jueves, 7 de enero de 2010

Bolivia 2008, algo más que montañas

País de gigantes andinos, de áridos desiertos, de yermo altiplano, de impenetrable selva, Bolivia es un país de contrastes abismales, tan grandes como la diferencia de altura entre sus nevadas cumbres de más de 6000 metros y sus profundos valles amazónicos que apenas rozan los 1000 metros de altura.


Como montañeros que somos, nos fijamos en este país andino para asaltar la “mágica” altura de los cinco mil y los seis mil metros en unas montañas de acceso relativamente sencillo lo cual, sumado a la posibilidad de conocer otra cultura, otra forma de ver y afrontar la vida, hacían de este país una elección inmejorable.
Además, el tratarse del país menos desarrollado de Latinoamérica añadía un “toque” de incertidumbre al desenlace final de todo lo previsto en este viaje.
Casi treinta y seis horas de viaje depositaron nuestros cansados huesos en La Paz, sede del gobierno boliviano, pese a que la capital constitucional sea Sucre.
Los primeros días los dedicamos a conocer un poco más la ciudad que sería nuestra “base de operaciones”, desde la cual arrancaríamos nuestras excursiones
para conocer un poco más el país.
La Paz, con una altura media de 3600 metros, servía a nuestros propósitos de aclimatación previa al acceso a la montaña, dado que al recorrerla hacia arriba y hacia abajo, La Paz no tiene una sola calle llana, forzábamos los pulmones por conseguir el oxígeno necesario.
Nuestros primeros objetivos se hallaban en la zona Tuni-Condoriri, situada a dos horas en vehículo al norte de La Paz. Desde allí, un trek de unas tres horas nos depositaba en la Laguna Negra, campo base habitual para las ascensiones de la zona, situado bajo la vigilante mirada del imponente Cabeza de Cóndor, uno de nuestros objetivos.
El Pico Austria (5100m), supuso la primera ascensión del viaje, el primer cinco mil para algunos de los componentes del grupo.
Un sendero bien marcado en terreno pedregoso, sin presencia de nieve y sin pasos técnicos, nos depositó en esta rocosa cumbre en apenas tres horas desde el campamento.
Por ser la primera montaña, el ritmo fue lento. En la aclimatación es muy importante
no forzar demasiado el ritmo, aunque nos parezca que caminamos muy despacio. La aclimatación no finaliza cuando bajas, sino que el cuerpo se sigue adaptando y los dolores de cabeza pueden aparecer incluso varias horas después de haber bajado.
Previsoramente se había contratado un cocinero que se preocupaba por tenernos mate de hoja de coca preparado a todas horas, lo cual también ayudaba en la montaña, por sus efectos hidratantes, estimulantes, y supresores de las sensaciones de hambre y de frío y cansancio.
Pese a haber subido gran cantidad de comida, las ganas de comer no hacían mucho acto de presencia, lo que convertía la obligación laboral de Gastón, el cocinero, en algo muy llevadero.
La segunda montaña, el Pequeño Alpamayo (5300m), que pese al nombre no tiene nada que ver con su hermano mayor, el Alpamayo peruano, se trataba de una preciosa montaña nevada, con un glaciar poco agrietado que no opuso mucha dificultad en su travesía, permitiendo el acceso al pico Tarija (5100m), paso obligado para acceder al Pequeño Alpamayo. Después de esta cumbre, un destrepe sencillo nos deposita en un collado desde el cual se afronta la última dificultad, una sucesión de rampas de nieve cuya inclinación no superaba los 55 grados. La alegría de la cumbre
se tradujo en abrazos y lágrimas, momento en el que descargas toda la tensión de la ascensión,
pese a que todavía faltaba la otra mitad, el descenso, el cual se llevó a cabo sin contratiempos.
El casancio de dos días de montaña se notaba, por lo que se tomó un día de reposo.
El día siguiente se madrugaba bastante: las dos de la mañana era la hora elegida
para despertarnos. El próximo año nos iremos a la playa.
Una dura morrena de piedrilla resbaladiza nos deposita tras tres horas de esfuerzo
en el glaciar del Condoriri, icono de la zona. Altivo pico que semeja
un Cóndor con las alas desplegadas. Cervino de los andes bolivianos.
Una repentina nevada, con ventisca incluida, dio al traste con nuestro intento de cumbre a falta de una hora para llegar hasta lo más alto. En estas condiciones, lo más sensato fue darse la vuelta, por muy doloroso que ello fuera.
Ninguna montaña vale una vida.
Después de esta actividad, un par de días en el Lago Titicaca, donde Manco Capac y Mama Ocllo, los hijos del sol, emergieron de las aguas para crear el Imperio Inca, sirvieron para relajar nuestras mentes y descansar el cuerpo.
El Huayna Potosí (6088m) nos recibió con un buen tiempo que iba a facilitar la ascensión. Esta arrancaba a las tres de la mañana desde un refugio situado a 5200m, lo cual facilita notablemente el ascenso de este coloso andino.
Las horas de oscuridad, extremadamente frías, parecían no tener fin. Cuando los primeros rayos hicieron su aparición, coincidiendo con el momento en el que se veía ya el tramo final hasta la cumbre, todos los malestares pasados hasta entonces quedaron relegados a un segundo plano. Se veía ya tan cerca la cumbre… casi se podía tocar con los dedos, pero aún quedaban dos horas de esfuerzo y, a esa altura, eso es mucho. Una fina arista de nieve con los escalones bien marcados supusieron el último escollo a salvar antes de hollar esa cima tan ansiada. Con este monte se daba por terminada la actividad montañera, dando paso al “turismo”, aunque antes quedaba otra actividad deportiva: el descenso en BTT de la antaño conocida como “Autopista de la Muerte”, única carretera que unía La Paz con la zona pre amazónica de las Yungas, famosa por las espectaculares imágenes en las que se veían vehículos despeñados debido a la estrechez de dicha vía. Se ha puesto de moda el descenso de esta vía, hoy en día relegada a un segundo plano debido a la construcción de otra carretera asfaltada y en mucho mejor estado que la antigua.
Equipados con guantes, casco integral, y a lomos de buenas bicicletas, nos lanzamos en un desenfrenado descenso de casi 40 km. que tiene esta carretera.
Realmente espectacular, es una de las ofertas turísticas más éxitosas..

Quedándonos aún unos días, contratamos un tour que nos llevó por el Salar de Uyuni, Patrimonio de la Humanidad y el mayor desierto de sal de todo el mundo.
Antes de entrar al Salar, se visito el cementerio de trenes de Uyuni, donde se pretende construir un museo, dado que aquí se encuentran las primeras locomotoras
que hubo en Bolivia, o lo que queda de ellas.
Una vez dentro, el primer destino es la “Isla del Pescado” o Inka Washi (Casa del Inca en lengua aymara), la superficie de tierra más visitada del Salar, ya que aquí
crecen cactus de hasta 10m de altura.
Posteriormente ingresamos en la Reserva Nacional de Fauna Altoandina Eduardo Avaroa, paisaje espectacular donde los haya. La presencia de volcanes como el Ollagüe (activo) y el Licáncabur, lagunas en las que anidan miles de flamencos como la Cañapa, la Hedionda, llamada así por su olor, debido al alto contenido en azufre, la Laguna Colorada, imposible de imaginar su colorido si no se ve, la Laguna Verde, deslumbrante espejo de color esmeralda.
En esta reserva también abundan los géiseres, fumarolas y aguas termales, entre los que destaca el "Sol de Mañana", prehistorico lugaren el que te paseas entre fumarolas por las que la tierra exhala sus vapores.
Uno de los símbolos de la zona es el “Árbol de Piedra”, roca erosionada por el viento que semeja un árbol solitario en mitad de la nada.
No podíamos irnos del país sin visitar Potosí, la ciudad más rica del mundo en la época del imperio español. Esta ciudad proveyó de toneladas y toneladas de plata a España, metal que parecía no agotarse. Hoy en día en decadencia, el Cerro Rico sigue siendo lugar de extracción de minerales, aunque apenas hay plata. El cinc, el estaño y el cobre le han sustituido. La visita a las minas es obligatoria. Angostas galerías en las que debes ir agachado, aire viciado… cualquier esfuerzo físico se hace muy duro. Por suerte, el “Tío” te proteje. Se trata de una escultura del diablo, al que los mineros veneran para que les cuide. Nosotros también.

No dejamos de visitar la Casa de la Moneda, cuya símbolo es el “mascarón”, rostro burlesco del que se desconoce su exacto significado, pero que identifica este edificio e incluso la propia ciudad.
Quedan muchos lugares por descubrir en este país, pero el tiempo es limitado y no llegamos a todo. Al menos hemos arañado un poco en la superficie y hemos conocido un lugar diferente.

Ha valido la pena.

miércoles, 6 de enero de 2010

Tallon Cara norte


Hemos llegado a la estación de esquí de Gavarnie a eso de las 21.30 horas, después de cuatro horas de coche (incluyendo paradita en el puente de Napoleón, en Luz, para la meadita de rigor). Está oscuro, apenas se ve nada y nos encontramos con la carretera cortada justo donde comienzan las pistas de esquí. ¡Vaya fastidio! Hoy nos va a tocar patear un rato.
Hacemos la selección del material y, por una vez, no exageramos mucho con la chatarra: 3 clavijas de roca, 5 tornillos de hielo, 2 ó 3 mosquetones de seguridad, 1 ancla de nieve cada uno y varias cintas. Ah! Y dos cuerdas. No, la verdad es que no es mucho para lo que solemos llevar habitualmente.
Preparamos las mochilas, nos vestimos de faena y, ¡hala!, ponte a las 22.30 de la noche a hacer una aproximación de varias horas en Pirineos y en invierno.
¡Y encima nos gusta!
Al poco de empezar ya tenemos dudas. ¿Por dónde irá el trazado de la carretera en verano? Así que decidimos seguir la pista de esquí que baja de más arriba.
Como siempre me suele ocurrir, empiezo a pensar en lo a gusto que estaría en casa y no aquí, de noche, pasando frío, haciendo el…
Pero bueno, hay que seguir, de modo que allá vamos.
Al poco rato nos adelanta una máquina de las que apisonan la nieve. ¡Ganas tiene! Con lo bien que se tiene que estar en casa…
Llegamos a una bifurcación y observamos que la máquina se mueve por nuestra izquierda, pero los telesillas siguen recto y nos parece que la máquina está demasiado arriba como para que eso sea la carretera por lo que nosotros continuamos recto.
Nos guiamos también por unas huellas, pero cuando estas desaparecen tenemos algunos problemas. No hay arrastres, no se ve pista de esquí, nada de nada. Manu comenta que recuerda una linea de alta tensión; pues nada, a buscar torres eléctricas, hasta que creemos ver una. Seguimos los cables eléctricos y damos también con los arrastres. Parece que la cosa mejora.
En eso, miramos hacia la izquierda y… ¡no es posible!, pero si parece… no, no puede ser, pero sí que lo es: el Tallón con su poderosa cara norte y los Gabietos se alzan majestuosos frente a nosotros, visibles gracias al brillo de la nieve en la oscura noche. Vamos bien, mas aún no ha terminado la aproximación.
Encaminamos nuestros pasos hacia ellos y, al llegar a unos postes indicadores, seguimos hacia el Pico del Puerto. Subimos por laderas siguiendo unas huellas que, en un momento, se desvían para bordear el Pico del Puerto por donde va la carretera. Pero en la oscuridad de la noche parece expuesto, por lo que seguimos subiendo hacia la cima del Pico para bordearlo por una sección más fácil.
Aquí yo ya me voy quedando rezagado, al tiempo que me voy desanimando, pero no me puedo echar para atrás puesto que voy con Manu y César. Se les ve tan en forma…
En fin, aprieto los dientes y sigo subiendo. La jodida arista en la que nos encontramos parece no tener fin y, para redondear el momento, comienza a soplar un viento de cuidado. Para colmo de males, o de torturas, cuando parece que ya has terminado de subir, aparece otro resalte que significa subir otro poco más…
Pero todo tiene fin y esta montaña no es una excepción. Cuando alcanzamos la cima del Pico del Puerto (2476m) son las 00.30 horas. Ascensión nocturna invernal a un pico de Pirineos. ¡Si señor! Con dos coj….
Ahora ya me siento mejor pues sólo nos resta la bajada hasta el collado de Bucaruelo donde montaremos el vivac, y la bajada me gusta. Me dejo deslizar entre la piedra rota y diversos escalones rocosos hasta alcanzar la nieve. Continuo por ella hasta que, al notar que la inclinación aumenta, le pido a Manu que me saque el piolet, no vaya a ser que la fastidiemos ahora que comienzo a disfrutar.
Llegamos al collado y, al no encontrar las piedras que señalan el vivac, nos acercamos a una tienda de campaña situada en una zona bastante maja y algo protegida y nos aposentamos allí.
Cavamos un agujero de 2 X 2 y medio metro de profundidad y nos metemos en él a dormir tras haber comido algo de chocolate y alguna cosilla más.
Son casi las 2.00 cuando por fin podemos descansar.
Por el momento el cielo se encuentra despejado y estrellado, aunque sopla viento, mas en el hoyo no se nota nada, salvo nuestro propio cansancio, por lo que pronto caemos en brazos de Morfeo.
Al pobre francés que está en la tienda de al lado lo hemos despertado con nuestros trabajos de zapador (picar nieve dura, palear cascotes de nieve, apisonarla…), pero no ha dicho nada.
Tras una noche más o menos tranquila, los despertadores tocan diana a las 6.30.
Tres pares de ojos hinchados como los de un besugo se dejan entrever en las aberturas de los sacos.
Amanece poco a poco, al mismo tiempo que nosotros también entramos en actividad, despacio, azuzados por un Manu pletórico de energía. ¿Cómo lo hará?
Desayunamos un té común en el cazo del camping-gas y unas galletas. Sabe mejor compartido. ¡Pero ya vale! Preparamos las mochilas de ataque; primero César, que espera un buen rato, y después Manu y yo, que tengo la extraña costumbre de ser el último. Yo ya me pongo los crampones y el arnés, más que nada para no perder luego tiempo.
Comenzamos a andar hacia las 7.45. El francés ha asomado la cabeza y, tras decirle dónde vamos, nos comenta que es bonito y nos desea buena suerte. Para suerte la suya, que bajará con esquís hasta Gavarnie.
Al poco de andar la pared Norte del Taillón queda a la vista. Si lo mejor son las aproximaciones cortas, como la que tenemos hoy, así da gusto.
Vemos la vía normal de la cara norte y, un poco a la derecha de esta, en la parte baja de la pared, unos corredores de hielo más verticales. Manu y César proponen ir por ellos, por el tema de la elegancia; a mí me da igual, aunque sinceramente preferiría la entrada normal, por quitarnos dificultades extra… Nos acercamos a ellos y parece mejor el de la izquierda, así que mientras mis compañeros se ponen los adornos de escalada, yo me meto en una placa de hielo blanco (qué vicio), de unos 55º - 60º de inclinación.
Oigo alguna voz en tono de reprimenda amable: “que no esperas”, “que vaya prisas”, etc…
Rapidamente me caliento; esto es lo mío, el hielo y la roca. Tras unos escaloncillos me meto en un tramo un tanto chungo. Por la derecha, roca vertical y sin agarres; al frente, resalte vertical de nieve polvo y a la izquierda, resalte vertical de hielo.
Manu me dice que intente montar algo para asegurar el paso, pero ya me he encabezonado y, algo loco, le digo que no veo nada (realmente no hay mucho para asegurar), por lo que voy a intentar pasarlo a pelo pues me veo con fuerzas.
“No te la juegues, espera que lleguemos ahí para ver qué se puede hacer”. No les hago caso y tiro por el hielo de la izquierda. Me lo tomo con calma, respirando pausadamente y clavando los piolets y crampones tranquilamente, sin acelerarme, confiando en lo que hago, en lo que sé hacer.
Supero el resalte y tras montar la reunión necesito la cuerda para asegurarles a ellos, pues no quieren pasar a pelo. Manu me lanza la cuerda sin conseguir hacerla llegar hasta mi posición, por lo que hago una cadena con cintas expreses y cintas anudadas que llega hasta ellos y así pueden anudar la cuerda a un extremo y la puedo recuperar.

Les aseguro desde una reunión montada sobre un ancla de nieve y dos piolets sólidamente anclados.
Primero sube Manu y me comenta que va a seguir subiendo para ver si salimos ya de esta zona.
Mientras sube por encima de mi posición, César hace lo propio por debajo. Me alcanza y me rebasa, llegando hasta la reunión que Manu ha montado en una zona de 45º - 50º.
Cuando ya están asegurados a la otra reunión, desmonto la mía y me ato a la cuerda; de ese modo subiré más tranquilo. Cuando alcanzo el otro punto de aseguramiento, compruebo que la pendiente es bastante franca, sin muchos más resaltes.

Continuamos y, tras rodear un pequeño resalte de 55º - 60º oímos voces a nuestra izquierda donde descubrimos otras nueve personas más en la vía.
Al vernos, nos comentan que hay buena huella por donde van ellos, y comenzamos una travesía ascendente para encontrar la trazada. Manu mete el turbo y qué manera de abrir huella hasta la otra trazada. ¡Menudas zancadas! A César y a mí nos cuesta seguirle a ese ritmo. Manu ha alcanzado rápidamente a las otras cordadas y adelanta a varias de ellas. Mientras, César y yo nos mantenemos en las últimas posiciones para recuperarnos un poco y poder adelantar a las otras cordadas algo más tarde. Finalmente les adelantamos hasta encontrarnos con un Manu medio aburrido de esperarnos al pie de un resalte en el que a Juanillo le cayó hace 2 años un pequeña avalancha producida por un esquiador extremo que bajaba por aquí.
Picoteamos algo y superamos el resalte con un poco de mixto (facilón, no os creais) y seguimos ascendiendo. Cada vez tenemos más ganas de acabar; parece que ya se termina esto, por lo que me pongo delante a tirar, aprovechando que hay buenas huellas.
¡Por fin! Salimos de la Norte a 25 metros de la cima, situada a 3144 metros. Los recorro, llego a ella y… ya está. ¿Y ahora? Ahora a descansar y esperar a César, que viene algo retrasado. Hoy no es su día. Viene algo flojillo, pero seguro que pronto le dará la vuelta a la situación. Nos damos la mano Manu y yo, y nos sentamos a comer y beber mientras aguardamos la llegada de nuestro amigo, el cual no tarda en aparecer. Le hacemos un hueco y le damos comida y bebida.
Tras sacarnos la foto de rigor toca bajar. Lo haremos por el glaciar de Gabietos. Nos dirigimos al collado situado entre el Taillón y los Gabietos por lo que debemos efectuar un vertiginoso flanqueo de la cara SO del Taillón. Tras alcanzarlo seguimos una buena huella que desciende hacia el glaciar.


Al alcanzarlo vemos gente metida en los corredores de la cara Oeste del Taillón. Algo de envidia sí que nos dan, pero estamos muy contentos con lo que hemos hecho. Cada uno a su nivel. Para nosotros ha sido una “primera” en algo “serio”.
Llaneamos por el glaciar, en principio sin grietas, y alcanzamos el empinado corredor que nos depositará, casi casi, en el collado en el que tenemos instalado nuestro “hogar” por unas horas. Al llegar a la ruta normal de la Brecha de Roldán nos cruzamos con gente que se dirige al refugio de Sarradets. No nos dan ninguna envidia, en parte por lo que les falta, en parte porque en “su” refugio no tendrán como techo las estrellas, al contrario que nosotros.
En poco tiempo nos plantamos en el collado y en nuestro “agujero”. El lugar del frncés ha sido ocupado por tres españoles, también con tienda.
Nosotros nos tiramos en nuestras esterillas y nos preparamos unos Sopinstant que nos reviven. Ahora ya es el momento del reposo y de planear lo de mañana, al tiempo que saboreamos lo que hemos hecho hoy.
En unas rocas, a unos 150 metros vemos que cae agua de un nevero al cual le está dando el sol. Me acerco y lleno las cantimploras para no tener luego problemas de agua a la hora de la cena. Del mismo modo aprovecharemos para rehidratarnos lo más correctamente posible.
Tras coger agua y beber un buen trago, me quedo embutido en mi soledad, disfrutando de esos momentos de intimismo que sólo se pueden conseguir cuando estás en paz contigo y con los demás, y admirando un paisaje como es el del paisaje del Valle de Ara en invierno.
Intento ver el corredor “Homenaje Cabezas de Hierro” a los Gabietos para ir mañana, pero parece una zona bastante cañera, por lo que habrá que pensar en otra cosa.
Ya veremos.
Vuelvo al “bullicio” de la zona de vivac con el agua y compruebo satisfactoriamente que en mi ausencia Manu y César han aprovechado el tiempo para convertir nuestro rudimentario vivac en un confortable agujero-hobbit con cocina y todo. Sólo falta el techo, las ventanas, puertas, wc… pero eso nos libraría de esta experiencia de dormir al aire libre en mitad de la nieve. Pero se lo han currado a base de bien. Hacia las 18 horas comenzamos a preparar la cena. Pasta, paté, chorizo, queso… todo un banquete. Comemos con gran apetito. Qué bueno está todo.
Nos ponemos las botas zampando; las tripas llenas y un ambiente de camaradería como no he conocido nunca. Nos reimos un montón y nos lo pasamos genial; es lo bueno de ir al monte con la gente adecuada. Hablamos de la vida y de muchos temas variados, no sólo de montaña.
Hacia las 19.30 nos metemos en los sacos de dormir y discutimos qué haremos mañana. Aunque no nos importaría bajarnos por la mañana, el tiempo es demasiado bueno y la nieve está en demasiado buenas condiciones como para irnos así, sin más.
La cosa se merece un esfuerzo por nuestra parte; no podemos llegar, pisotear sin más y marcharnos sin mayor esfuerzo.
Haremos algo sencillito, sin mucha aproximación.
Hay una pared que sube hacia les Tourettes y está a tan sólo 50 metros de nuestra posición. ¿Qué más se puede pedir? Mañana, no obstante, se decidirá a última hora qué hacer.
Caemos rendidos, viendo un impresionante atardecer hacia el valle de Ara, con un cielo rojizo en el que los últimos rayos de sol luchan con las nubes que cubren algunas cimas.
Encima nuestro, el cielo, completamente despejado, va encendiendo poco a poco la luz de sus estrellas. Osa Mayor, Osa Menor, estrella Polar… todas están ahí. Nos dormimos viendo la inmensidad del cielo, el cual se refleja en nuestras adormiladas retinas…
Un nuevo día amanece, pero no nos damos mucha prisa en levantarnos.
El día está despejado y hace buen tiempo. Entre ronroneos decidimos subir la pared junto al vivac.
Tras desayunar té con galletas, por supuesto, en el cuenco colectivo nos preparamos y nos acercamos hacia la pared, hacia una goulotte cortita, pero que está con nieve de no muy buena calidad.
Me meto primero en ella y Manu, maliciosamente, me recuerda que hoy tampoco llevo la cuerda.
Supero en mixto un tramo especialmente podrido y vertical me encuentro con que Manu ya casi me ha alcanzado. César ha bordeado el corredor para no perde tiempo y así continuar rápidamente con la ascensión. Mientras, Manu abre huella…
Nos dirigimos hacia un estrechamiento vertical con hielo y monto una reunión de dos piolets y un tornillo de hielo. Manu sube primero, asegurando el paso con un tornillo. Monta reunión y nos asegura, primero a César y luego a mí. Les alcanzo y seguimos subiendo. Ahora ya sólo nos queda un pala de 55º - 60º en nieve bastante blanda. En este tramo soy yo quien abre huella. Nos acercamos hacia la cresta y desde mi perspectiva parece afilada, por lo que me dan la cuerda y me aseguran, como precaución frente a una posible cornisa. Tras alcanzar la cresta compruebo que al otro lado no hay sino una sencilla pala de 40º que no reviste ninguna dificultad.
Mis compañeros me alcanzan y, como no nos interesa seguir subiendo ante la ausencia de dificultades, bajamos por esta sencilla pala para rodear este espolón y regresar al vivac a recoger nuestras cosas y bajarnos ya hacia el coche.
Bordeamos por unas pendientes de 40º y enlazamos con el tramo inicial de la subida. Llegamos al vivac y hacemos nuestras mochilas. Ahora, la bajada. Afortunadamente hemos visto por dónde flanquea la gente el Pico del Puerto. Seguimos la traza por una nieve pastosa que da repelús y tras un largo tramo horizontal llegamos a las pistas de esquí.
Yo ya voy cascado, pero aún queda el descenso de la pista. ¡Ay! Quien tuviera unos esquís o unos big-foot. Bajamos por las pistas, atajando de vez en cuando. Hay bastante gente, por lo que vamos con cuidado.
Finalmente llegamos al coche, ¡Dios lo bendiga! Nos podremos quitar las pesadas botas de plástico y la mochila. Nos cambiamos de ropa y nos vamos para abajo para comer algo en algún pueblo. Paramos en Luz ST Sauveur, donde nos ponemos como bolas zampando toda la comida que nos quedaba, junto a un rocódromo al que lanzamos furtivas miradas de vez en cuando, imaginándonos trepando en él, pese a nuestro cansancio actual.
Como la tarde va desgranando las horas sin parar, salimos rapiditos para llegar a Irún a eso de las 20.30 y dar por finalizado un fin de semana difícilmente inigualable.

Componentes:
- César Varona
- Manu Eizagirre
- Ramón Acarreta

lunes, 4 de enero de 2010

Marruecos alrededor del atlas

La oportunidad que me ofreció un amigo para bajar a Marruecos era de las que no se podían rechazar. El simple hecho de viajar ya era suficiente. Si, además, es otra cultura, otro continente, otra forma de vida, la cosa se pone mucho mejor.
Pero la excusa del viaje era más simple: el ascenso del Jbel Ayachi (3770m), montaña poco conocida del sureste del Atlas marroquí, probablemente debido a que su altura no excede los “mágicos” 4000 metros de esta cadena.
Mejor todavía. Eso nos daría la posibilidad de visitar una zona no saturada de turismo dado que, pese al auge que está cogiendo este país como destino turístico, éste se concentra en unas zonas concretas, dejando otras de la mano de Dios, o de Alá, según se mire.
Entrando en el país por Ceuta (Sebta), nos dirigimos rápidamente hacia Midelt, ciudad próxima a nuestro objetivo, pasando de camino por las imperiales Meknes y Azrou, ciudades más modernas, asfaltadas, alumbrado en las calles…
Desde Azrou se accede al “Bosque de los Cedros”, sorprendente lugar en el que unos simpáticos monitos poco vergonzos se acercan a ver qué les cae.
Midelt, por el contrario, tenía un aspecto más desolado. Poca iluminación, calles sin asfaltar. El tiempo, lluvioso, convertía estas calles en barrizales.
Desplazándonos a la aldea de Tattiouine, base de nuestra montaña, las nubes que cubrían el cielo se abrieron para dejarnos ver el espléndido Jbel Ayachi, aunque esa bonanza climatológica sólo fue un espejismo. Al cabo de unas horas el tiempo empeoró de nuevo, dando paso a unas nevadas que dieron por zanjada la cuestión montañera. Otra vez será.

Nos alojamos con una familia de Tattiouine. Aquí la hospitalidad no es un recuerdo del pasado, es un hecho real. Nos ofrecieron su casa y su comida.
Todos en una sala, alrededor del hogar, veíamos pasar el tiempo como lo ven ellos. Las mujeres se ocupaban de las tareas del hogar, mientras que los niños jugaban y los mayores charlabamos mientras tomabamos el famoso té de menta.
Curiosamente, Marruecos es un gran importador de menta.
Para comer, “tajine” de cordero, estofado recubierto de verduras en un plato de barro. Había cubiertos, pero por aquello de integrarnos un poco más, comimos con la mano. Usamos la derecha, ya que la izquierda es “impura”. Lo malo de usar la mano, es que se hunden los dedos en un estofado bastante caliente, pero el hambre es el hambre, y no es cuestión de dejar pasar el turno…

Para cenar, algo más “ligerito”: cuscús, también con cordero. Sémola de trigo cocida con verduras con añadido de cocido de cordero. También con la mano. Y estaba recién cocido… Gran parte de la tarde estuvieron la madre y la hija mayor preparando esta cena. Mientras, nosotros jugábamos con los niños de la casa, o con los que se acercaban de otras viviendas cercanas a vernos.
Regalamos ropa, muy apreciada, dado que sus posibilidades de adquirir ropa del exterior son muy limitadas. Viven con lo poco que les da la tierra y lo que puedan cazar, lo cual, en épocas de nieve, es muy difícil.

Despidiéndonos de esta familia y de la montaña, pusimos rumbo a ver a otra familia, conocida de Gerardo, uno de los integrantes del viaje.
La carretera, convertida en pista, pasaba por grupos de casas construidas a ambos lados de la misma. De ellas salían niños y niñas al oír el motor del vehículo en el que viajábamos para vernos y pedir lo que fuera. Principalmente pedían jerseys, “tricot” en francés, o caramelos, o comida….Hacía frío y se hacía duro ver las penurias que debían de pasar estos pequeños obligados a pedir desde tan temprana edad. Algunos mayores también se acercaban e insistían en que fuéramos a sus casas. No era cuestión de hacerles el feo de decir que no. Pero íbamos a otra casa.
En esta casa nos recibieron con honores. No es una exageración. El cabeza de familia, Oudoumm, lloró de alegría al ver a su amigo. Nos instaló cómodamente alrededor del hogar, sobre un montón de alfombras, las sillas no se usan mucho en la zona de la montaña, y mató un cordero para obsequiarnos con una suculenta cena. Las mujeres apenas se dejaban ver, atareadas como estaban en la preparación de la comida.
Oudoumm es un maestro con el violín; en esta familia la tradición pasa de padres a hijos. Le regalamos un violín nuevo adquirido a nuestro paso por la imperial Meknes.
No sabía que decir, así que nos obsequió con unas maravillosas melodías tocadas con gran maestría, mientras sus hijos le acompañaban con la pandereta y con las palmas. Resultaba extraño encontrarnos en mitad de montañas prácticamente inaccesibles, con una familia en la cual sólo el hijo mayor había ido al colegio, con gente que dominara de tal forma el arte de tocar el violín.
Con pena nos despedimos de ellos, al día siguiente, para dirigirnos hacia el desierto. Pasando por las gargantas del Todra, famosas por su buena roca para escalar, nos acercamos hasta Merzhouga, destino turístico habitual, en el cual puedes efectuar recorridos en camello, pasear descalzo sobre las dunas de arena…
Desde la cima de una de estas dunas, pudimos ver una impresionante puesta de sol. Por fin el tiempo había mejorado notablemente conforme habíamos avanzado hacia el sur. Se podía incluso estar en manga corta.
El día siguiente, madrugón. Queríamos llegar a Marrakech y había que hacer muchos kms de coche y pasar varios puertos de montaña, largos y con muchas revueltas. El más alto de todos los que atraviesan el Atlas, el Tizi-n-Tichka, nos “obsequió” con un interminable descenso de casi 30 kms antes de llegar a la más espectacular e imperial de las ciudades marroquíes.
Llegamos al caer la tarde, de modo que nos metimos de lleno en el gentío que animaba la famosa plaza de Jmâa el-Fna, lugar obligado en la ciudad, en la que por primera vez en el viaje vimos otros turistas occidentales. Un paseo por el zoco y algo de regateo nos sirvió para una primera toma de contacto con esta ciudad, aunque la estancia fuera muy breve, ya que al amanecer del día siguiente partimos hacia Essaouira, en la costa.
La parte antigua de esta ciudad, junto al puerto, está dominada por la presencia de la muralla, perfectamente conservada.
La actividad en el puerto es frenética y muy interesante. Es uno de los mayores atractivos de esta ciudad, aunque hay planes para hacer de esta ciudad uno de los principales enclaves turísticos de Marruecos, con hoteles de lujo, campos de golf, actividades deportivas, centros comerciales…
Las gaviotas revoloteaban sin cesar sobre el puerto, en el cual asistes a la
subasta del pescado. Junto a él, una sucesión de puestos te ofrecen pescado fresco a la parrilla. Riquísimo aunque, eso sí, los precios hay que regatearlos.
Un paseo al atardecer por el puerto y por las murallas viendo otra magnífica puesta de sol, escuchando los aullidos de las gaviotas por hacerse con un trozo de pescado…
Como de costumbre, tocaba madrugar para, esta vez sí, emprender ya el regreso hacia el norte y coger el ferry en Ceuta.
Demasiado rápido el viaje, aunque sirvió para tomarle un poco el pulso al país y dejarnos con la miel en los labios.
Volveremos.

Incha Allah “Si Alá quiere”

domingo, 3 de enero de 2010

Hacia nuestro sueño: el Alpamayo

¿Quién dice que los sueños son sólo sueños?
Nosotros tuvimos uno e intentamos convertirlo en realidad...


Nos escapamos a Perú un día de San Ignacio y un overbooking nos retuvo en Madrid todo un día. Bueno, al menos hicimos un poco de turismo, que no va mal de vez en cuando,y además dormimos en hotel... y es que no estábamos muy acostumbrados a esos lujos..
Por fin, vuelo a Lima con escala en Bogotá; de alli un Bus hasta Huaraz, nuestro campo base, al cual llegamos 40 horas después de salir de Madrid.
En Huaraz nos acogió el guía vasco Aritza Monasterio en su casa-albergue, casado con Gisela, huaracina. Nos trataron con mimo, como si fuéramos uno de lo suyos, y esas cosas se agradecen cuando estás lejos de casa.

Huaraz es la capital andina por excelencia, y se nota que el turismo influye en gran manera, ya que hay numerosas agencias de aventura, restaurantes (italianos, chinos y vasco), tiendas de recuerdos y hoteles, incluso la vestimenta se ha occidentalizado bastante. Aparte de los numerosos puestos de artesanía callejeros y los vendedores ambulantes de comida, salchipapas, zumos...


Como Huaraz está a 3050m de altura, decidimos no partir enseguida al monte, sino aclimatar un poco más, y nos acercamos hasta la laguna Churup (4480), lo cual nos permitió pasar por unos barrios donde se veía la vida sumida en la pobreza de estas gentes, sin agua corriente, electricidad..,. donde la carretera no es sino una pista llena de baches y piedras. Asimismo se trata de un recorrido bastante solitario, al no encontrarse dentro de las rutas habituales de las montañas.
Se nota el hecho de vivir a nivel del mar, al llegar tan rápidamente a esas alturas a nuestro organismo le cuesta adaptarse a la falta de oxígeno. Al bajar de alli, pasamos por una zona de chabolas, en la cual habia tres niños jugando, nos pidieron caramelos, pero no nos quedaban, por lo que optamos por darles tres trozos de pan que nos sobraban. El ver como se alegraron por tener unos simples trozos de pan entre sus manos, hizo que nos preguntáramos a donde ibamos a llegar en Occidente, donde en muchos lugares te hubieran rechazado ese donativo. Y es que en los lugares pobres aún se aprecia el valor de las cosas humildes, como puede ser un simple trozo de pan.

El siguiente paso era aclimatar ya en la montaña, asi que nos fuimos al Nevado Pisco (5752), el cual cuenta con una de las morrenas mas desagradables de toda la cordillera Blanca, subidas y bajadas por pedreras interminables....
Aquí aprendimos que a la hora de calificar como “inviable” a una ascensión, lo mejor es ser uno mismo el que lo decida al ver el recorrido, ya que lo que para unos no se puede, para otros es factible, como a nosotros nos ocurrió, pues si bien siempre ves alguna dificultad, no nos pareció que fuera tan imposible como nos comentaron otros “montañeros” en Huaraz...


Un par de dias para reponernos de esta ascensión y partimos hacia nuestro “sueño”: el Alpamayo, montaña elegida como la más bella del mundo en Munich en 1966.
Al tercer dia de aproximación se nos apareció ante nuestros ojos esa imagen mil veces vista y deseada en las revistas, la cara SO, con sus canales inclinadas, más impresionante que difícil.
La via la empezamos los últimos y nos tocó esperar unas cuantas horas para poder subir hasta arriba, dado que había otras diez cordadas, (al dia siguiente sólo había tres cordadas).
El hecho de ser los últimos y el bajar tarde, nos permitió ver como el sol del atardecer teñía de naranja las canales por las que bajábamos rapelando.
Llegamos ya de noche a la tienda, pero no nos importaba, ¡lo habiamos conseguido! Habiamos cumplido uno de nuestros sueños, y eramos felices por ello.
Al dia siguiente bajamos de un tirón hasta Huaraz, y nos regalamos con una gran cena en un restaurante en el que ya nos empezaban a conocer, debido a las grandes cantidades de comida que ingeríamos.
Un pequeño malestar estomacal me dejó fuera de combate durante dos días, lo cual sumado a un empeoramiento del tiempo, retrasó nuestros planes de intentar el Huascaran, el cual además estaba difícil debido a unas grietas imposibles de superar.


Algo ya cansados de esperar, nos acercamos al Vallunaraju (5686), solitario monte, al cual no va mucha gente, salvo para aclimatar, pero como era el único que no estaba cubierto con nubes...
Ascensión preciosa, solos con la montaña, disfrutando, pues ya nos notábamos aclimatados y subíamos fácilmente.
La cima era curiosa, pues estaba cortada de lado a lado por una infranqueable grieta de paredes verticales, como si un hacha gigante la hubiera querido partir...
Descenso rápido y vuelta a Huaraz, a disfrutar del descanso.
Fué lo mas parecido a una salida en Pirineos: te vas el sabado por la mañana y regresas el domingo por la tarde.


Aprovechamos los dias de reposo para visitar las termas de Monterrey, aguas ferruginosas con propiedades terapeúticas. Lo mejor es que eran calientes, y con el aire fresco que hacía...
Alli, unas amigas nos invitaron a degustar un plato tipico: “papas a la huancaina”.
Papas cocidas, con una salsa de aji picante (especie de guindilla). El problema es que nos pusieron mas aji del habitual y parecía que echábamos fuego por la boca.
Los días de descanso aprovechábamos para juntarnos con otros montañeros, y por las noches hacíamos otro tipo de montañismo bien diferente: nos ibamos a la disco local “Tambo” (“granero” en lengua quechua), donde bailábamos y nos rehidratábamos con cerveza, mientras nos relacionábamos con la población local.
Como habíamos ido a hacer montaña, volvimos a hacer las mochilas y nos encaminamos hacia el Huascaran, al cual se decía que ya se podia subir, puesto que unas avalanchas habían cubierto las grietas infranqueables de la parte inferior de la montaña. Lo que desconocíamos era que los puentes de hielo de las grietas de la parte superior de la montaña se estaban rompiendo, con lo que el ataque a la cumbre se quedó un poco más arriba del Campo II, situado a 6000 m, debido a la imposibilidad de sortear las grietas.

Aprovechamos los últimos días para hacer algunas compras y despedirnos de la gente que tan amablemente nos había tratado. Un porteador conocido de Harri, Justiniano, nos invitó a su casa a pasar nuestro último día en Huaraz.
Alli pudimos degustar el “cuy” frito, roedor parecido al conejo de Indias, muy apreciado en esas tierras debido a su carne y a su buen sabor.
Con tristeza nos terminamos de despedir de los amigos alli hechos, y partimos en bus hacia Lima para, una vez alli, coger el avión que de vuelta nos traería a nuestra querida Euskadi.
No tenemos más que palabras de elogio para la gente que alli conocimos,especialmente para la familia Monasterio, Aritza y Gisela, que tan bien nos acogieron en su casa.


Viaje efectuado el 31 julio al 28 agosto de 2002
por Javier "Harry" Martín y Ramon "Motxi" Akarreta.