martes, 20 de abril de 2010

BOLIVIA 97 "Un viaje iniciático"

Cuando el 2 de junio de 1997 me encontré sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto de El Alto, en Bolivia, a 4000 m de altura, no era aún consciente del lugar en el que me encontraba: Los Andes. Un mundo diferente, con montañas de hasta 6000 metros, enormes conos recubiertos de merengue de un blanco cegador.

Y es que tres semanas antes aún no había decidido dónde pasar mi mes de vacaciones. El azar quiso que conociera a un gallego y dos malagueños que partían hacia allá y decidí apuntarme a esta aventura. El poder admirar en directo esas preciosas, y terribles, moles de hielo y roca, el cruzar "el charco" por primera vez, poder conocer otra forma de ver y entender la vida... eran motivos demasiado tentadores como para no tenerlos en cuenta. Y allí que nos fuimos!
Todo es distinto: los colores, tan vivos; el olor, desagradable en muchos casos, la prisa, no existe; la paciencia, infinita.
Era como pasar del mundo "en color" de occidente al "blanco y negro" de sudamerica.
Pero creo que quienes hemos estado allí preferimos ese mundo de grandes contrastes:
El bullicio de las calles, la tranquilidad de sus gentes; su pobreza material, su riqueza espiritual; lenguas como el quechua y el aymara entremezclándose y conviviendo con el español sin menospreciarse las unas a las otras.
Unas líneas escritas en un mural en el Museo Nacional de Arqueología de Tiwanaku bastan para entender en gran manera este mundo:
"Mientras la cultura occidental se desarrolla a la velocidad del galope del caballo, el mundo andino estructura su pensamiento al paso de la llama, animal que fue domesticado para caminar al paso del hombre."
Durante ese mes de junio visitamos varios macizos montañosos (Huayna Potosí, Illimani, Condoriri) en los cuales pudimos comprobar el descomunal tamaño de estas montañas o, mejor dicho, nuestra propia pequeñez frente a ellas. Montañas a las cuales no se puede subir sin una gran determinación y la aceptación del sufrimiento que conlleva el esfuerzo requerido.
Especial recuerdo guardo de los niños del pueblo de Una, en las laderas del Illimani, con quienes pude disfrutar de una de mis mejores tardes de futbol, volviéndome a sentir niño al jugar con ellos.
Cerca de La Paz se pueden admirar las ruinas arqueológicas de Tiwanaku, consideradas como la cultura más importante del período precolombino en territorio boliviano. En el transcurso de dos milenios logró grandes avances en la ciencia, técnicas de cultivo y en el arte, especialmente en el manejo de materiales líticos.
No hay que olvidarse de La Paz. Toda ella es una enorme cuesta: para arriba y para abajo. No en vano está situada en una hondonada (en cuesta, claro). Las laderas que suben hacia El Alto se hallan abarrotadas de chabolas de gente que ha intentado salir de la pobreza de sus pueblos probando suerte en la capital, pero eso es un sueño difícilmente alcanzable. Con casi dos millones de habitantes, LaPaz poseía un millón de puestos de venta ambulante. Ciertas calles eran un hervidero de gente y un escaparate de esta capital: calles colapsadas por los tenderetes, cholitas con su pollera y su sombrero bombín, escolares pulcramente uniformados que contrastaban con otros niños menos afortunados, sucios, con ropas viejas, mirada triste, obligados a trabajar o mendigar para tener algo con qué comprar la comida del día, mercaderes anunciando a gritos sus productos, cláxones sonando sin parar... Y todo ello en una perfecta armonia, imposible de conseguir en otro lugar que no sea allí.
Tras unas semanas en las desérticas tierras de la zona circundante de La Paz nos acercamos a la zona pre amazónica de las Yungas, donde pudimos visitar la ciudad de Coroico, a la cual accedimos a través de la tristemente célebre "Autopista de la Muerte", carril de montaña excavado en unas verticales laderas sobre precipicios, frecuentemente visto en fotografías por los espectaculares accidentes que allí se producen.
Después de tantos días disfrutando de un tiempo soleado, sin nubes, caluroso al sol pero fresco a la sombra, agradecí el encontrarme con una meteorología mas "familiar": al pasar de los casi 4000 metros de La Paz a los 1500 de las Yungas, el cielo se cubrió de nubes y nos obsequió con un xirimiri digno de Euskadi. El paisaje también cambió: pasó de ser desértico, sin apenas vegetación, a convertirse en una alfombra verde que tapizaba las laderas de las montañas. Algo lógico, dado que nos acercábamos hacia la selva. Durante unas horas me setínuevamente en casa, los colores y olores eran tan familiares...
Un mes pasa rápido cuando no paras de descubrir cosas y muchos lugares se nos quedaron apuntados en la lista para volver y conocerlos. Bolivia es demasiado grande, demasiado variada como para pretender conocerla en un mes, o en dos. Pretender hacerlo en ese corto período de tiempo sería como arañar tan sólo la superficie de este país tan diverso que se merece más tiempo, pero eso es precisamente lo que nos falta en occidente.
Cuando despegó el avión que me traía de vuelta a casa y ví pasar los Andes debajo de mí, supe que algún día volvería.
Me había enamorado de ese país, de esas montañas, de esas gentes que me habían recibido con los brazos abiertos y que tan bien me habían tratado.

sábado, 17 de abril de 2010

EL ESCENARIO

Cayó el telón y las luces se apagaron.

Todo quedó sumido en la oscuridad. El escenario quedó vacio. Los ecos de los últimos pasos resonaron unos instantes y, después, la nada. Esta inundó todo el ambiente como si de un escalofrío sepulcral se tratara.

Donde antes había risas y aplausos, ahora sólo había silencio y quietud.

VACIO. Palabra de tal magnitud y amplitud que daba miedo con sólo nombrarla.

El escenario debería contentarse con los recuerdos agradables y felices de las actuaciones que en él se habían celebrado, con mayor o menor éxito, mientras aguardaba de nuevo la luminosidad de los focos, el calor del público y el resonar de los pasos sobre sus tablas.

Saber que era de nuevo el elegido, el mejor para una representación; tal vez, con suerte, la misma de la noche que acababa de abrazarlo, de hacerle sentir especial, el mejor escenario que se podía imaginar.

Tenía algún desperfecto y parecía que se podía utilizar sin problemas, pero era necesario un arreglo, pequeño en apariencia, para poder repetir esta última actuación.

Un arreglo, obra de magnitudes tan importantes, pese a ser poco visibles, que necesitaría mucho tiempo para realizarse, si es que se podía llevar a cabo algún día.

Mientras, debería resignarse a la oscuridad, al silencio, a la ausencia de la alegría que provocaba en los espectadores y los artistas, a la soledad; en definitiva, al VACIO.

domingo, 4 de abril de 2010

PEÑA TELERA (2764m)

Siendo uno joven y estando lleno de la energía propia de la juventud, y hallándose localizado sobre la península un magnífico anticiclón, el acto voluntario de salir a la montaña se convierte en algo casi obligatorio e inexcusable. Por ello voy a aprovechar la ocasión y darme un homenaje, porque sí, porque me apetece. Voy a disfrutar de una montaña poco visitada habitualmente en período estival, y voy a ir por una vertiente no habitual, lo que la hace más solitaria aún, si cabe, por lo que los senderos estarán menos marcados y deberé esforzarme un poco más en encontrarlos. Además, la vía normal, conla que comparte la última hora de recorrido, comporta algunos pasos aéreos y de escalada sencilla que darán un poco de emoción al asunto. Y además me doy el gustazo de ir solito... En el mes de junio los días son suficientemente largos como para plantearse hacer una salida a Pirineos en el día. No madrugo mucho. Las cinco me parece una buena hora para salir. Camino a Jaca llevo a cabo la obligada parada en la panadería del desvío a Fago. Una cuña de queso del Roncal, chorizo de jabalí y una hogaza de pan casero serán buenos compañeros para el estupendo día que se prevée. Puente la Reina de Jaca, Jaca, Biescas son pueblos que van quedando atrás mientras mi coche devora suavemente los kilómetros aunque ahora, en las primeras rampas hacia el Portalet el motor se fuerza un poco más y el ruido que hace ahoga algo la música que llevo en la radio. Pocos kilómetros después de Biescas al desvío hacia Aso de Sobremonte hace su aparición y me obliga a girar a la izquierda, para coger una estrecha carretera de curvas cerradas, en una de las cuales tomo una pista que sale a la derecha y que en cincuenta metros se corta con una cadena. Una vez aparcado el coche, vestido de romano y con la mochila bien llena, incluido el libro de Miguel Angulo, 1000 ascensiones a los Pirineos, del cual no he sacado fotocopia y debo llevarlo entero, me mentalizo para los ocho kilómetros de pista que tengo por delante antes de enfrentarme con la montaña propiamente dicha. Esta pista discurre tranquilamente y sin apenas inclinación por la mitad de un espeso bosque hasta los pastos del Barranco del Puerto, en la vertiente sur de la montaña. Aquí el valle se abre, amplio, y apenas sin arbolado. Se trata de un contraste tan grande el pasar de la espesura del bosque cerrado a la desnudez del pasto de altura como de la sombra reinante en este bosque al cegador resplandor del sol en la desnudez del valle abierto. Aquí, un pequeño refugio de pastores se presenta como la única construcción visible, si bien no desentona en absoluto con el entorno. Según la guía en este punto debería dejar la pista que he seguido hasta ahora y dirigirme hacia una pequeña arboleda al pie de una muralla calcárea, la cual rodea la vertiente sur de la Peña Blanca, donde debería encontrar un paso consistente en un curioso tunel natural, pero no lo veo desde donde estoy y no sé dónde buscarlo exactamente. Afortunadamente del interior del refugio llega algo de ruido por lo que imagino que habrá en él alguien a quien poder preguntar. Me acerco y no llego a la puerta cuando del interior del edificio sale un pastor que ha pernoctado aquí. Boina, pantalón de mahón y camisa de cuadros visten aeste hombre de la montaña, de rostro arrugado, forjado duramente bajo el clima pirenaico. Le pregunto por la cueva y me señala un sendero apenas visible entre la hierba que nace detrás mismo del refugio y se dirije hacia el bosque que está un poco más arriba. "No tienes pérdida". Le doy las gracias y me encamino hacia donde me ha indicado. Me meto entre los árboles encontrando apenas sin dificultad el paso a medida que gano algo de altura y me acerco hacia la rocosa pared. Al salir de los árboles intuyo un agujero, una abertura en la blanca pared, de unos cinco metros de ancho por dos de altura, aunque en su interior la altura desciende hasta obligarme a manchar las rodilleras de mis pantalones. Me encuentro en la Cueva del Forato. Una vez superado este estrechamiento me hallo en una especie de sala circular cuyo techo es el cielo. una sencilla trepada de unos tres metros me deposita nuevamente bajo los rayos del sol, que a esa hora ya comienzan a calentar. Asciendo entre una vegetación muy espinosa que alfombra toda esta parte de la montaña durante unos cien metros. Bastante incómodo pero se pasa bien. Me oriento guiándome por una punta rocosa, la Peña de Cochaldo. Según me acerco a ella observo un paisaje peculiar. Una espectacular y curiosa brecha de rocas desgajadas de la pared da paso a una cuenca herbosa elevada, en la que un abrevadero es el único vestigio de presencia humana en esta zona. Un apequeña barrera rocosa cierra este escondido lugar. La supero sin problema y continuo por una cresta herbosa. La reluciente piedra caliza ha sustituido todo vestigio de vegetación con su omnipresencia. Un lapiaz se extiende durante una franje de unos trescientos metros, al pies de la brecha denominada Forca de Cachivirizas. Voy saltando las pequeñas grietillas de no más de veinte centímetros de ancho que se han formado durante siglos debido a la acción del agua sobre la roca calcárea. De vez en cuando me topo con alguna que otra grieta un poco más ancha y que alcanza hasta los dos metros de profundidad. No me gustaría torcerme un tobillo en este terreno, aparte de que la soledad en que me encuentro no e sla mejor compañera en caso de accidente, pero como esta situación de "aislamiento" es voluntaria, me atengo a las consecuencias. Otra batallita más para contar en caso de "lesión". Pero supero sin problemas las sencillas dificultades que opone este lapiaz y me enfrento con la pedregosa pendiente que defiende el acceso al collado, de unos cien metros de alto, que se me atraganta un poco pero con paciencia la supero. Al llegar a lo alto de este tramo se abre ante mí un paisaje maravillosos. La muralla de Peña Telera domina desde más de setecientos metros de altura un ancho valle suspendido, cubierto de pastos de altitud, y recorrido por una pista de tierra que serpentea por él durante unos quince kilómetros. Las primeras cumbres pirenaicas que superan la "mágica" cifra de los tres mil metros se muestran altivas ante mis ojos. En este punto enlazo con la subida que viene desde Piedrafita. A mis pies se halla el corredor de Cachivirizas, penosa canal de derrubios que en verano sólo se puede subir si se está armado de mucha paciencia. El sendero que he de recorrer ahora es un vertiginosos paso de unos cuarenta centímetros de ancho sobre una distancia de cien metros, que recorre la parte superior de los corredores Central, Elena y Collado, vertiginosos pasillos verticales de hielo muy codiciados en invierno por los alpinistas. También en invierno el paso de Cachivarizas, por donde estoy cruzando ahora con un poco de cuidado, sin correr pero también sin eternizarme, suele ser regularmente recordado en los noticiarios porque se trata de una travesía extremadamente delicad ay expuesta, difícil de asegurar, en la que una caída suele terminar casi irremediablemente varios cientos de metros más abajo. Y no son infrecuentes los tropezones y resbalones en este lugar... Pese a estar acostumbrado a los pasos aéreos y de equilibrio, me muevo cautelosamente. Si algo me ha enseñado la montaña es que no hay que bajar la guardia en ningún momento.El abismo se intuye cerca, a mi derecha, unos treinta metros más abajo. Y pensar que yo quiero escalar estos corredores en invierno... Casi sin darme cuenta me encuentro con una chimenea bastante vertical a mi izquierda pero que al disponer de agarres tan grandes hace que la trepada se me haga muy entretenida. También los múltiples mojones que jalonan toda esta zona hacen que sea difícil despistarse, lo que no sería muy agradable en estas vertiginosas paredes. Al salir de la chimenea un circo suspendido me da la bienvenida. El suelo aparce tapizado de verde hierba y... de Edelweiss !!!! Cientos y cientos de estas magníficas florecillas alpinas adornan el verde tapiz. Me extasio ante tantas flores. Nunca había visto un Edelweiss en vivo y ahora los tengo por doquier. Remonto las pedregosas paredes de este circo. Se puede pasar casi por cualquier parte. Me acerco hacia la derecha, hacia los cortados de la cara norte. Aquí la trepada es un poco más entretenida. El tacto de la roca en las manos me reconforta. Un poco de buena gimnasia para llegar a esta bonita cumbre. La pared pierde inclinación y ya muy cerca de mí veo la cumbre, en la que no hay sino un rebaño de cabras... Un pequeño esfuerzo más y... ya está. Me encuentro junto al vértice geodésico que adorna esta cumbre. Me siento en él y disfruto del paisaje, de la agradable temperatura que hace, de la soledad... de "mi" soledad. Toda la montaña para mí solito. Me regalo un banquete con las provisiones que he traido. Aproximadamente media hora después de mi llegada inicio el descenso. No voy a bajar por el mismo camino de subida. Ahora bajaré hacia el collado que separa la cima de la Peña Telera de la de Peña Parda, un poco más al sur. Desciendo por una rocosa ladera sin ningún problema y, poniendo un poco más de atención en los últimos diez metros alcanzo el collado. Podría ascender fácilmente la Peña Parda pero no me interesa el coleccionismo de cumbres, por lo que la dejo pasar. Ante mí se abre la comba de Calcín, un sistema de viras herbosas que no me inspiran ninguna desconfianza pese a desconocer el terreno. Además, la presencia de mojones en los pasos entre viras facilita mucho la labor. Desciendo, feliz, de una vira a otra. En una de ellas encuentro un casquillo de bala de un fusil de caza. Alguien dedicándose a la caza mayor. Hace ya rato que la cantimplora ha alcanzado niveles alarmantemente bajos pero estoy viendo no muy lejos de mí una manguera que serpentea por el suelo, por lo que imagino que habrá pronto posibilidad de avituallamiento del líquido elemento. Efectivamente, la manguera alimenta un abrevadero y éste me alimenta a mí. Agua fresca directamente manada de la montaña. El mejor premio para una garganta reseca. Continúo perdiendo altura en dirección al refugio de Usabas, sito al final del Valle del Puerto, tres kilómetros más arriba del refugio del Puerto, donde me he encontrado esta mañana con el pastor. Sigo por la salida natural del valle y enseguida encuentro restos de pista, cubierta por derrubios que caen poco a poco de las pedregosas laderas. Rápidamente llego al refugio del Puerto, donde esta vez no se asoma nadie a la puerta, vigilada ahora por un simpático cachorrillo. No me entretengo en demasía pues aún me quedan ocho kilómetros por recorrer y el cansancio acumulado se empieza a notar en las piernas.

A mitad de recorrido de la pista comienzo a oír un petardeo a lo lejos, pero que se va haciendo cada vez más fuerte. Se trata del pastor que sube por la pista montado en una Bultaco o una Puch bastante, bastante vieja. Me saluda con un sencillo movimiento de cabeza, gesto más que suficiente para estas gentes. Finalmente llego al coche. Doce horas de travesía en un ambiente magnífico y en una solitaria montaña; qué más se puede pedir para un homenaje a uno mismo?