martes, 20 de agosto de 2013

CHO OYU


                  CHO OYU, CAMINANDO ENTRE GIGANTES

Me meto en la piel de mi amigo Javier "Harri" Martin y me imagino cómo ha vivido su experiencia en la expedición en la que ha participado y cuyo objetivo era un pico de más de 8000m situado en el Tibet. Veremos cómo me "desenvuelvo" dentro de un cuerpo 50kgs más pequeño...

Dice un viejo refrán que “la oportunidad es como el fierro, se ha de machacar caliente” y por ello, cuando surgió la posibilidad de “visitar” el Himalaya para intentar la escalada de uno de los gigantes de la tierra, el Cho Oyu, de 8201m, no me lo pensé dos veces. 
La expedición la componiamos tres amigos: Josema, Arsen y yo. 
Ibamos al Cho Oyu por la vertiente tibetana china. En apenas 24 horas pasamos del bullicio occidental al bullicio de Katmandu, capital del Nepal, donde teníamos la agencia, Snowi Horizon, que se ocupaba de nuestro grupo. Varios días de tramites, papeleos, permisos de escalada, contratos, revisión del material, comida, apenas nos dejaron tiempo para tomarle el pulso a esta animada ciudad. Finalmente nos juntamos un grupo de 10 alpinistas y cruzamos la frontera china (entrabamos al Tibet, bajo ocupación china hoy en dia) en dirección a Nyalam, ciudad de paso obligado en el acceso a los gigantes de 8000m cuando se escalan desde esta vertiente. 
Aprovechamos los días de aproximación para ascender “pequeños” picos de 4000 y 5000 m de altura y asi ir aclimatando al organismo a la falta de oxigeno en estas alturas. Cinco días después de salir de Katmandu alcanzamos el campo base chino, situado a 4950m. 
Hasta aquí todo ha sido mas o menos “fácil”, pues la aproximación era en vehiculo. A partir de aquí, a pie, y tres días mas tarde alcanzamos el campo base propiamente dicho, a 5750m. Este será nuestro “hogar” durante las próximas cuatro semanas.

Ahora empieza ya lo “serio” y a estas alturas la climatología es caprichosa y muy cambiante. Lo mismo nos nieva varios días y nos deja bloqueados en un campamento, como lo mismo luce un sol espectacular. Siempre atentos a la climatología, al estado de salud de nuestro “corazón” oxigenándonos lo mas correctamente posible, hidratándonos constantemente y guardando las normas elementales de seguridad en la progresión en este tipo de terrenos , como la ultilizacion de cuerdas fijas para facilitar la progresión por terrenos mas verticales, o el encordamiento en zonas de glaciar debido al peligro de las grietas ocultas, comenzamos con la “tediosa” tarea de subir y bajar repetidamente la montaña para ir montando campamentos intermedios y depósitos de material de modo que en el momento del ataque definitivo a la conquista de la cumbre la ascensión pueda ser lo mas rápida posible. Este “subir y bajar” de la montaña montando campamentos nos permite, aparte de conocer y familiarizarnos con el recorrido, forzar a nuestro cuerpo a trabajar cada vez con menos cantidad de oxigeno y ayudarnos en la aclimatación. No hay que olvidar que a 8000 m de altura la cantidad de oxigeno no llega al 20% de la que disponemos a nivel del mar. Y esta es la sexta montaña mas alta de la tierra…
Los campamentos de altura y depósitos de material se situan a 6400 (C1) y a 7200 (C2) y de ahí a la cumbre, y a 6700 un deposito de material. 
Llevamos ya varios días asediando la montaña y hoy subimos al C2, pero unas molestias físicas que arrastro desde hace tiempo me obligan a tomar una decisión dolorosa una vez llegado hasta este punto: debo retirarme. Problemas de respiración, problemas físicos en el diafragma en la boca del estomago son motivos mas que de sobra para decidir bajar. Aquí, en el C2, 1000m por debajo de la cumbre, y teniendo en cuenta el esfuerzo que nos ha costado llegar hasta aquí, somos conscientes del descomunal tamaño de estas montañas o, mejor dicho, de nuestra propia pequeñez frente a ellas.
"No respiro bien, queda mucho tute y me voy para abajo con pena"
Montañas a las cuales no se puede subir sin una gran determinación y la aceptación del sufrimiento que conlleva el esfuerzo requerido. Pero, por mucha motivación y capacidad de sufrimiento que se tenga, la experiencia adquirida durante muchos años me permite decir adiós a este sueño sabiendo que tomo la decisión correcta, pues un “pequeño” problema respiratorio aquí, o un “pequeño” problema físico, pueden agravarse muy fácilmente a mas altura, y ninguna montaña vale una vida. A partir del C2, a esa altura se le conoce como “Zona de la Muerte”. Aquí no se sobrevive, aquí simplemente no se puede vivir de modo continuo.
Los movimientos se ralentizan al maximo, cualquier minimo esfuerzo se convierte en un gran esfuerzo, cualquier pequeño problema se convierte en un gran problema. Sentirse “a gusto” aquí es difícil, sentirse “bien”, imposible. Entonces… ¿por qué se sube? Aquí es donde ese afán de superación hace su aparición; donde sentimos como si de una droga se tratara esa “necesidad” de dar un paso mas hacia la cumbre. Uno no escala por vanidad, por decir “yo hice aquello” o “yo subi allí”, no lo hace por sentirse mas importante o por creerse mejor o mas valiente que los demás, lo hace porque el cuerpo y la mente lo piden. Lo hace porque en esos momentos de esfuerzo máximo, en esos momentos de pequeñez frente a la inmensidad de la montaña uno es capaz de conocerse mejor, es capaz de aprender, sobre todo a ser consciente del valor de la toma de decisiones vitales, a arrostrar las consecuencias de esas decisiones. Es como una “escuela de la vida”. 
Dos días mas tarde mis compañeros deciden darse también la vuelta pues la montaña no se muestra
especialmente “receptiva” aun con los primeros montañeros de la temporada y opone demasiadas dificultades como para subirla y bajarla con un minimo de garantías. No se puede subir una montaña asi con las manos en los bolsillos, y tampoco buscábamos eso, pero no nos apetece tampoco arriesgarnos en enormes laderas sembradas de infinidad y ocultas grietas dispuestas a engullirnos sin previo aviso. Quizas sea demasiado pronto en la temporada, o quizás se hayan demorado un poco otras expediciones con guias o con sherpas de altura, conocedores del itinerario, lo cual facilitaría enormemente la escension, haciéndole ganar en seguridad. Nos sentimos contentos por la actividad realizada.
Una nueva cordillera, un nuevo país, un nuevo continente pero, sobre todo, una nueva experiencia vital, nuevas gentes que con su esfuerzo y simpatía hicieron mas grata nuestra estancia en aquella situación y, sobre todo, tres amistades forjadas en las laderas de este gigante himalayico, el Cho Oyu, la Diosa Turquesa.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Una escalada solitaria. Taillon (3144m) Arista N.O.





Un hombre frente a una montaña.

Solo.


Únicamente una motivación especial puede hacer que alguien decida hacer escalada o alpinismo, sea éste más o menos difícil, sin la compañía de otra persona... o de una cuerda con la que asegurarse en los pasos comprometidos.


A veces buscamos el decir "yo hice eso o aquello", pura vanidad sin más, otras veces, las más, por fortuna, buscamos probarnos a nosotros mismos. Tomar la decisión de "probarse" de ese modo, sin compañía, pensando que somos invulnerables, nos hace un poco más cretinos; demuestra lo ignorantes e inconscientes que somos y, lejos de servirnos de prueba de nuestro valor, nos acerca un poco más a las puertas custodiadas por San Pedro. Hay que enfrentarse a estas acciones "descabelladas", según los desconocedores de la montaña o según quienes no aceptan que otros piensen distinto a ellos aun cuando esas decisiones han sido tomadas cautamente, con valor, pero no envalentonados; sin miedo, pero no temerariamente, con respeto por lo que tenemos delante, siendo conscientes de lo que nos vamos a jugar. Según el alpinista Reinhold Messner, "solamente si el hombre sabe que la muerte es parte de la propia vida puede realmente jugar con ella". No se trata de arriesgar la vida sin más, al tuntún; en este caso había escalado con anterioridad esa vía en tres ocasiones, de las cuales las dos últimas veces no había usado la cuerda, no por temeridad sino porque confiaba en mí y mis posibilidades y sabía lo que hacía.


Aún sin ser una ascensión difícil, una caída hubiera tenido muy facilmente consecuencias nefastas. En este caso se trataba de afrontar esa posibilidad, superar los obstáculos que se presentaran, sin tener nadie que me ayudara, encontrar el itinerario yo solo; forzar aún más la obligación de la toma de decisiones y afrontar las consecuencias que de ellas se derivaran. También estaba, por supuesto, el disfrute íntimo de esa confrontación, ese anhelo de adrenalina que una vez has probado tu cuerpo pide con cierta regularidad.


La noche ha sido rasa y el día ha amanecido despejado. El sol todavía no ha alcanzado el parking del Collado de Tiendas y se nota fresquito dentro de la furgoneta. Cuando llegué a medianoche la altiva silueta de la cara norte del Taillón y su arista N.O. se recortaban nítidamente contra el cielo estrellado, pero su imagen no me ha atormentado para nada durante la noche. Es más, ha sido una de las mejores noches de los últimos meses.


Un pequeño deseo de gandulear y bajarme a desayunar a Luz un chocolate y unos curasanes merodean peligrosamente por mi aún adormecido cerebro, pero la razón se pone sus galones rápidamente y comienza a adueñarse de mis actos. Un rápido repaso a los pros y contras de esta actividad montañera y decido seguir adelante. Me siento bien, animado, motivado, y me levanto sin más demora de la cama. Los músculos, rígidos aún, rechinan un poco: "más os vale, amiguitos, calentaros enseguida porque comienza lo bueno... ya!". Miro hacia la pared y veo unas rayitas blancas. Debe de ser la nieve que ha caído esta semana. Poca cosa. No supondrá ninguna dificultad añadida.


Con algo de bollería en la boca me lanzo por el tramo de carretera que llega hasta el Collado de Bujaruelo. Esta carretera formó parte de un incierto proyecto entre Francia y España para unir el Pirineo norte con el sur atravesando esta zona. La carretera española se quedó en el puente de los Navarros y, como mucho, se construyó una pista hasta San Nicolás de Bujaruelo, mil metros más abajo que este collado al cual estoy llegando ya. Francia devolvió años después la pelota dejando inacabada la conexión Benasque - Luchon con una carretera del lado español que termina algo más adelante del Plan de Senarta, en mitad de ninguna parte (o en mitad de una zona extremadamente bonita como es el valle de Benasque en su casi totalidad).


Estamos en septiembre y se nota ya el frescor matinal a esta altura. Pero eso no amedrenta a toda la gente que está llegando al parking y empieza su ascension hacia cualquiera de las cumbres que rodean este paisaje.


Dejo atrás el col de Bujaruelo y empiezo a ganar altura por el sendero que lleva al refugio de Sarradets y la Brecha de Roland. Enseguida me desvío a la derecha y asciendo por la pedrera que baja de la cascada que se forma donde desagua el glaciar de los Gabietos, tresmil situado al oeste del Taillon y que cierra en esta vertiente el ramillete de cumbres de más de tresmil metros de la zona de Gavarnie. Aquí la inmensa mole de la cara norte del Taillon se hace omnipresente, y la sensación de verticalidad se acentúa al tener la perspectiva desde la misma base de la montaña hacia arriba. Pero como ya conozco lo que me espera no me preocupo.





Observo que hay gente más arriba que yo, llegando al comienzo de la escalada y me entran las prisas. No me agradaria escalar por debajo de ellos, por el peligro objetivo de las caidas de piedras, pero tampoco me gustaria porque al seguirlos tendria la sensacion de que me hubieran mostrado el camino a seguir y me hubieran "facilitado" esta ascensión. No es que tengas mucha opción de pérdida; se trata de seguir el filo de la arista N.O. pero hay veces en que debes cambiar un poco de vertiente, hacia las goulottes de la cara oeste y luego recuperar el filo. No es complicado pero más vale no equivocarse porque te metes entonces en un terreno muy roto y vertical, peligroso donde no se puede asegurar al estar toda la roca descompuesta y donde cada paso es una lotería para que aguante tu peso.





No me dura mucho esta pequeña decepción pues la empinada pendiente hace que resople como un búfalo tratando de mantener este ritmo tan vivo que me he impuesto. Y tampoco se trata de desfondarse antes de la escalada pero es que cuando me pongo terco... me pongo. Alcanzo rápidamente la base de la cascada inicial. Son seis franceses. Apenas un saludo y cada uno nos ponemos a lo nuestro. Nos vestimos todos con casco. Muy importante y más aún en este terreno.


Ellos entran directamente desde debajo de la cascada lo que me desconcierta un poco pues desconozco la existencia de otro "camino" por ahí. Yo me tiro por el mio conocido, que arranca tras cruzar el arroyo unos cincuenta metros más abajo. Trataré de adelantarles antes de llegar al glaciar y ahí tomar la cabeza de la escalada, por los motivos anteriormente descritos. A ratos les oigo unos metros a mi derecha, algo más arriba que yo, pero más rápido ya no puedo ir. No es tampoco una carrera y hay que disfrutar de lo que se está haciendo, aparte de poner toda mi atención porque aunque no estoy muy alto aún el vacio se abre ya a mi espalda, las presas de pies y manos más diminutas de lo deseable en algunas ocasiones y la caida sería limpia hasta la base de estas paredes. Conforme empieza a aparecer la lengua final del glaciar de Gabietos frente a mí veo de reojo que el otro grupo se asoma ya a mi altura. Un saludo de complicidad con la cabeza y sigo mi camino. Desearía parar un poco a recuperar el aire, pero si ellos no lo hacen yo tampoco que luego me toca ir a rebufo. Por fin se paran y yo lo hago unos metros más arriba. Bebo algo y me quito la ropa sobrante. Frío no hace pero al estar en sombra durante toda la ascensión la temperatura se vuelve fresquita y se nota cualquier ráfaga de aire. Me coloco la mochila y me giro para seguir. Oigo que uno de ellos le indica a otro compañero que me he puesto en marcha, quizas tampoco quieren ir a rebufo pero como son seis la ascensión será algo más lenta para ellos. Pego un pequeño acelerón por esta morrena lateral, inclinada, hasta alcanzar las primeras piedras donde se yergue la arista. Las encaro con ánimo y energía y como ya las recuerdo de las veces anteriores rápidamente me elevo por ellas. Algunos mojones ocasionales facilitan la búsqueda del itinerario. A la izquierda se va abriendo poco a poco la cara norte, magnífica escalada invernal que en esta época presenta un desolado aspecto de desierto pedregoso. No por ello el paisaje ni el ambiente dejan de ser magníficos, grandiosos. De vez en cuando echo la vista hacia atrás, localizando a los franceses. Hubiera podido bajar el ritmo, esperarles y unirme a ellos. No creo que se hubieran opuesto. En estas ascensiones puede ser relativamente fácil que te acepten sobre todo si ven que te desenvuelves bien en la escalada y no vas a retrasarles. Yo me veo bien, pero unirme a ese grupo me privaría del placer de la lucha en soledad. ¿Soledad? Mejor dicho, en solitario; y aún y todo porque la presencia del grupo, pese a la distancia que nos separa, me da una cierta seguridad que "suaviza" la tensión que llevo y me facilita la decisión de atacar un resalte tras otro. Por ahora la trepada es sencilla, tumbada, apenas hay sorpresas. Llego a la primera de las dificultades. Debo elevarme unos metros por una placa con pocas presas para luego entrar en una mini chimenea no muy complicada. El primer problema lo tengo en que debo elevarme a la placa levantando mucho la pierna y uno no es de goma. Alcanzo la placa y en una postura un tanto cheposa, con el trasero muy salido hacia afuera y algo tumbado busco las pequeñas presas para los dedos mientras confío en la adherencia de las suelas sobre la rugosa superficie de la roca. Ya en la chimenea me relajo un poco, pero sólo un poco. Hay buenas presas para pies y manos. La supero sin mucha complicación y busco con la mirada a los franceses, a quienes no escucho desde hace un rato. Ni les veo ni les oigo. Yo sigo a lo mío. Superado este primer obstáculo mi moral sube un poquito. Sabía que podía hacerlo, pero me veo ya bastante arriba en la pared, solo, y como eso es algo nuevo para mí y lo estoy sobrellevando bastante bien pues como que me alegro por ello. Aún me queda la dificultad mayor de esta ascensión, una placa bastante empinada en la que debes fiarte de tí y un corredor de III sup. que tiene su "cosilla". De vez en cuando paro a respirar y a disfrutar. Bebo y como alguna chuchería que llevo en los bolsillos. Hay que alimentar también al ánimo. El sol no da aún, aunque tampoco lo hará en todo el día. Esta cara es demasiado sombría incluso a finales del verano. Si acaso en la parte superior puede que toque algo pero aquí no hay el más mínimo rastro de sus cálidos rayos. Oigo ya a los del otro grupo de modo que no me demoro más. Me lo estoy pasando bien buscando el camino y cambiando de vez en cuando de vertiente, cambiando las vistas de la norte a la oeste, del Marboré al este a los Gabietos al oeste. En pocos minutos alcanzo la placa que precede a la chimenea clave de esta ascensión. Puedo decidir por la izquierda, siguiendo un pequeña vira muy inclinada y de adherecia que recorre la placa o bien optar por la parte derecha, algo más vertical pero con pequeñas presas que no te obligan a confiar exclusivamente en las cualidades de tus suelas. Opto por la derecha. Trepo cómodo por ella, una zancada más y... ya estoy en la repisa de la chimenea. Las anteriores veces necesité la ayuda de mis compañeros para meterme en ella pues habia que levantar mucho mucho la pierna y siempre había un par de manos amables que me empujaban del trasero. Esta vez no hay ninguna mano presta a auxiliarme. En todo caso los franceses que, no sé cómo lo han hecho tan rápido, están llegando ya a las placas a escasos metros de mí. Me agarro firmemente y en estilo bavaresa me elevo hasta la entrada del corredor. Unos kilitos menos en mi cuerpo no hubieran venido nada mal. Casi me dejo las primeras falanges de los dedos. ¡Cuánto peso! Hay unos restos de nieve que mojan mis suelas; no me hace gracia. Pero no hay más opción pues llegado a este punto la única salida "sencilla" se me presenta por arriba. Sé que he pasado anteriormente esta chimenea sin utilizar la cuerda por lo que hoy también debería poder hacerlo. Aquí es donde se nota el peso de ir solo. Este momento es el que estaba buscando en esta escalada. Me concentro y voy ganando altura poco a poco, empotrando el puño o el pie, según convenga, o usando la técnica en oposición, tirando a veces de manos más de lo necesario pero ganado altura a buen ritmo. Alcanzo la salida del corredor, un embudo de piedra rota que al pisar cae hacia abajo. Doy un grito y advierto a los franceses. Ya he pasado lo más difícil, ahora debería poder quitarme algo de tensión, pero sólo algo, pues la atención debe ser máxima hasta salir por arriba puesto que aún quedan algunas trepadas y luego la empinada roca rota de la cumbre. Un cambio más de vertiente y en este caso observo que, en caso necesario, por aquí podría uno retirarse de esta escalada, bajando por el corredor de piedra que cae hacia el glaciar de Gabietos varios cientos de metros más abajo. No parece complicado aunque requeriría una buena dosis de paciencia y atención. Pero yo miro hacia arriba, siempre hacia arriba. Me deleito en este tramo de escalada. Conforme avanza la mañana me siento más agil y me voy metiendo más aún si cabe en la escalada. Aquí busco unos pasos un poco más complicados aprovechando que la roca está muy bien. Al alcanzar de nuevo el filo y salir hacia la vertiente norte la montaña me guarda una sorpresa. Los pequeños restos de nieve que veía como insignificantes manchas blancas a la mañana resulta que ni son tan pequeños ni me lo van a poner tan fácil. En cierto modo agradezco estar solo pues solamente deberé preocuparme por mí. Aunque fuera con otro compañero experimentado seguiría preocupándome por él también, de modo que me concentraré en mi ruta a seguir, buscando los mejores y más seguros pasos. Por de pronto me veo en una repisa nevada, con caida al vacío, por supuesto, si no no sería entretenido, tratando de pasar al otro lado de una roca que la interrumpe a medio recorrido. Con cuidado y tensión me aferro a otra roca que queda por encima de la repisa, confiando en no caer pues aqui no llegas a saber qué está suelto y qué no. Y esta roca no es una piedrecilla precisamente. Y ya estoy alto en la pared, unos cuatrocientos metros hasta su base... contengo la respiración y me muevo suavemente. Por detrás oigo voces pero no les presto atención. Que se apañen ellos como puedan que bastante tengo con no caerme yo. Por fin me agarro a una roca enorme que está bien soldada a la montaña y por la que puedo ganar altura y salir de este tramo nevado. Esta nieve inconsistente y las piedrecillas tan rotas no dan ninguna seguridad, pero no hay otro camino por el que pasar. Busco lo más limpio, los resaltes en los que puedo trepar sin tener que fiarme de la pedrera suelta. Sigo ganando altura y ya intuyo que queda poco. Los Gabietos quedan ahora más bajos que yo y el sol no anda lejos. Ya estoy un poco cansado de este último tramo. No es entretenido, si acaso molesto, pero es paso obligado. Veo una placa en memoria de alguien, ahora sí que ya estoy arriba. Los últimos metros los hago con uno de los franceses, el mayor de su grupo, de unos sesenta años. Comentamos un poco lo de la nieve del final, que nos ha pillado a todos por sorpresa. Es la primera vez que venían por aquí. Yo le digo que es mi cuarta vez en esta vía, no piense que soy un inconsciente, aunque realmente lo que los demás piensen no me preocupa en demasía, sobre todo si no les conozco. Los rayos del sol ya bañan mi rostro y comienzo a sentir una agradable sensación de bienestar. Me quito el casco, por fin, y me deleito con este paisaje ya familiar pero que no me canso de ver. Llegan el resto de franceses y tiendo la mano a alguno de ellos para felicitarle por la escalada. Están contentos. Yo, también. Me he quedado a gusto. Hay gente que ha llegado por la vía normal, y se ve que aún está subiendo mucha más. Parece como si a alguien se le hubiera roto una bolsa de Lacasitos y los hubiera dejado caídos por el sendero desde la Brecha de Roland. Multitud de puntitos de los más variados colores adornan el sendero que he de tomar para la bajada.


Me despido del francés con quien he compartido los últimos metros de ascensión y comienzo, feliz, el descenso. Bajo con cuidado de no resbalar en la piedra suelta. Alcanzo la falsa Brecha y, oh sorpresa, tiene un tramo empinado de unos cuatro metros completamente helado. Este tramo se inclina peligrosamente hacia el glaciar de la Brecha. Aprovecho una pequeñas piedrecillas que sobresalen de la helada superficie y que me agarran la bota. Superado este paso y ya rodeado el Dedo respiro más aliviado, no creo que quede ya ninguna sorpresa más. En todo caso la bajada de la Brecha por el nevero perenne de nieve dura que es el último vestigio de lo que en otras épocas fuera un glaciar más severo podria obligarnos a sacar un poquito más de tensión, pero poca. Alcanzo la Brecha de Roland, paso mítico de estos pirineos centrales que, según cuenta la leyenda, fue producida por Rolando, sobrino de Carlomagno, quien tras ser derrotado en la batalla de Roncesvalles huyó hasta aquí y, al verse acorralado por sus perseguidores, arrojó contra la pared su espada, Durandall, para romperla y que no cayera en manos infieles y provocó la brecha en la montaña. Llego al nevero, con nieve dura como de costumbre y bajo con cuidado, especialmente al cruzarme con otras personas. He sacado el bastón para la bajada y aquí también lo uso como apoyo. Una vez pasado el nevero me lanzo cuesta a bajo hacia el refugio y en pocos minutos lo alcanzo. Hay multitud de gente alrededor de él y no pierdo ni un minuto. Lo paso de largo y sigo cruzandome con el inacabable goteo de gente que en los dias buenos de verano recorren este sendero. Cruzo el paso de las cadenas y dejo a mi derecha el desvío que baja directo a Gavarnie pueblo. A gusto lo tomaría, pero luego debería subir a recoger la furgoneta que está aquí arriba por lo que me olvido de esa idea. Otro día... tal vez.






Recorro el sendero que me lleva de regreso al parking. Dejadas atrás las aglomeraciones del refugio y del paso de las cadenas me cruzo ahora de vez en cuando con gente que sube hacia quién sabe dónde, a la búsqueda de sus deseos. He efectuado una interesante actividad, debería estar contento pero tanto anhelo de enfrentarme a solas con la montaña, con mis temores, hace que en estos momentos me sienta solo y eche de menos la compañía de alguien cercano con quien compartir esto que acabo de hacer, sencillo sin duda para mucha gente pero más que satisfactorio para alguien de mi nivel.


Al pasar bajo la cara norte y acercarme bajo la vertical de la arista vuelvo a recordar brevemente los momentos vividos hace unas horas y la sonrisa que se me dibuja en la cara es la compañía que me busco hasta llegar al parking.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Mulhacén


Tú, montaña gigante del sur de la península, te enfadaste con nosotros sin haberte hecho ofender y nos privaste no sólo de tu cima sino de tu propia visión.

Dos días después, arrepentida, relajada tras el desahogo de tus tormentas, permitiste a estas tres personas conocedoras de su propia pequeñez frente a gigantes como tú y tus hermanas menores hollar ese punto cercano al cielo, ese punto anhelado durante meses, tan accesible unas veces y otras, en cambio, tan imposible bajo tu enfurecido carácter.

Nuestro esfuerzo y cansancio fueron el pago por caminar en tus laderas, por conocer tu secreto: esa hermosa vista desde tu cima, abarcando desde Cazorla hasta el Atlas, desde Málaga hasta Jaén, desde el cielo hasta el mar... La bella Vereda de la Estrella se presentaba postrada a nuestros pies, caminito a la laguna de La Mosca y de La Caldera. El Corral del Veleta, negando la entrada de los rayos del sol, celoso guardián de unos pocos y tercos neveros tardíos, nos ofrecía un caos de piedra y aridez en mitad de la salvaje belleza de este maravilloso paraje, herencia del reino Andalusí, escenario de la historia, cuna de gentes recias con carácteres forjados en sus valles y lomas, en sus fríos inviernos, en sus calurosos veranos.

Contentos, dejamos todo tal y como lo encontramos, con la única excepción de nuestros alientos que quedaron en ese aire tan puro y el recuerdo del alegre resonar de nuestras voces en tu cumbre, con el agradecimiento de quienes nos hemos acercado a tí con la reverencia y el respeto que te mereces.

Por todo ello, gracias montaña.


sábado, 15 de mayo de 2010

ADIOS, BOLIVIA 2008



Conocedor de la tristeza del adiós

permití que las alas de la ilusión

me acunaran en su regazo

durante unos días.

 

Ocultas de las miradas ajenas

quedaban las alegrías apagadas

escondidas en el fondo del corazón.

 

Pronto llegaría el mañana

con un nuevo amanecer.

Resurgiría de las cenizas

cual Ave Fénix la ilusión en mi ser.


 

martes, 20 de abril de 2010

BOLIVIA 97 "Un viaje iniciático"

Cuando el 2 de junio de 1997 me encontré sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto de El Alto, en Bolivia, a 4000 m de altura, no era aún consciente del lugar en el que me encontraba: Los Andes. Un mundo diferente, con montañas de hasta 6000 metros, enormes conos recubiertos de merengue de un blanco cegador.

Y es que tres semanas antes aún no había decidido dónde pasar mi mes de vacaciones. El azar quiso que conociera a un gallego y dos malagueños que partían hacia allá y decidí apuntarme a esta aventura. El poder admirar en directo esas preciosas, y terribles, moles de hielo y roca, el cruzar "el charco" por primera vez, poder conocer otra forma de ver y entender la vida... eran motivos demasiado tentadores como para no tenerlos en cuenta. Y allí que nos fuimos!
Todo es distinto: los colores, tan vivos; el olor, desagradable en muchos casos, la prisa, no existe; la paciencia, infinita.
Era como pasar del mundo "en color" de occidente al "blanco y negro" de sudamerica.
Pero creo que quienes hemos estado allí preferimos ese mundo de grandes contrastes:
El bullicio de las calles, la tranquilidad de sus gentes; su pobreza material, su riqueza espiritual; lenguas como el quechua y el aymara entremezclándose y conviviendo con el español sin menospreciarse las unas a las otras.
Unas líneas escritas en un mural en el Museo Nacional de Arqueología de Tiwanaku bastan para entender en gran manera este mundo:
"Mientras la cultura occidental se desarrolla a la velocidad del galope del caballo, el mundo andino estructura su pensamiento al paso de la llama, animal que fue domesticado para caminar al paso del hombre."
Durante ese mes de junio visitamos varios macizos montañosos (Huayna Potosí, Illimani, Condoriri) en los cuales pudimos comprobar el descomunal tamaño de estas montañas o, mejor dicho, nuestra propia pequeñez frente a ellas. Montañas a las cuales no se puede subir sin una gran determinación y la aceptación del sufrimiento que conlleva el esfuerzo requerido.
Especial recuerdo guardo de los niños del pueblo de Una, en las laderas del Illimani, con quienes pude disfrutar de una de mis mejores tardes de futbol, volviéndome a sentir niño al jugar con ellos.
Cerca de La Paz se pueden admirar las ruinas arqueológicas de Tiwanaku, consideradas como la cultura más importante del período precolombino en territorio boliviano. En el transcurso de dos milenios logró grandes avances en la ciencia, técnicas de cultivo y en el arte, especialmente en el manejo de materiales líticos.
No hay que olvidarse de La Paz. Toda ella es una enorme cuesta: para arriba y para abajo. No en vano está situada en una hondonada (en cuesta, claro). Las laderas que suben hacia El Alto se hallan abarrotadas de chabolas de gente que ha intentado salir de la pobreza de sus pueblos probando suerte en la capital, pero eso es un sueño difícilmente alcanzable. Con casi dos millones de habitantes, LaPaz poseía un millón de puestos de venta ambulante. Ciertas calles eran un hervidero de gente y un escaparate de esta capital: calles colapsadas por los tenderetes, cholitas con su pollera y su sombrero bombín, escolares pulcramente uniformados que contrastaban con otros niños menos afortunados, sucios, con ropas viejas, mirada triste, obligados a trabajar o mendigar para tener algo con qué comprar la comida del día, mercaderes anunciando a gritos sus productos, cláxones sonando sin parar... Y todo ello en una perfecta armonia, imposible de conseguir en otro lugar que no sea allí.
Tras unas semanas en las desérticas tierras de la zona circundante de La Paz nos acercamos a la zona pre amazónica de las Yungas, donde pudimos visitar la ciudad de Coroico, a la cual accedimos a través de la tristemente célebre "Autopista de la Muerte", carril de montaña excavado en unas verticales laderas sobre precipicios, frecuentemente visto en fotografías por los espectaculares accidentes que allí se producen.
Después de tantos días disfrutando de un tiempo soleado, sin nubes, caluroso al sol pero fresco a la sombra, agradecí el encontrarme con una meteorología mas "familiar": al pasar de los casi 4000 metros de La Paz a los 1500 de las Yungas, el cielo se cubrió de nubes y nos obsequió con un xirimiri digno de Euskadi. El paisaje también cambió: pasó de ser desértico, sin apenas vegetación, a convertirse en una alfombra verde que tapizaba las laderas de las montañas. Algo lógico, dado que nos acercábamos hacia la selva. Durante unas horas me setínuevamente en casa, los colores y olores eran tan familiares...
Un mes pasa rápido cuando no paras de descubrir cosas y muchos lugares se nos quedaron apuntados en la lista para volver y conocerlos. Bolivia es demasiado grande, demasiado variada como para pretender conocerla en un mes, o en dos. Pretender hacerlo en ese corto período de tiempo sería como arañar tan sólo la superficie de este país tan diverso que se merece más tiempo, pero eso es precisamente lo que nos falta en occidente.
Cuando despegó el avión que me traía de vuelta a casa y ví pasar los Andes debajo de mí, supe que algún día volvería.
Me había enamorado de ese país, de esas montañas, de esas gentes que me habían recibido con los brazos abiertos y que tan bien me habían tratado.

sábado, 17 de abril de 2010

EL ESCENARIO

Cayó el telón y las luces se apagaron.

Todo quedó sumido en la oscuridad. El escenario quedó vacio. Los ecos de los últimos pasos resonaron unos instantes y, después, la nada. Esta inundó todo el ambiente como si de un escalofrío sepulcral se tratara.

Donde antes había risas y aplausos, ahora sólo había silencio y quietud.

VACIO. Palabra de tal magnitud y amplitud que daba miedo con sólo nombrarla.

El escenario debería contentarse con los recuerdos agradables y felices de las actuaciones que en él se habían celebrado, con mayor o menor éxito, mientras aguardaba de nuevo la luminosidad de los focos, el calor del público y el resonar de los pasos sobre sus tablas.

Saber que era de nuevo el elegido, el mejor para una representación; tal vez, con suerte, la misma de la noche que acababa de abrazarlo, de hacerle sentir especial, el mejor escenario que se podía imaginar.

Tenía algún desperfecto y parecía que se podía utilizar sin problemas, pero era necesario un arreglo, pequeño en apariencia, para poder repetir esta última actuación.

Un arreglo, obra de magnitudes tan importantes, pese a ser poco visibles, que necesitaría mucho tiempo para realizarse, si es que se podía llevar a cabo algún día.

Mientras, debería resignarse a la oscuridad, al silencio, a la ausencia de la alegría que provocaba en los espectadores y los artistas, a la soledad; en definitiva, al VACIO.

domingo, 4 de abril de 2010

PEÑA TELERA (2764m)

Siendo uno joven y estando lleno de la energía propia de la juventud, y hallándose localizado sobre la península un magnífico anticiclón, el acto voluntario de salir a la montaña se convierte en algo casi obligatorio e inexcusable. Por ello voy a aprovechar la ocasión y darme un homenaje, porque sí, porque me apetece. Voy a disfrutar de una montaña poco visitada habitualmente en período estival, y voy a ir por una vertiente no habitual, lo que la hace más solitaria aún, si cabe, por lo que los senderos estarán menos marcados y deberé esforzarme un poco más en encontrarlos. Además, la vía normal, conla que comparte la última hora de recorrido, comporta algunos pasos aéreos y de escalada sencilla que darán un poco de emoción al asunto. Y además me doy el gustazo de ir solito... En el mes de junio los días son suficientemente largos como para plantearse hacer una salida a Pirineos en el día. No madrugo mucho. Las cinco me parece una buena hora para salir. Camino a Jaca llevo a cabo la obligada parada en la panadería del desvío a Fago. Una cuña de queso del Roncal, chorizo de jabalí y una hogaza de pan casero serán buenos compañeros para el estupendo día que se prevée. Puente la Reina de Jaca, Jaca, Biescas son pueblos que van quedando atrás mientras mi coche devora suavemente los kilómetros aunque ahora, en las primeras rampas hacia el Portalet el motor se fuerza un poco más y el ruido que hace ahoga algo la música que llevo en la radio. Pocos kilómetros después de Biescas al desvío hacia Aso de Sobremonte hace su aparición y me obliga a girar a la izquierda, para coger una estrecha carretera de curvas cerradas, en una de las cuales tomo una pista que sale a la derecha y que en cincuenta metros se corta con una cadena. Una vez aparcado el coche, vestido de romano y con la mochila bien llena, incluido el libro de Miguel Angulo, 1000 ascensiones a los Pirineos, del cual no he sacado fotocopia y debo llevarlo entero, me mentalizo para los ocho kilómetros de pista que tengo por delante antes de enfrentarme con la montaña propiamente dicha. Esta pista discurre tranquilamente y sin apenas inclinación por la mitad de un espeso bosque hasta los pastos del Barranco del Puerto, en la vertiente sur de la montaña. Aquí el valle se abre, amplio, y apenas sin arbolado. Se trata de un contraste tan grande el pasar de la espesura del bosque cerrado a la desnudez del pasto de altura como de la sombra reinante en este bosque al cegador resplandor del sol en la desnudez del valle abierto. Aquí, un pequeño refugio de pastores se presenta como la única construcción visible, si bien no desentona en absoluto con el entorno. Según la guía en este punto debería dejar la pista que he seguido hasta ahora y dirigirme hacia una pequeña arboleda al pie de una muralla calcárea, la cual rodea la vertiente sur de la Peña Blanca, donde debería encontrar un paso consistente en un curioso tunel natural, pero no lo veo desde donde estoy y no sé dónde buscarlo exactamente. Afortunadamente del interior del refugio llega algo de ruido por lo que imagino que habrá en él alguien a quien poder preguntar. Me acerco y no llego a la puerta cuando del interior del edificio sale un pastor que ha pernoctado aquí. Boina, pantalón de mahón y camisa de cuadros visten aeste hombre de la montaña, de rostro arrugado, forjado duramente bajo el clima pirenaico. Le pregunto por la cueva y me señala un sendero apenas visible entre la hierba que nace detrás mismo del refugio y se dirije hacia el bosque que está un poco más arriba. "No tienes pérdida". Le doy las gracias y me encamino hacia donde me ha indicado. Me meto entre los árboles encontrando apenas sin dificultad el paso a medida que gano algo de altura y me acerco hacia la rocosa pared. Al salir de los árboles intuyo un agujero, una abertura en la blanca pared, de unos cinco metros de ancho por dos de altura, aunque en su interior la altura desciende hasta obligarme a manchar las rodilleras de mis pantalones. Me encuentro en la Cueva del Forato. Una vez superado este estrechamiento me hallo en una especie de sala circular cuyo techo es el cielo. una sencilla trepada de unos tres metros me deposita nuevamente bajo los rayos del sol, que a esa hora ya comienzan a calentar. Asciendo entre una vegetación muy espinosa que alfombra toda esta parte de la montaña durante unos cien metros. Bastante incómodo pero se pasa bien. Me oriento guiándome por una punta rocosa, la Peña de Cochaldo. Según me acerco a ella observo un paisaje peculiar. Una espectacular y curiosa brecha de rocas desgajadas de la pared da paso a una cuenca herbosa elevada, en la que un abrevadero es el único vestigio de presencia humana en esta zona. Un apequeña barrera rocosa cierra este escondido lugar. La supero sin problema y continuo por una cresta herbosa. La reluciente piedra caliza ha sustituido todo vestigio de vegetación con su omnipresencia. Un lapiaz se extiende durante una franje de unos trescientos metros, al pies de la brecha denominada Forca de Cachivirizas. Voy saltando las pequeñas grietillas de no más de veinte centímetros de ancho que se han formado durante siglos debido a la acción del agua sobre la roca calcárea. De vez en cuando me topo con alguna que otra grieta un poco más ancha y que alcanza hasta los dos metros de profundidad. No me gustaría torcerme un tobillo en este terreno, aparte de que la soledad en que me encuentro no e sla mejor compañera en caso de accidente, pero como esta situación de "aislamiento" es voluntaria, me atengo a las consecuencias. Otra batallita más para contar en caso de "lesión". Pero supero sin problemas las sencillas dificultades que opone este lapiaz y me enfrento con la pedregosa pendiente que defiende el acceso al collado, de unos cien metros de alto, que se me atraganta un poco pero con paciencia la supero. Al llegar a lo alto de este tramo se abre ante mí un paisaje maravillosos. La muralla de Peña Telera domina desde más de setecientos metros de altura un ancho valle suspendido, cubierto de pastos de altitud, y recorrido por una pista de tierra que serpentea por él durante unos quince kilómetros. Las primeras cumbres pirenaicas que superan la "mágica" cifra de los tres mil metros se muestran altivas ante mis ojos. En este punto enlazo con la subida que viene desde Piedrafita. A mis pies se halla el corredor de Cachivirizas, penosa canal de derrubios que en verano sólo se puede subir si se está armado de mucha paciencia. El sendero que he de recorrer ahora es un vertiginosos paso de unos cuarenta centímetros de ancho sobre una distancia de cien metros, que recorre la parte superior de los corredores Central, Elena y Collado, vertiginosos pasillos verticales de hielo muy codiciados en invierno por los alpinistas. También en invierno el paso de Cachivarizas, por donde estoy cruzando ahora con un poco de cuidado, sin correr pero también sin eternizarme, suele ser regularmente recordado en los noticiarios porque se trata de una travesía extremadamente delicad ay expuesta, difícil de asegurar, en la que una caída suele terminar casi irremediablemente varios cientos de metros más abajo. Y no son infrecuentes los tropezones y resbalones en este lugar... Pese a estar acostumbrado a los pasos aéreos y de equilibrio, me muevo cautelosamente. Si algo me ha enseñado la montaña es que no hay que bajar la guardia en ningún momento.El abismo se intuye cerca, a mi derecha, unos treinta metros más abajo. Y pensar que yo quiero escalar estos corredores en invierno... Casi sin darme cuenta me encuentro con una chimenea bastante vertical a mi izquierda pero que al disponer de agarres tan grandes hace que la trepada se me haga muy entretenida. También los múltiples mojones que jalonan toda esta zona hacen que sea difícil despistarse, lo que no sería muy agradable en estas vertiginosas paredes. Al salir de la chimenea un circo suspendido me da la bienvenida. El suelo aparce tapizado de verde hierba y... de Edelweiss !!!! Cientos y cientos de estas magníficas florecillas alpinas adornan el verde tapiz. Me extasio ante tantas flores. Nunca había visto un Edelweiss en vivo y ahora los tengo por doquier. Remonto las pedregosas paredes de este circo. Se puede pasar casi por cualquier parte. Me acerco hacia la derecha, hacia los cortados de la cara norte. Aquí la trepada es un poco más entretenida. El tacto de la roca en las manos me reconforta. Un poco de buena gimnasia para llegar a esta bonita cumbre. La pared pierde inclinación y ya muy cerca de mí veo la cumbre, en la que no hay sino un rebaño de cabras... Un pequeño esfuerzo más y... ya está. Me encuentro junto al vértice geodésico que adorna esta cumbre. Me siento en él y disfruto del paisaje, de la agradable temperatura que hace, de la soledad... de "mi" soledad. Toda la montaña para mí solito. Me regalo un banquete con las provisiones que he traido. Aproximadamente media hora después de mi llegada inicio el descenso. No voy a bajar por el mismo camino de subida. Ahora bajaré hacia el collado que separa la cima de la Peña Telera de la de Peña Parda, un poco más al sur. Desciendo por una rocosa ladera sin ningún problema y, poniendo un poco más de atención en los últimos diez metros alcanzo el collado. Podría ascender fácilmente la Peña Parda pero no me interesa el coleccionismo de cumbres, por lo que la dejo pasar. Ante mí se abre la comba de Calcín, un sistema de viras herbosas que no me inspiran ninguna desconfianza pese a desconocer el terreno. Además, la presencia de mojones en los pasos entre viras facilita mucho la labor. Desciendo, feliz, de una vira a otra. En una de ellas encuentro un casquillo de bala de un fusil de caza. Alguien dedicándose a la caza mayor. Hace ya rato que la cantimplora ha alcanzado niveles alarmantemente bajos pero estoy viendo no muy lejos de mí una manguera que serpentea por el suelo, por lo que imagino que habrá pronto posibilidad de avituallamiento del líquido elemento. Efectivamente, la manguera alimenta un abrevadero y éste me alimenta a mí. Agua fresca directamente manada de la montaña. El mejor premio para una garganta reseca. Continúo perdiendo altura en dirección al refugio de Usabas, sito al final del Valle del Puerto, tres kilómetros más arriba del refugio del Puerto, donde me he encontrado esta mañana con el pastor. Sigo por la salida natural del valle y enseguida encuentro restos de pista, cubierta por derrubios que caen poco a poco de las pedregosas laderas. Rápidamente llego al refugio del Puerto, donde esta vez no se asoma nadie a la puerta, vigilada ahora por un simpático cachorrillo. No me entretengo en demasía pues aún me quedan ocho kilómetros por recorrer y el cansancio acumulado se empieza a notar en las piernas.

A mitad de recorrido de la pista comienzo a oír un petardeo a lo lejos, pero que se va haciendo cada vez más fuerte. Se trata del pastor que sube por la pista montado en una Bultaco o una Puch bastante, bastante vieja. Me saluda con un sencillo movimiento de cabeza, gesto más que suficiente para estas gentes. Finalmente llego al coche. Doce horas de travesía en un ambiente magnífico y en una solitaria montaña; qué más se puede pedir para un homenaje a uno mismo?