jueves, 22 de septiembre de 2011

Una escalada solitaria. Taillon (3144m) Arista N.O.





Un hombre frente a una montaña.

Solo.


Únicamente una motivación especial puede hacer que alguien decida hacer escalada o alpinismo, sea éste más o menos difícil, sin la compañía de otra persona... o de una cuerda con la que asegurarse en los pasos comprometidos.


A veces buscamos el decir "yo hice eso o aquello", pura vanidad sin más, otras veces, las más, por fortuna, buscamos probarnos a nosotros mismos. Tomar la decisión de "probarse" de ese modo, sin compañía, pensando que somos invulnerables, nos hace un poco más cretinos; demuestra lo ignorantes e inconscientes que somos y, lejos de servirnos de prueba de nuestro valor, nos acerca un poco más a las puertas custodiadas por San Pedro. Hay que enfrentarse a estas acciones "descabelladas", según los desconocedores de la montaña o según quienes no aceptan que otros piensen distinto a ellos aun cuando esas decisiones han sido tomadas cautamente, con valor, pero no envalentonados; sin miedo, pero no temerariamente, con respeto por lo que tenemos delante, siendo conscientes de lo que nos vamos a jugar. Según el alpinista Reinhold Messner, "solamente si el hombre sabe que la muerte es parte de la propia vida puede realmente jugar con ella". No se trata de arriesgar la vida sin más, al tuntún; en este caso había escalado con anterioridad esa vía en tres ocasiones, de las cuales las dos últimas veces no había usado la cuerda, no por temeridad sino porque confiaba en mí y mis posibilidades y sabía lo que hacía.


Aún sin ser una ascensión difícil, una caída hubiera tenido muy facilmente consecuencias nefastas. En este caso se trataba de afrontar esa posibilidad, superar los obstáculos que se presentaran, sin tener nadie que me ayudara, encontrar el itinerario yo solo; forzar aún más la obligación de la toma de decisiones y afrontar las consecuencias que de ellas se derivaran. También estaba, por supuesto, el disfrute íntimo de esa confrontación, ese anhelo de adrenalina que una vez has probado tu cuerpo pide con cierta regularidad.


La noche ha sido rasa y el día ha amanecido despejado. El sol todavía no ha alcanzado el parking del Collado de Tiendas y se nota fresquito dentro de la furgoneta. Cuando llegué a medianoche la altiva silueta de la cara norte del Taillón y su arista N.O. se recortaban nítidamente contra el cielo estrellado, pero su imagen no me ha atormentado para nada durante la noche. Es más, ha sido una de las mejores noches de los últimos meses.


Un pequeño deseo de gandulear y bajarme a desayunar a Luz un chocolate y unos curasanes merodean peligrosamente por mi aún adormecido cerebro, pero la razón se pone sus galones rápidamente y comienza a adueñarse de mis actos. Un rápido repaso a los pros y contras de esta actividad montañera y decido seguir adelante. Me siento bien, animado, motivado, y me levanto sin más demora de la cama. Los músculos, rígidos aún, rechinan un poco: "más os vale, amiguitos, calentaros enseguida porque comienza lo bueno... ya!". Miro hacia la pared y veo unas rayitas blancas. Debe de ser la nieve que ha caído esta semana. Poca cosa. No supondrá ninguna dificultad añadida.


Con algo de bollería en la boca me lanzo por el tramo de carretera que llega hasta el Collado de Bujaruelo. Esta carretera formó parte de un incierto proyecto entre Francia y España para unir el Pirineo norte con el sur atravesando esta zona. La carretera española se quedó en el puente de los Navarros y, como mucho, se construyó una pista hasta San Nicolás de Bujaruelo, mil metros más abajo que este collado al cual estoy llegando ya. Francia devolvió años después la pelota dejando inacabada la conexión Benasque - Luchon con una carretera del lado español que termina algo más adelante del Plan de Senarta, en mitad de ninguna parte (o en mitad de una zona extremadamente bonita como es el valle de Benasque en su casi totalidad).


Estamos en septiembre y se nota ya el frescor matinal a esta altura. Pero eso no amedrenta a toda la gente que está llegando al parking y empieza su ascension hacia cualquiera de las cumbres que rodean este paisaje.


Dejo atrás el col de Bujaruelo y empiezo a ganar altura por el sendero que lleva al refugio de Sarradets y la Brecha de Roland. Enseguida me desvío a la derecha y asciendo por la pedrera que baja de la cascada que se forma donde desagua el glaciar de los Gabietos, tresmil situado al oeste del Taillon y que cierra en esta vertiente el ramillete de cumbres de más de tresmil metros de la zona de Gavarnie. Aquí la inmensa mole de la cara norte del Taillon se hace omnipresente, y la sensación de verticalidad se acentúa al tener la perspectiva desde la misma base de la montaña hacia arriba. Pero como ya conozco lo que me espera no me preocupo.





Observo que hay gente más arriba que yo, llegando al comienzo de la escalada y me entran las prisas. No me agradaria escalar por debajo de ellos, por el peligro objetivo de las caidas de piedras, pero tampoco me gustaria porque al seguirlos tendria la sensacion de que me hubieran mostrado el camino a seguir y me hubieran "facilitado" esta ascensión. No es que tengas mucha opción de pérdida; se trata de seguir el filo de la arista N.O. pero hay veces en que debes cambiar un poco de vertiente, hacia las goulottes de la cara oeste y luego recuperar el filo. No es complicado pero más vale no equivocarse porque te metes entonces en un terreno muy roto y vertical, peligroso donde no se puede asegurar al estar toda la roca descompuesta y donde cada paso es una lotería para que aguante tu peso.





No me dura mucho esta pequeña decepción pues la empinada pendiente hace que resople como un búfalo tratando de mantener este ritmo tan vivo que me he impuesto. Y tampoco se trata de desfondarse antes de la escalada pero es que cuando me pongo terco... me pongo. Alcanzo rápidamente la base de la cascada inicial. Son seis franceses. Apenas un saludo y cada uno nos ponemos a lo nuestro. Nos vestimos todos con casco. Muy importante y más aún en este terreno.


Ellos entran directamente desde debajo de la cascada lo que me desconcierta un poco pues desconozco la existencia de otro "camino" por ahí. Yo me tiro por el mio conocido, que arranca tras cruzar el arroyo unos cincuenta metros más abajo. Trataré de adelantarles antes de llegar al glaciar y ahí tomar la cabeza de la escalada, por los motivos anteriormente descritos. A ratos les oigo unos metros a mi derecha, algo más arriba que yo, pero más rápido ya no puedo ir. No es tampoco una carrera y hay que disfrutar de lo que se está haciendo, aparte de poner toda mi atención porque aunque no estoy muy alto aún el vacio se abre ya a mi espalda, las presas de pies y manos más diminutas de lo deseable en algunas ocasiones y la caida sería limpia hasta la base de estas paredes. Conforme empieza a aparecer la lengua final del glaciar de Gabietos frente a mí veo de reojo que el otro grupo se asoma ya a mi altura. Un saludo de complicidad con la cabeza y sigo mi camino. Desearía parar un poco a recuperar el aire, pero si ellos no lo hacen yo tampoco que luego me toca ir a rebufo. Por fin se paran y yo lo hago unos metros más arriba. Bebo algo y me quito la ropa sobrante. Frío no hace pero al estar en sombra durante toda la ascensión la temperatura se vuelve fresquita y se nota cualquier ráfaga de aire. Me coloco la mochila y me giro para seguir. Oigo que uno de ellos le indica a otro compañero que me he puesto en marcha, quizas tampoco quieren ir a rebufo pero como son seis la ascensión será algo más lenta para ellos. Pego un pequeño acelerón por esta morrena lateral, inclinada, hasta alcanzar las primeras piedras donde se yergue la arista. Las encaro con ánimo y energía y como ya las recuerdo de las veces anteriores rápidamente me elevo por ellas. Algunos mojones ocasionales facilitan la búsqueda del itinerario. A la izquierda se va abriendo poco a poco la cara norte, magnífica escalada invernal que en esta época presenta un desolado aspecto de desierto pedregoso. No por ello el paisaje ni el ambiente dejan de ser magníficos, grandiosos. De vez en cuando echo la vista hacia atrás, localizando a los franceses. Hubiera podido bajar el ritmo, esperarles y unirme a ellos. No creo que se hubieran opuesto. En estas ascensiones puede ser relativamente fácil que te acepten sobre todo si ven que te desenvuelves bien en la escalada y no vas a retrasarles. Yo me veo bien, pero unirme a ese grupo me privaría del placer de la lucha en soledad. ¿Soledad? Mejor dicho, en solitario; y aún y todo porque la presencia del grupo, pese a la distancia que nos separa, me da una cierta seguridad que "suaviza" la tensión que llevo y me facilita la decisión de atacar un resalte tras otro. Por ahora la trepada es sencilla, tumbada, apenas hay sorpresas. Llego a la primera de las dificultades. Debo elevarme unos metros por una placa con pocas presas para luego entrar en una mini chimenea no muy complicada. El primer problema lo tengo en que debo elevarme a la placa levantando mucho la pierna y uno no es de goma. Alcanzo la placa y en una postura un tanto cheposa, con el trasero muy salido hacia afuera y algo tumbado busco las pequeñas presas para los dedos mientras confío en la adherencia de las suelas sobre la rugosa superficie de la roca. Ya en la chimenea me relajo un poco, pero sólo un poco. Hay buenas presas para pies y manos. La supero sin mucha complicación y busco con la mirada a los franceses, a quienes no escucho desde hace un rato. Ni les veo ni les oigo. Yo sigo a lo mío. Superado este primer obstáculo mi moral sube un poquito. Sabía que podía hacerlo, pero me veo ya bastante arriba en la pared, solo, y como eso es algo nuevo para mí y lo estoy sobrellevando bastante bien pues como que me alegro por ello. Aún me queda la dificultad mayor de esta ascensión, una placa bastante empinada en la que debes fiarte de tí y un corredor de III sup. que tiene su "cosilla". De vez en cuando paro a respirar y a disfrutar. Bebo y como alguna chuchería que llevo en los bolsillos. Hay que alimentar también al ánimo. El sol no da aún, aunque tampoco lo hará en todo el día. Esta cara es demasiado sombría incluso a finales del verano. Si acaso en la parte superior puede que toque algo pero aquí no hay el más mínimo rastro de sus cálidos rayos. Oigo ya a los del otro grupo de modo que no me demoro más. Me lo estoy pasando bien buscando el camino y cambiando de vez en cuando de vertiente, cambiando las vistas de la norte a la oeste, del Marboré al este a los Gabietos al oeste. En pocos minutos alcanzo la placa que precede a la chimenea clave de esta ascensión. Puedo decidir por la izquierda, siguiendo un pequeña vira muy inclinada y de adherecia que recorre la placa o bien optar por la parte derecha, algo más vertical pero con pequeñas presas que no te obligan a confiar exclusivamente en las cualidades de tus suelas. Opto por la derecha. Trepo cómodo por ella, una zancada más y... ya estoy en la repisa de la chimenea. Las anteriores veces necesité la ayuda de mis compañeros para meterme en ella pues habia que levantar mucho mucho la pierna y siempre había un par de manos amables que me empujaban del trasero. Esta vez no hay ninguna mano presta a auxiliarme. En todo caso los franceses que, no sé cómo lo han hecho tan rápido, están llegando ya a las placas a escasos metros de mí. Me agarro firmemente y en estilo bavaresa me elevo hasta la entrada del corredor. Unos kilitos menos en mi cuerpo no hubieran venido nada mal. Casi me dejo las primeras falanges de los dedos. ¡Cuánto peso! Hay unos restos de nieve que mojan mis suelas; no me hace gracia. Pero no hay más opción pues llegado a este punto la única salida "sencilla" se me presenta por arriba. Sé que he pasado anteriormente esta chimenea sin utilizar la cuerda por lo que hoy también debería poder hacerlo. Aquí es donde se nota el peso de ir solo. Este momento es el que estaba buscando en esta escalada. Me concentro y voy ganando altura poco a poco, empotrando el puño o el pie, según convenga, o usando la técnica en oposición, tirando a veces de manos más de lo necesario pero ganado altura a buen ritmo. Alcanzo la salida del corredor, un embudo de piedra rota que al pisar cae hacia abajo. Doy un grito y advierto a los franceses. Ya he pasado lo más difícil, ahora debería poder quitarme algo de tensión, pero sólo algo, pues la atención debe ser máxima hasta salir por arriba puesto que aún quedan algunas trepadas y luego la empinada roca rota de la cumbre. Un cambio más de vertiente y en este caso observo que, en caso necesario, por aquí podría uno retirarse de esta escalada, bajando por el corredor de piedra que cae hacia el glaciar de Gabietos varios cientos de metros más abajo. No parece complicado aunque requeriría una buena dosis de paciencia y atención. Pero yo miro hacia arriba, siempre hacia arriba. Me deleito en este tramo de escalada. Conforme avanza la mañana me siento más agil y me voy metiendo más aún si cabe en la escalada. Aquí busco unos pasos un poco más complicados aprovechando que la roca está muy bien. Al alcanzar de nuevo el filo y salir hacia la vertiente norte la montaña me guarda una sorpresa. Los pequeños restos de nieve que veía como insignificantes manchas blancas a la mañana resulta que ni son tan pequeños ni me lo van a poner tan fácil. En cierto modo agradezco estar solo pues solamente deberé preocuparme por mí. Aunque fuera con otro compañero experimentado seguiría preocupándome por él también, de modo que me concentraré en mi ruta a seguir, buscando los mejores y más seguros pasos. Por de pronto me veo en una repisa nevada, con caida al vacío, por supuesto, si no no sería entretenido, tratando de pasar al otro lado de una roca que la interrumpe a medio recorrido. Con cuidado y tensión me aferro a otra roca que queda por encima de la repisa, confiando en no caer pues aqui no llegas a saber qué está suelto y qué no. Y esta roca no es una piedrecilla precisamente. Y ya estoy alto en la pared, unos cuatrocientos metros hasta su base... contengo la respiración y me muevo suavemente. Por detrás oigo voces pero no les presto atención. Que se apañen ellos como puedan que bastante tengo con no caerme yo. Por fin me agarro a una roca enorme que está bien soldada a la montaña y por la que puedo ganar altura y salir de este tramo nevado. Esta nieve inconsistente y las piedrecillas tan rotas no dan ninguna seguridad, pero no hay otro camino por el que pasar. Busco lo más limpio, los resaltes en los que puedo trepar sin tener que fiarme de la pedrera suelta. Sigo ganando altura y ya intuyo que queda poco. Los Gabietos quedan ahora más bajos que yo y el sol no anda lejos. Ya estoy un poco cansado de este último tramo. No es entretenido, si acaso molesto, pero es paso obligado. Veo una placa en memoria de alguien, ahora sí que ya estoy arriba. Los últimos metros los hago con uno de los franceses, el mayor de su grupo, de unos sesenta años. Comentamos un poco lo de la nieve del final, que nos ha pillado a todos por sorpresa. Es la primera vez que venían por aquí. Yo le digo que es mi cuarta vez en esta vía, no piense que soy un inconsciente, aunque realmente lo que los demás piensen no me preocupa en demasía, sobre todo si no les conozco. Los rayos del sol ya bañan mi rostro y comienzo a sentir una agradable sensación de bienestar. Me quito el casco, por fin, y me deleito con este paisaje ya familiar pero que no me canso de ver. Llegan el resto de franceses y tiendo la mano a alguno de ellos para felicitarle por la escalada. Están contentos. Yo, también. Me he quedado a gusto. Hay gente que ha llegado por la vía normal, y se ve que aún está subiendo mucha más. Parece como si a alguien se le hubiera roto una bolsa de Lacasitos y los hubiera dejado caídos por el sendero desde la Brecha de Roland. Multitud de puntitos de los más variados colores adornan el sendero que he de tomar para la bajada.


Me despido del francés con quien he compartido los últimos metros de ascensión y comienzo, feliz, el descenso. Bajo con cuidado de no resbalar en la piedra suelta. Alcanzo la falsa Brecha y, oh sorpresa, tiene un tramo empinado de unos cuatro metros completamente helado. Este tramo se inclina peligrosamente hacia el glaciar de la Brecha. Aprovecho una pequeñas piedrecillas que sobresalen de la helada superficie y que me agarran la bota. Superado este paso y ya rodeado el Dedo respiro más aliviado, no creo que quede ya ninguna sorpresa más. En todo caso la bajada de la Brecha por el nevero perenne de nieve dura que es el último vestigio de lo que en otras épocas fuera un glaciar más severo podria obligarnos a sacar un poquito más de tensión, pero poca. Alcanzo la Brecha de Roland, paso mítico de estos pirineos centrales que, según cuenta la leyenda, fue producida por Rolando, sobrino de Carlomagno, quien tras ser derrotado en la batalla de Roncesvalles huyó hasta aquí y, al verse acorralado por sus perseguidores, arrojó contra la pared su espada, Durandall, para romperla y que no cayera en manos infieles y provocó la brecha en la montaña. Llego al nevero, con nieve dura como de costumbre y bajo con cuidado, especialmente al cruzarme con otras personas. He sacado el bastón para la bajada y aquí también lo uso como apoyo. Una vez pasado el nevero me lanzo cuesta a bajo hacia el refugio y en pocos minutos lo alcanzo. Hay multitud de gente alrededor de él y no pierdo ni un minuto. Lo paso de largo y sigo cruzandome con el inacabable goteo de gente que en los dias buenos de verano recorren este sendero. Cruzo el paso de las cadenas y dejo a mi derecha el desvío que baja directo a Gavarnie pueblo. A gusto lo tomaría, pero luego debería subir a recoger la furgoneta que está aquí arriba por lo que me olvido de esa idea. Otro día... tal vez.






Recorro el sendero que me lleva de regreso al parking. Dejadas atrás las aglomeraciones del refugio y del paso de las cadenas me cruzo ahora de vez en cuando con gente que sube hacia quién sabe dónde, a la búsqueda de sus deseos. He efectuado una interesante actividad, debería estar contento pero tanto anhelo de enfrentarme a solas con la montaña, con mis temores, hace que en estos momentos me sienta solo y eche de menos la compañía de alguien cercano con quien compartir esto que acabo de hacer, sencillo sin duda para mucha gente pero más que satisfactorio para alguien de mi nivel.


Al pasar bajo la cara norte y acercarme bajo la vertical de la arista vuelvo a recordar brevemente los momentos vividos hace unas horas y la sonrisa que se me dibuja en la cara es la compañía que me busco hasta llegar al parking.

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