País de gigantes andinos, de áridos desiertos, de yermo altiplano, de impenetrable selva, Bolivia es un país de contrastes abismales, tan grandes como la diferencia de altura entre sus nevadas cumbres de más de 6000 metros y sus profundos valles amazónicos que apenas rozan los 1000 metros de altura.Como montañeros que somos, nos fijamos en este país andino para asaltar la “mágica” altura de los cinco mil y los seis mil metros en unas montañas de acceso relativamente sencillo lo cual, sumado a la posibilidad de conocer otra cultura, otra forma de ver y afrontar la vida, hacían de este país una elección inmejorable.
Además, el tratarse del país menos desarrollado de Latinoamérica añadía un “toque” de incertidumbre al desenlace final de todo lo previsto en este viaje.
Casi treinta y seis horas de viaje depositaron nuestros cansados huesos en La Paz, sede del
Los primeros días los dedicamos a conocer un poco más la ciudad que sería nuestra “base de operaciones”, desde la cual arrancaríamos nuestras excursiones
para conocer un poco más el país.
La Paz, con una altura media de 3600 metros, servía a nuestros propósitos de aclimatación previa al acceso a la montaña, dado que al recorrerla hacia arriba y hacia abajo, La Paz no tiene una sola calle llana, forzábamos los pulmones por conseguir el oxígeno necesario.
Nuestros primeros objetivos se hallaban en la zona Tuni-Condoriri, situada a dos horas en
vehículo al norte de La Paz. Desde allí, un trek de unas tres horas nos depositaba en la Laguna Negra, campo base habitual para las ascensiones de la zona, situado bajo la vigilante mirada del imponente Cabeza de Cóndor, uno de nuestros objetivos.El Pico Austria (5100m), supuso la primera ascensión del viaje, el primer cinco mil para algunos de los componentes del grupo.
Un sendero bien marcado en terreno pedregoso, sin presencia de nieve y sin pasos técnicos, nos depositó en esta rocosa cumbre en apenas tres horas desde el campamento.
Por ser la primera montaña, el ritmo fue lento. En la aclimatación es muy importante
no forzar demasiado el ritmo, aunque nos parezca que caminamos muy despacio. La aclimatación no finaliza cuando bajas, sino que el cuerpo se sigue adaptando y los dolores de cabeza pueden aparecer incluso varias horas después de haber bajado.
Previsoramente se había contratado un cocinero que se preocupaba por tenernos mate de hoja de coca preparado a todas horas, lo cual también ayudaba en la montaña, por sus efectos hidratantes, estimulantes, y supresores de las sensaciones de hambre y de frío y cansancio.Pese a haber subido gran cantidad de comida, las ganas de comer no hacían mucho acto de presencia, lo que convertía la obligación laboral de Gastón, el cocinero, en algo muy llevadero.
La segunda montaña, el Pequeño Alpamayo (5300m), que pese al nombre no tiene nada que ver con su hermano mayor, el Alpamayo peruano, se trataba de una preciosa montaña nevada, con un glaciar poco agrietado que no opuso mucha dificultad en su travesía, permitiendo el acceso al pico Tarija (5100m), paso obligado para acceder al Pequeño Alpamayo. Después de esta cumbre, un destrepe sencillo nos deposita en un collado desde el cual se afronta la última dificultad, una sucesión de rampas de nieve cuya inclinación no superaba los 55 grados. La alegría de la cumbre
se tradujo en abrazos y lágrimas, momento en el que descargas toda la tensión de la ascensión,
pese a que todavía faltaba la otra mitad, el descenso, el cual se llevó a cabo sin contratiempos.
El casancio de dos días de montaña se notaba, por lo que se tomó un día de reposo.
El día siguiente se madrugaba bastante: las dos de la mañana era la hora elegida
para despertarnos. El próximo año nos iremos a la playa.
Una dura morrena de piedrilla resbaladiza nos deposita tras tres horas de esfuerzo
en el glaciar del Condoriri, icono de la zona. Altivo pico que semeja
El día siguiente se madrugaba bastante: las dos de la mañana era la hora elegida
para despertarnos. El próximo año nos iremos a la playa.
Una dura morrena de piedrilla resbaladiza nos deposita tras tres horas de esfuerzo
en el glaciar del Condoriri, icono de la zona. Altivo pico que semeja
un Cóndor con las alas desplegadas. Cervino de los andes bolivianos.
Una repentina nevada, con ventisca incluida, dio al traste con nuestro intento de cumbre a falta de una hora para llegar hasta lo más alto. En estas condiciones, lo más sensato fue darse la vuelta, por muy doloroso que ello fuera.
Ninguna montaña vale una vida.
Después de esta actividad, un par de días en el Lago Titicaca, donde Manco Capac y Mama Ocllo, los hijos del sol, emergieron de las aguas para crear el Imperio Inca, sirvieron para relajar nuestras mentes y descansar el cuerpo.
El Huayna Potosí (6088m) nos recibió con un buen tiempo que iba a facilitar la ascensión. Esta arrancaba a las tres de la mañana desde un refugio situado a 5200m, lo cual facilita notablemente el ascenso de este coloso andino.
Las horas de oscuridad, extremadamente frías, parecían no tener fin. Cuando los primeros rayos hicieron su aparición, coincidiendo con el momento en el que se veía ya el tramo final hasta la cumbre, todos los malestares pasados hasta entonces quedaron relegados a un segundo plano. Se veía ya tan cerca la cumbre… casi se podía tocar con los dedos, pero aún quedaban dos horas de esfuerzo y, a esa altura, eso es mucho. Una fina arista de nieve con los escalones bien marcados supusieron el último escollo a salvar antes de hollar esa cima tan ansiada. Con este monte se daba por termin
ada la actividad montañera, dando paso al “turismo”, aunque antes quedaba otra actividad deportiva: el descenso en BTT de la antaño conocida como “Autopista de la Muerte”, única carretera que unía La Paz con la zona pre amazónica de las Yungas, famosa por las espectaculares imágenes en las que se veían vehículos despeñados debido a la estrechez de dicha vía. Se ha puesto de moda el descenso de esta vía, hoy en día relegada a un segundo plano debido a la construcción de otra carretera asfaltada y en mucho mejor estado que la antigua.
Equipados con guantes, casco integral, y a lomos de buenas bicicletas, nos lanzamos en un desenfrenado descenso de casi 40 km. que tiene esta carretera.
Realmente espectac
ular, es una de las ofertas turísticas más éxitosas..
Una repentina nevada, con ventisca incluida, dio al traste con nuestro intento de cumbre a falta de una hora para llegar hasta lo más alto. En estas condiciones, lo más sensato fue darse la vuelta, por muy doloroso que ello fuera.

Ninguna montaña vale una vida.
Después de esta actividad, un par de días en el Lago Titicaca, donde Manco Capac y Mama Ocllo, los hijos del sol, emergieron de las aguas para crear el Imperio Inca, sirvieron para relajar nuestras mentes y descansar el cuerpo.
El Huayna Potosí (6088m) nos recibió con un buen tiempo que iba a facilitar la ascensión. Esta arrancaba a las tres de la mañana desde un refugio situado a 5200m, lo cual facilita notablemente el ascenso de este coloso andino.

Las horas de oscuridad, extremadamente frías, parecían no tener fin. Cuando los primeros rayos hicieron su aparición, coincidiendo con el momento en el que se veía ya el tramo final hasta la cumbre, todos los malestares pasados hasta entonces quedaron relegados a un segundo plano. Se veía ya tan cerca la cumbre… casi se podía tocar con los dedos, pero aún quedaban dos horas de esfuerzo y, a esa altura, eso es mucho. Una fina arista de nieve con los escalones bien marcados supusieron el último escollo a salvar antes de hollar esa cima tan ansiada. Con este monte se daba por termin
ada la actividad montañera, dando paso al “turismo”, aunque antes quedaba otra actividad deportiva: el descenso en BTT de la antaño conocida como “Autopista de la Muerte”, única carretera que unía La Paz con la zona pre amazónica de las Yungas, famosa por las espectaculares imágenes en las que se veían vehículos despeñados debido a la estrechez de dicha vía. Se ha puesto de moda el descenso de esta vía, hoy en día relegada a un segundo plano debido a la construcción de otra carretera asfaltada y en mucho mejor estado que la antigua.Equipados con guantes, casco integral, y a lomos de buenas bicicletas, nos lanzamos en un desenfrenado descenso de casi 40 km. que tiene esta carretera.
Realmente espectac
ular, es una de las ofertas turísticas más éxitosas.. Quedándonos aún unos días, contratamos un tour que nos llevó por el Salar de Uyuni, Patrimonio de la Humanidad y el mayor desierto de sal de todo el mundo.
Antes de entrar al Salar, se visito el cementerio de trenes de Uyuni, donde se pretende construir un museo, dado que aquí se encuentran las primeras locomotoras
que hubo en Bolivia, o lo que queda de ellas.
Una vez dentro, el primer destino es la “Isla del Pescado” o Inka Washi (Casa del Inca en lengua aymara), la superficie de tierra más visitada del Salar, ya que aquí
crecen cactus de hasta 10m de altura.
Posteriormente ingresamos en la Reserva
Nacional de Fauna Altoandina Eduardo Avaroa, paisaje espectacular donde los haya. La presencia de volcanes como el Ollagüe (activo) y el Licáncabur, lagunas en las que anidan miles de flamencos como la Cañapa, la Hedionda, llamada así por su olor, debido al alto contenido en azufre, la Laguna Colorada, imposible de imaginar su colorido si no se ve, la Laguna Verde, deslumbrante espejo de color esmeralda.
En esta reserva también abundan los géiseres, fumarolas y aguas termales, entre los que destaca el "Sol de Mañana", prehistorico lugaren el que te paseas entre fumarolas por las que la tierra
exhala sus vapores.
Uno de los símbolos de la zona es el “Árbol de Piedra”, roca erosionada por el viento que semeja un árbol solitario en mitad de la nada.
No podíamos irnos del país sin visitar Potosí, la ciudad más rica del mundo en la época del imperio español. Esta ciudad proveyó de toneladas y toneladas de plata a España, metal que parecía no agotarse. Hoy en día en decadencia, el Cerro Rico sigue siendo lugar de extracción de minerales, aunque apenas hay plata. El cinc, el estaño y el cobre le han sustituido. La visita a las minas es obligatoria. Angostas galerías en las que debes ir agachado, aire viciado… cualquier esfuerzo físico se hace muy duro. Por suerte, el “Tío” te proteje. Se trata de una escultura del diablo, al que los mineros veneran para que les cuide. Nosotros también.
Antes de entrar al Salar, se visito el cementerio de trenes de Uyuni, donde se pretende construir un museo, dado que aquí se encuentran las primeras locomotoras
que hubo en Bolivia, o lo que queda de ellas.
Una vez dentro, el primer destino es la “Isla del Pescado” o Inka Washi (Casa del Inca en lengua aymara), la superficie de tierra más visitada del Salar, ya que aquí
crecen cactus de hasta 10m de altura.
Posteriormente ingresamos en la Reserva
En esta reserva también abundan los géiseres, fumarolas y aguas termales, entre los que destaca el "Sol de Mañana", prehistorico lugaren el que te paseas entre fumarolas por las que la tierra
Uno de los símbolos de la zona es el “Árbol de Piedra”, roca erosionada por el viento que semeja un árbol solitario en mitad de la nada.
No podíamos irnos del país sin visitar Potosí, la ciudad más rica del mundo en la época del imperio español. Esta ciudad proveyó de toneladas y toneladas de plata a España, metal que parecía no agotarse. Hoy en día en decadencia, el Cerro Rico sigue siendo lugar de extracción de minerales, aunque apenas hay plata. El cinc, el estaño y el cobre le han sustituido. La visita a las minas es obligatoria. Angostas galerías en las que debes ir agachado, aire viciado… cualquier esfuerzo físico se hace muy duro. Por suerte, el “Tío” te proteje. Se trata de una escultura del diablo, al que los mineros veneran para que les cuide. Nosotros también.
Quedan muchos lugares por descubrir en este país, pero el tiempo es limitado y no llegamos a todo. Al menos hemos arañado un poco en la superficie y hemos conocido un lugar diferente.
Ha valido la pena.


























