sábado, 25 de septiembre de 2010

Mulhacén


Tú, montaña gigante del sur de la península, te enfadaste con nosotros sin haberte hecho ofender y nos privaste no sólo de tu cima sino de tu propia visión.

Dos días después, arrepentida, relajada tras el desahogo de tus tormentas, permitiste a estas tres personas conocedoras de su propia pequeñez frente a gigantes como tú y tus hermanas menores hollar ese punto cercano al cielo, ese punto anhelado durante meses, tan accesible unas veces y otras, en cambio, tan imposible bajo tu enfurecido carácter.

Nuestro esfuerzo y cansancio fueron el pago por caminar en tus laderas, por conocer tu secreto: esa hermosa vista desde tu cima, abarcando desde Cazorla hasta el Atlas, desde Málaga hasta Jaén, desde el cielo hasta el mar... La bella Vereda de la Estrella se presentaba postrada a nuestros pies, caminito a la laguna de La Mosca y de La Caldera. El Corral del Veleta, negando la entrada de los rayos del sol, celoso guardián de unos pocos y tercos neveros tardíos, nos ofrecía un caos de piedra y aridez en mitad de la salvaje belleza de este maravilloso paraje, herencia del reino Andalusí, escenario de la historia, cuna de gentes recias con carácteres forjados en sus valles y lomas, en sus fríos inviernos, en sus calurosos veranos.

Contentos, dejamos todo tal y como lo encontramos, con la única excepción de nuestros alientos que quedaron en ese aire tan puro y el recuerdo del alegre resonar de nuestras voces en tu cumbre, con el agradecimiento de quienes nos hemos acercado a tí con la reverencia y el respeto que te mereces.

Por todo ello, gracias montaña.