Siendo uno joven y estando lleno de la energía propia de la juventud, y hallándose localizado sobre la península un magnífico anticiclón, el acto voluntario de salir a la montaña se convierte en algo casi obligatorio e inexcusable. Por ello voy a aprovechar la ocasión y darme un homenaje, porque sí, porque me apetece. Voy a disfrutar de una montaña poco visitada habitualmente en período estival, y voy a ir por una vertiente no habitual, lo que la hace más solitaria aún, si cabe, por lo que los senderos estarán menos marcados y deberé esforzarme un poco más en encontrarlos. Además, la vía normal, conla que comparte la última hora de recorrido, comporta algunos pasos aéreos y de escalada sencilla que darán un poco de emoción al asunto. Y además me doy el gustazo de ir solito... En el mes de junio los días son suficientemente largos como para plantearse hacer una salida a Pirineos en el día. No madrugo mucho. Las cinco me parece una buena hora para salir. Camino a Jaca llevo a cabo la obligada parada en la panadería del desvío a Fago. Una cuña de queso del Roncal, chorizo de jabalí y una hogaza de pan casero serán buenos compañeros para el estupendo día que se prevée. Puente la Reina de Jaca, Jaca, Biescas son pueblos que van quedando atrás mientras mi coche devora suavemente los kilómetros aunque ahora, en las primeras rampas hacia el Portalet el motor se fuerza un poco más y el ruido que hace ahoga algo la música que llevo en la radio. Pocos kilómetros después de Biescas al desvío hacia Aso de Sobremonte hace su aparición y me obliga a girar a la izquierda, para coger una estrecha carretera de curvas cerradas, en una de las cuales tomo una pista que sale a la derecha y que en cincuenta metros se corta con una cadena. Una vez aparcado el coche, vestido de romano y con la mochila bien llena, incluido el libro de Miguel Angulo, 1000 ascensiones a los Pirineos, del cual no he sacado fotocopia y debo llevarlo entero, me mentalizo para los ocho kilómetros de pista que tengo por delante antes de enfrentarme con la montaña propiamente dicha. Esta pista discurre tranquilamente y sin apenas inclinación por la mitad de un espeso bosque hasta los pastos del Barranco del Puerto, en la vertiente sur de la montaña. Aquí el valle se abre, amplio, y apenas sin arbolado. Se trata de un contraste tan grande el pasar de la espesura del bosque cerrado a la desnudez del pasto de altura como de la sombra reinante en este bosque al cegador resplandor del sol en la desnudez del valle abierto. Aquí, un pequeño refugio de pastores se presenta como la única construcción visible, si bien no desentona en absoluto con el entorno. Según la guía en este punto debería dejar la pista que he seguido hasta ahora y dirigirme hacia una pequeña arboleda al pie de una muralla calcárea, la cual rodea la vertiente sur de la Peña Blanca, donde debería encontrar un paso consistente en un curioso tunel natural, pero no lo veo desde donde estoy y no sé dónde buscarlo exactamente. Afortunadamente del interior del refugio llega algo de ruido por lo que imagino que habrá en él alguien a quien poder preguntar. Me acerco y no llego a la puerta cuando del interior del edificio sale un pastor que ha pernoctado aquí. Boina, pantalón de mahón y camisa de cuadros visten aeste hombre de la montaña, de rostro arrugado, forjado duramente bajo el clima pirenaico. Le pregunto por la cueva y me señala un sendero apenas visible entre la hierba que nace detrás mismo del refugio y se dirije hacia el bosque que está un poco más arriba. "No tienes pérdida".
Le doy las gracias y me encamino hacia donde me ha indicado. Me meto entre los árboles encontrando apenas sin dificultad el paso a medida que gano algo de altura y me acerco hacia la rocosa pared. Al salir de los árboles intuyo un agujero, una abertura en la blanca pared, de unos cinco metros de ancho por dos de altura, aunque en su interior la altura desciende hasta obligarme a manchar las rodilleras de mis pantalones. Me encuentro en la Cueva del Forato. Una vez superado este estrechamiento me hallo en una especie de sala circular cuyo techo es el cielo. una sencilla trepada de unos tres metros me deposita nuevamente bajo los rayos del sol, que a esa hora ya comienzan a calentar. Asciendo entre una vegetación muy espinosa que alfombra toda esta parte de la montaña
durante unos cien metros. Bastante incómodo pero se pasa bien. Me oriento guiándome por una punta rocosa, la Peña de Cochaldo. Según me acerco a ella observo un paisaje peculiar. Una espectacular y curiosa brecha de rocas desgajadas de la pared da paso a una cuenca herbosa elevada, en la que un abrevadero es el único vestigio de presencia humana en esta zona. Un apequeña barrera rocosa cierra este escondido lugar. La supero sin problema y continuo por una cresta herbosa. La reluciente piedra caliza ha sustituido todo vestigio de vegetación con su
omnipresencia. Un lapiaz se extiende durante una franje de unos trescientos metros, al pies de la brecha denominada Forca de Cachivirizas. Voy saltando las pequeñas grietillas de no más de veinte centímetros de ancho que se han formado durante siglos debido a la acción del agua sobre la roca calcárea. De vez en cuando me topo con alguna que otra grieta un poco más ancha y que alcanza hasta los dos metros de profundidad. No me gustaría torcerme un tobillo en este terreno, aparte de que la soledad en que me encuentro no e sla mejor compañera en caso de accidente, pero como esta situación de "aislamiento" es voluntaria, me atengo a las consecuencias. Otra batallita más para contar en caso de "lesión". Pero supero sin problemas las sencillas dificultades que opone este lapiaz y me enfrento con la pedregosa pendiente que defiende el acceso al collado, de unos cien metros de alto, que se me atraganta un poco pero con paciencia la supero. Al llegar a lo alto de este tramo se abre ante mí un paisaje maravillosos. La muralla de Peña Telera domina desde más de setecientos metros de altura un ancho valle suspendido, cubierto de pastos de altitud, y recorrido por una pista de tierra que serpentea por él durante unos quince kilómetros. Las primeras cumbres pirenaicas que superan la "mágica" cifra de los tres mil metros se muestran altivas ante mis ojos. En este punto enlazo con la subida que viene desde Piedrafita. A mis pies se halla el corredor de Cachivirizas, penosa canal de derrubios que en verano sólo se puede subir si se está armado de mucha paciencia. El sendero que he de recorrer ahora es un vertiginosos paso de unos cuarenta centímetros de ancho sobre una distancia de cien metros, que recorre la parte superior de los corredores Central, Elena y Collado, vertiginosos pasillos verticales de hielo muy codiciados en invierno por los alpinistas. También en invierno el paso de Cachivarizas, por donde estoy cruzando ahora con un poco de cuidado, sin correr pero también sin eternizarme, suele ser regularmente recordado en los noticiarios porque se trata de una travesía extremadamente delicad ay expuesta, difícil de asegurar, en la que una caída suele terminar casi irremediablemente varios cientos de metros más abajo. Y no son infrecuentes los tropezones y resbalones en este lugar... Pese a estar acostumbrado a los pasos aéreos y de equilibrio, me muevo cautelosamente. Si algo me ha enseñado la montaña es que no hay que bajar la guardia en ningún momento.El abismo se intuye cerca, a mi derecha, unos treinta metros más abajo. Y pensar que yo quiero escalar estos corredores en invierno... Casi sin darme cuenta me encuentro con una chimenea bastante vertical a mi izquierda pero que al disponer de agarres tan grandes hace que la trepada se me haga muy entretenida. También los múltiples mojones que jalonan toda esta zona hacen que sea difícil despistarse, lo que no sería muy agradable en estas vertiginosas paredes. Al salir de la chimenea un circo suspendido me da la bienvenida. El suelo aparce tapizado de
verde hierba y... de Edelweiss !!!! Cientos y cientos de estas magníficas florecillas alpinas adornan el verde tapiz. Me extasio ante tantas flores. Nunca había visto un Edelweiss en vivo y ahora los tengo por doquier. Remonto las pedregosas paredes de este circo. Se puede pasar casi por cualquier parte. Me acerco hacia la derecha, hacia los cortados de la cara norte. Aquí la trepada es un poco más entretenida. El tacto de la roca en las manos me reconforta. Un poco de buena gimnasia para llegar a esta bonita cumbre. La pared pierde inclinación y ya muy cerca de mí veo la cumbre, en la que no hay sino un rebaño de cabras... Un pequeño
esfuerzo más y... ya está. Me encuentro junto al vértice geodésico que adorna esta cumbre. Me siento en él y disfruto del paisaje, de la agradable temperatura que hace, de la soledad... de "mi" soledad. Toda la montaña para mí solito. Me regalo un banquete con las provisiones que he traido. Aproximadamente media hora después de mi llegada inicio el descenso. No voy a bajar por el mismo camino de subida. Ahora bajaré hacia el collado que separa la cima de la Peña Telera de la de Peña Parda, un poco más al sur.
Desciendo por una rocosa ladera sin ningún problema y, poniendo un poco más de atención en los últimos diez metros alcanzo el collado. Podría ascender fácilmente la Peña Parda pero no me interesa el coleccionismo de cumbres, por lo que la dejo pasar. Ante mí se abre la comba de Calcín, un sistema de viras herbosas que no me inspiran ninguna desconfianza pese a desconocer el terreno. Además, la presencia de mojones en los pasos entre viras facilita mucho la labor.
Desciendo, feliz, de una vira a otra. En una de ellas encuentro un casquillo de bala de un fusil de caza. Alguien dedicándose a la caza mayor. Hace ya rato que la cantimplora ha alcanzado niveles alarmantemente bajos pero estoy viendo no muy lejos de mí una manguera que serpentea por el suelo, por lo que imagino que habrá pronto posibilidad de avituallamiento del líquido elemento. Efectivamente, la manguera alimenta un abrevadero y éste me alimenta a mí. Agua fresca directamente manada de la montaña. El mejor premio para una garganta reseca. Continúo perdiendo altura en dirección al refugio de Usabas, sito al final del Valle del Puerto, tres
kilómetros más arriba del refugio del Puerto, donde me he encontrado esta mañana con el pastor. Sigo por la salida natural del valle y enseguida encuentro restos de pista, cubierta por derrubios que caen poco a poco de las pedregosas laderas. Rápidamente llego al refugio del Puerto, donde esta vez no se asoma nadie a la puerta, vigilada ahora por un simpático cachorrillo. No me entretengo en demasía pues aún me quedan ocho kilómetros por recorrer y el cansancio acumulado se empieza a notar en las piernas.
Le doy las gracias y me encamino hacia donde me ha indicado. Me meto entre los árboles encontrando apenas sin dificultad el paso a medida que gano algo de altura y me acerco hacia la rocosa pared. Al salir de los árboles intuyo un agujero, una abertura en la blanca pared, de unos cinco metros de ancho por dos de altura, aunque en su interior la altura desciende hasta obligarme a manchar las rodilleras de mis pantalones. Me encuentro en la Cueva del Forato. Una vez superado este estrechamiento me hallo en una especie de sala circular cuyo techo es el cielo. una sencilla trepada de unos tres metros me deposita nuevamente bajo los rayos del sol, que a esa hora ya comienzan a calentar. Asciendo entre una vegetación muy espinosa que alfombra toda esta parte de la montaña
durante unos cien metros. Bastante incómodo pero se pasa bien. Me oriento guiándome por una punta rocosa, la Peña de Cochaldo. Según me acerco a ella observo un paisaje peculiar. Una espectacular y curiosa brecha de rocas desgajadas de la pared da paso a una cuenca herbosa elevada, en la que un abrevadero es el único vestigio de presencia humana en esta zona. Un apequeña barrera rocosa cierra este escondido lugar. La supero sin problema y continuo por una cresta herbosa. La reluciente piedra caliza ha sustituido todo vestigio de vegetación con su
omnipresencia. Un lapiaz se extiende durante una franje de unos trescientos metros, al pies de la brecha denominada Forca de Cachivirizas. Voy saltando las pequeñas grietillas de no más de veinte centímetros de ancho que se han formado durante siglos debido a la acción del agua sobre la roca calcárea. De vez en cuando me topo con alguna que otra grieta un poco más ancha y que alcanza hasta los dos metros de profundidad. No me gustaría torcerme un tobillo en este terreno, aparte de que la soledad en que me encuentro no e sla mejor compañera en caso de accidente, pero como esta situación de "aislamiento" es voluntaria, me atengo a las consecuencias. Otra batallita más para contar en caso de "lesión". Pero supero sin problemas las sencillas dificultades que opone este lapiaz y me enfrento con la pedregosa pendiente que defiende el acceso al collado, de unos cien metros de alto, que se me atraganta un poco pero con paciencia la supero. Al llegar a lo alto de este tramo se abre ante mí un paisaje maravillosos. La muralla de Peña Telera domina desde más de setecientos metros de altura un ancho valle suspendido, cubierto de pastos de altitud, y recorrido por una pista de tierra que serpentea por él durante unos quince kilómetros. Las primeras cumbres pirenaicas que superan la "mágica" cifra de los tres mil metros se muestran altivas ante mis ojos. En este punto enlazo con la subida que viene desde Piedrafita. A mis pies se halla el corredor de Cachivirizas, penosa canal de derrubios que en verano sólo se puede subir si se está armado de mucha paciencia. El sendero que he de recorrer ahora es un vertiginosos paso de unos cuarenta centímetros de ancho sobre una distancia de cien metros, que recorre la parte superior de los corredores Central, Elena y Collado, vertiginosos pasillos verticales de hielo muy codiciados en invierno por los alpinistas. También en invierno el paso de Cachivarizas, por donde estoy cruzando ahora con un poco de cuidado, sin correr pero también sin eternizarme, suele ser regularmente recordado en los noticiarios porque se trata de una travesía extremadamente delicad ay expuesta, difícil de asegurar, en la que una caída suele terminar casi irremediablemente varios cientos de metros más abajo. Y no son infrecuentes los tropezones y resbalones en este lugar... Pese a estar acostumbrado a los pasos aéreos y de equilibrio, me muevo cautelosamente. Si algo me ha enseñado la montaña es que no hay que bajar la guardia en ningún momento.El abismo se intuye cerca, a mi derecha, unos treinta metros más abajo. Y pensar que yo quiero escalar estos corredores en invierno... Casi sin darme cuenta me encuentro con una chimenea bastante vertical a mi izquierda pero que al disponer de agarres tan grandes hace que la trepada se me haga muy entretenida. También los múltiples mojones que jalonan toda esta zona hacen que sea difícil despistarse, lo que no sería muy agradable en estas vertiginosas paredes. Al salir de la chimenea un circo suspendido me da la bienvenida. El suelo aparce tapizado de
verde hierba y... de Edelweiss !!!! Cientos y cientos de estas magníficas florecillas alpinas adornan el verde tapiz. Me extasio ante tantas flores. Nunca había visto un Edelweiss en vivo y ahora los tengo por doquier. Remonto las pedregosas paredes de este circo. Se puede pasar casi por cualquier parte. Me acerco hacia la derecha, hacia los cortados de la cara norte. Aquí la trepada es un poco más entretenida. El tacto de la roca en las manos me reconforta. Un poco de buena gimnasia para llegar a esta bonita cumbre. La pared pierde inclinación y ya muy cerca de mí veo la cumbre, en la que no hay sino un rebaño de cabras... Un pequeño
esfuerzo más y... ya está. Me encuentro junto al vértice geodésico que adorna esta cumbre. Me siento en él y disfruto del paisaje, de la agradable temperatura que hace, de la soledad... de "mi" soledad. Toda la montaña para mí solito. Me regalo un banquete con las provisiones que he traido. Aproximadamente media hora después de mi llegada inicio el descenso. No voy a bajar por el mismo camino de subida. Ahora bajaré hacia el collado que separa la cima de la Peña Telera de la de Peña Parda, un poco más al sur.
Desciendo por una rocosa ladera sin ningún problema y, poniendo un poco más de atención en los últimos diez metros alcanzo el collado. Podría ascender fácilmente la Peña Parda pero no me interesa el coleccionismo de cumbres, por lo que la dejo pasar. Ante mí se abre la comba de Calcín, un sistema de viras herbosas que no me inspiran ninguna desconfianza pese a desconocer el terreno. Además, la presencia de mojones en los pasos entre viras facilita mucho la labor.
Desciendo, feliz, de una vira a otra. En una de ellas encuentro un casquillo de bala de un fusil de caza. Alguien dedicándose a la caza mayor. Hace ya rato que la cantimplora ha alcanzado niveles alarmantemente bajos pero estoy viendo no muy lejos de mí una manguera que serpentea por el suelo, por lo que imagino que habrá pronto posibilidad de avituallamiento del líquido elemento. Efectivamente, la manguera alimenta un abrevadero y éste me alimenta a mí. Agua fresca directamente manada de la montaña. El mejor premio para una garganta reseca. Continúo perdiendo altura en dirección al refugio de Usabas, sito al final del Valle del Puerto, tres
kilómetros más arriba del refugio del Puerto, donde me he encontrado esta mañana con el pastor. Sigo por la salida natural del valle y enseguida encuentro restos de pista, cubierta por derrubios que caen poco a poco de las pedregosas laderas. Rápidamente llego al refugio del Puerto, donde esta vez no se asoma nadie a la puerta, vigilada ahora por un simpático cachorrillo. No me entretengo en demasía pues aún me quedan ocho kilómetros por recorrer y el cansancio acumulado se empieza a notar en las piernas.A mitad de recorrido de la pista comienzo a oír un petardeo a lo lejos, pero que se va haciendo cada vez más fuerte. Se trata del pastor que sube por la pista montado en una Bultaco o una Puch bastante, bastante vieja. Me saluda con un sencillo movimiento de cabeza, gesto más que suficiente para estas gentes. Finalmente llego al coche. Doce horas de travesía en un ambiente magnífico y en una solitaria montaña; qué más se puede pedir para un homenaje a uno mismo?

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