Y es que tres semanas antes aún no había decidido dónde pasar mi mes de vacaciones. El azar quiso que conociera a un gallego y dos malagueños que partían hacia allá y decidí apuntarme a esta aventura. El poder admirar en directo esas preciosas, y terribles, moles de hielo y roca, el cruzar "el charco" por primera vez, poder conocer otra forma de ver y entender la vida... eran motivos demasiado tentadores como para no tenerlos en cuenta. Y allí que nos fuimos!
Todo es distinto: los colores, tan vivos; el olor, desagradable en muchos casos, la prisa, no existe; la paciencia, infinita.
Era como pasar del mundo "en color" de occidente al "blanco y negro" de sudamerica.
Pero creo que quienes hemos estado allí preferimos ese mundo de grandes contrastes:

El bullicio de las calles, la tranquilidad de sus gentes; su pobreza material, su riqueza espiritual; lenguas como el quechua y el aymara entremezclándose y conviviendo con el español sin menospreciarse las unas a las otras.
Unas líneas escritas en un mural en el Museo Nacional de Arqueología de Tiwanaku bastan para entender en gran manera este mundo:
"Mientras la cultura occidental se desarrolla a la velocidad del galope del caballo, el mundo andino estructura su pensamiento al paso de la llama, animal que fue domesticado para caminar al paso del hombre."
Durante ese mes de junio visitamos varios macizos montañosos (Huayna Potosí, Illimani, Condoriri) en los cuales pudimos comprobar el descomunal tamaño de estas montañas o, mejor dicho, nuestra propia pequeñez frente a ellas. Montañas a las cuales no se puede subir sin una gran determinación y la aceptación del sufrimiento que conlleva el esfuerzo requerido.
Especial recuerdo guardo de los niños del pueblo de Una, en las laderas del Illimani, con quienes pude disfrutar de una de mis mejores tardes de futbol, volviéndome a sentir niño al jugar con ellos.Cerca de La Paz se pueden admirar las ruinas arqueológicas de Tiwanaku, consideradas como la cultura más importante del período precolombino en territorio boliviano. En el transcurso de dos milenios logró grandes avances en la ciencia, técnicas de cultivo y en el arte, especialmente en el manejo de materiales líticos.
No hay que olvidarse de La Paz. Toda ella es una enorme cuesta: para arriba y para abajo. No en vano está situada en una hondonada (en cuesta, claro). Las laderas que suben hacia El Alto se hallan abarrotadas de chabolas de gente que ha intentado salir de la pobreza de sus pueblos probando suerte en la capital, pero eso es un sueño difícilmente alcanzable. Con casi dos millones de habitantes, LaPaz
poseía un millón de puestos de venta ambulante. Ciertas calles eran un hervidero de gente y un escaparate de esta capital: calles colapsadas por los tenderetes, cholitas con su pollera y su sombrero bombín, escolares pulcramente uniformados que contrastaban con otros niños menos afortunados, sucios, con ropas viejas, mirada triste, obligados a trabajar o mendigar para tener algo con qué comprar la comida del día, mercaderes anunciando a gritos sus productos, cláxones sonando sin parar... Y todo ello en una perfecta armonia, imposible de conseguir en otro lugar que no sea allí.Tras unas semanas en las desérticas tierras de la zona circundante de La Paz nos acercamos a la zona pre amazónica de las Yungas, donde pudimos visitar la ciudad de Coroico, a la cual accedimos a través de la tristemente célebre "Autopista de la Muerte", carril de montaña excavado en unas verticales laderas sobre precipicios, frecuentemente visto en fotografías por los espectaculares accidentes que allí se producen.

Después de tantos días disfrutando de un tiempo soleado, sin nubes, caluroso al sol pero fresco a la sombra, agradecí el encontrarme con una meteorología mas "familiar": al pasar de los casi 4000 metros de La Paz a los 1500 de las Yungas, el cielo se cubrió de nubes y nos obsequió con un xirimiri digno de Euskadi. El paisaje también cambió: pasó de ser desértico, sin apenas vegetación, a convertirse en una alfombra verde que tapizaba las laderas de las montañas. Algo lógico, dado que nos acercábamos hacia la selva. Durante unas horas me setínuevamente en casa, los colores y olores eran tan familiares...
Un mes pasa rápido cuando no paras de descubrir cosas y muchos lugares se nos quedaron apuntados en la lista para volver y conocerlos. Bolivia es demasiado grande, demasiado variada como para pretender conocerla en un mes, o en dos. Pretender hacerlo en ese corto período de tiempo sería como arañar tan sólo la superficie de este país tan diverso que se merece más tiempo, pero eso es precisamente lo que nos falta en occidente. 
Cuando despegó el avión que me traía de vuelta a casa y ví pasar los Andes debajo de mí, supe que algún día volvería.
Me había enamorado de ese país, de esas montañas, de esas gentes que me habían recibido con los brazos abiertos y que tan bien me habían tratado.









