de montañas prácticamente inaccesibles, con una familia en la cual sólo el hijo mayor había ido al colegio, con gente que dominara de tal forma el arte de tocar el violín.
Con pena nos despedimos de ellos, al día siguiente, para dirigirnos hacia el desierto. Pasando por las gargantas del Todra, famosas por su buena roca para escalar, nos acercamos hasta Merzhouga, destino turístico habitual, en el cual puedes efectuar recorridos en camello, pasear descalzo sobre las dunas de arena…
Desde la cima de una de estas dunas, pudimos ver una impresionante puesta de sol. Por fin el tiempo había mejorado notablemente conforme habíamos avanzado hacia el sur. Se podía incluso estar en manga corta.
El día siguiente, madrugón. Queríamos llegar a Marrakech y había que hacer muchos kms de coche y pasar varios puertos de montaña, largos y con muchas revueltas. El más alto de todos los que atraviesan el Atlas, el Tizi-n-Tichka, nos “obsequió” con un interminable descenso de casi 30 kms antes de llegar a la más espectacular e imperial de las ciudades marroquíes.
Llegamos al caer la tarde, de modo que nos metimos de lleno en el gentío que animaba la famosa plaza de Jmâa el-Fna, lugar obligado en la ciudad, en la que por primera vez en el viaje vimos otros turistas occidentales. Un paseo por el zoco y algo de regateo nos sirvió para una primera toma de contacto con esta ciudad, aunque la estancia fuera muy breve, ya que al amanecer del día siguiente partimos hacia Essaouira, en la costa.
La parte antigua de esta ciudad, junto al puerto, está dominada por la presencia de la muralla, perfectamente conservada.
La actividad en el puerto es frenética y muy interesante. Es uno de los mayores atractivos de esta ciudad, aunque hay planes para hacer de esta ciudad uno de los principales enclaves turísticos de Marruecos, con hoteles de lujo, campos de golf, actividades deportivas, centros comerciales…
Las gaviotas revoloteaban sin cesar sobre el puerto, en el cual asistes a la
subasta del pescado. Junto a él, una sucesión de puestos te ofrecen pescado fresco a la parrilla. Riquísimo aunque, eso sí, los precios hay que regatearlos.
Un paseo al atardecer por el puerto y por las murallas viendo otra magnífica puesta de sol, escuchando los aullidos de las gaviotas por hacerse con un trozo de pescado…
Como de costumbre, tocaba madrugar para, esta vez sí, emprender ya el regreso hacia el norte y coger el ferry en Ceuta.
Demasiado rápido el viaje, aunque sirvió para tomarle un poco el pulso al país y dejarnos con la miel en los labios.
Volveremos.

Incha Allah “Si Alá quiere”