lunes, 4 de enero de 2010

Marruecos alrededor del atlas

La oportunidad que me ofreció un amigo para bajar a Marruecos era de las que no se podían rechazar. El simple hecho de viajar ya era suficiente. Si, además, es otra cultura, otro continente, otra forma de vida, la cosa se pone mucho mejor.
Pero la excusa del viaje era más simple: el ascenso del Jbel Ayachi (3770m), montaña poco conocida del sureste del Atlas marroquí, probablemente debido a que su altura no excede los “mágicos” 4000 metros de esta cadena.
Mejor todavía. Eso nos daría la posibilidad de visitar una zona no saturada de turismo dado que, pese al auge que está cogiendo este país como destino turístico, éste se concentra en unas zonas concretas, dejando otras de la mano de Dios, o de Alá, según se mire.
Entrando en el país por Ceuta (Sebta), nos dirigimos rápidamente hacia Midelt, ciudad próxima a nuestro objetivo, pasando de camino por las imperiales Meknes y Azrou, ciudades más modernas, asfaltadas, alumbrado en las calles…
Desde Azrou se accede al “Bosque de los Cedros”, sorprendente lugar en el que unos simpáticos monitos poco vergonzos se acercan a ver qué les cae.
Midelt, por el contrario, tenía un aspecto más desolado. Poca iluminación, calles sin asfaltar. El tiempo, lluvioso, convertía estas calles en barrizales.
Desplazándonos a la aldea de Tattiouine, base de nuestra montaña, las nubes que cubrían el cielo se abrieron para dejarnos ver el espléndido Jbel Ayachi, aunque esa bonanza climatológica sólo fue un espejismo. Al cabo de unas horas el tiempo empeoró de nuevo, dando paso a unas nevadas que dieron por zanjada la cuestión montañera. Otra vez será.

Nos alojamos con una familia de Tattiouine. Aquí la hospitalidad no es un recuerdo del pasado, es un hecho real. Nos ofrecieron su casa y su comida.
Todos en una sala, alrededor del hogar, veíamos pasar el tiempo como lo ven ellos. Las mujeres se ocupaban de las tareas del hogar, mientras que los niños jugaban y los mayores charlabamos mientras tomabamos el famoso té de menta.
Curiosamente, Marruecos es un gran importador de menta.
Para comer, “tajine” de cordero, estofado recubierto de verduras en un plato de barro. Había cubiertos, pero por aquello de integrarnos un poco más, comimos con la mano. Usamos la derecha, ya que la izquierda es “impura”. Lo malo de usar la mano, es que se hunden los dedos en un estofado bastante caliente, pero el hambre es el hambre, y no es cuestión de dejar pasar el turno…

Para cenar, algo más “ligerito”: cuscús, también con cordero. Sémola de trigo cocida con verduras con añadido de cocido de cordero. También con la mano. Y estaba recién cocido… Gran parte de la tarde estuvieron la madre y la hija mayor preparando esta cena. Mientras, nosotros jugábamos con los niños de la casa, o con los que se acercaban de otras viviendas cercanas a vernos.
Regalamos ropa, muy apreciada, dado que sus posibilidades de adquirir ropa del exterior son muy limitadas. Viven con lo poco que les da la tierra y lo que puedan cazar, lo cual, en épocas de nieve, es muy difícil.

Despidiéndonos de esta familia y de la montaña, pusimos rumbo a ver a otra familia, conocida de Gerardo, uno de los integrantes del viaje.
La carretera, convertida en pista, pasaba por grupos de casas construidas a ambos lados de la misma. De ellas salían niños y niñas al oír el motor del vehículo en el que viajábamos para vernos y pedir lo que fuera. Principalmente pedían jerseys, “tricot” en francés, o caramelos, o comida….Hacía frío y se hacía duro ver las penurias que debían de pasar estos pequeños obligados a pedir desde tan temprana edad. Algunos mayores también se acercaban e insistían en que fuéramos a sus casas. No era cuestión de hacerles el feo de decir que no. Pero íbamos a otra casa.
En esta casa nos recibieron con honores. No es una exageración. El cabeza de familia, Oudoumm, lloró de alegría al ver a su amigo. Nos instaló cómodamente alrededor del hogar, sobre un montón de alfombras, las sillas no se usan mucho en la zona de la montaña, y mató un cordero para obsequiarnos con una suculenta cena. Las mujeres apenas se dejaban ver, atareadas como estaban en la preparación de la comida.
Oudoumm es un maestro con el violín; en esta familia la tradición pasa de padres a hijos. Le regalamos un violín nuevo adquirido a nuestro paso por la imperial Meknes.
No sabía que decir, así que nos obsequió con unas maravillosas melodías tocadas con gran maestría, mientras sus hijos le acompañaban con la pandereta y con las palmas. Resultaba extraño encontrarnos en mitad de montañas prácticamente inaccesibles, con una familia en la cual sólo el hijo mayor había ido al colegio, con gente que dominara de tal forma el arte de tocar el violín.
Con pena nos despedimos de ellos, al día siguiente, para dirigirnos hacia el desierto. Pasando por las gargantas del Todra, famosas por su buena roca para escalar, nos acercamos hasta Merzhouga, destino turístico habitual, en el cual puedes efectuar recorridos en camello, pasear descalzo sobre las dunas de arena…
Desde la cima de una de estas dunas, pudimos ver una impresionante puesta de sol. Por fin el tiempo había mejorado notablemente conforme habíamos avanzado hacia el sur. Se podía incluso estar en manga corta.
El día siguiente, madrugón. Queríamos llegar a Marrakech y había que hacer muchos kms de coche y pasar varios puertos de montaña, largos y con muchas revueltas. El más alto de todos los que atraviesan el Atlas, el Tizi-n-Tichka, nos “obsequió” con un interminable descenso de casi 30 kms antes de llegar a la más espectacular e imperial de las ciudades marroquíes.
Llegamos al caer la tarde, de modo que nos metimos de lleno en el gentío que animaba la famosa plaza de Jmâa el-Fna, lugar obligado en la ciudad, en la que por primera vez en el viaje vimos otros turistas occidentales. Un paseo por el zoco y algo de regateo nos sirvió para una primera toma de contacto con esta ciudad, aunque la estancia fuera muy breve, ya que al amanecer del día siguiente partimos hacia Essaouira, en la costa.
La parte antigua de esta ciudad, junto al puerto, está dominada por la presencia de la muralla, perfectamente conservada.
La actividad en el puerto es frenética y muy interesante. Es uno de los mayores atractivos de esta ciudad, aunque hay planes para hacer de esta ciudad uno de los principales enclaves turísticos de Marruecos, con hoteles de lujo, campos de golf, actividades deportivas, centros comerciales…
Las gaviotas revoloteaban sin cesar sobre el puerto, en el cual asistes a la
subasta del pescado. Junto a él, una sucesión de puestos te ofrecen pescado fresco a la parrilla. Riquísimo aunque, eso sí, los precios hay que regatearlos.
Un paseo al atardecer por el puerto y por las murallas viendo otra magnífica puesta de sol, escuchando los aullidos de las gaviotas por hacerse con un trozo de pescado…
Como de costumbre, tocaba madrugar para, esta vez sí, emprender ya el regreso hacia el norte y coger el ferry en Ceuta.
Demasiado rápido el viaje, aunque sirvió para tomarle un poco el pulso al país y dejarnos con la miel en los labios.
Volveremos.

Incha Allah “Si Alá quiere”

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