sábado, 17 de abril de 2010

EL ESCENARIO

Cayó el telón y las luces se apagaron.

Todo quedó sumido en la oscuridad. El escenario quedó vacio. Los ecos de los últimos pasos resonaron unos instantes y, después, la nada. Esta inundó todo el ambiente como si de un escalofrío sepulcral se tratara.

Donde antes había risas y aplausos, ahora sólo había silencio y quietud.

VACIO. Palabra de tal magnitud y amplitud que daba miedo con sólo nombrarla.

El escenario debería contentarse con los recuerdos agradables y felices de las actuaciones que en él se habían celebrado, con mayor o menor éxito, mientras aguardaba de nuevo la luminosidad de los focos, el calor del público y el resonar de los pasos sobre sus tablas.

Saber que era de nuevo el elegido, el mejor para una representación; tal vez, con suerte, la misma de la noche que acababa de abrazarlo, de hacerle sentir especial, el mejor escenario que se podía imaginar.

Tenía algún desperfecto y parecía que se podía utilizar sin problemas, pero era necesario un arreglo, pequeño en apariencia, para poder repetir esta última actuación.

Un arreglo, obra de magnitudes tan importantes, pese a ser poco visibles, que necesitaría mucho tiempo para realizarse, si es que se podía llevar a cabo algún día.

Mientras, debería resignarse a la oscuridad, al silencio, a la ausencia de la alegría que provocaba en los espectadores y los artistas, a la soledad; en definitiva, al VACIO.

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