Una habitación en penumbra.
En ésta sólo se oye el acompasado respirar de dos cuerpos que yacen desnudos el uno junto al otro.
Después de varias horas de tensión y, finalmente, el éxtasis, ahora se muestran relajados y tranquilos.
La mano de él, apenas visible en la semioscuridad, roza suavemente la de ella. Se trata de un gesto cariñoso y amable, en contraposición con la pasión sexual desatada y desbordada de las horas precedentes. Diríase que se hubiera tratado de dos depredadores que se daban un festín como si fuera la última noche de su vida.
Pero ahora, una vez terminada la pelea, cuando el raciocinio se apodera otra vez del control de la mente, surgen los sentimientos en "él".
Ese roce, ese pequeño movimiento casi imperceptible denota ganas de acercamiento. Ganas de saber que "ella" está ahí, junto a "él", que ahí seguirá. Que ella aún comparte ese espacio y ese tiempo. Que todavía están juntos.
Él querría abrazarla, besarla, poseerla de nuevo frenéticamente, una última vez, pero la mente relajada, no cegada de nuevo por el ardor de la pasión, saca un sentimiento profundo, el cariño, el verdadero, y únicamente permite ese roce casi puritano de no ser por la desnudez de ambos cuerpos.
Ese roce, insignificante en lo físico, tiene más fuerza que toda la energía gastada durante la lujuriosa noche.
Ese roce, humilde caricia, lleva consigo mucho más, un mensaje más profundo:
Es la necesidad de él de tener algo más de ella que sólo su cuerpo. Busca su complicidad, su amistad, su duplicidad, saber que "Él" siempre tendrá un lugar en "Ella", en sus sentimientos, en su vida.
Dentro de unas horas él se irá.
Se levantará de ese lecho que les ha visto disfrutar de la vida y de sus cuerpos, amarse, luchar, sudar, jadear, y se irá sin despertarla.
Una última mirada, un último beso dulcemente posado sobre sus suaves labios, extasiarse una última vez con el aroma de su dormido cuerpo y se marchará hasta quién sabe cuando, quizás para no volver jamás.
Él revivirá esas intensas horas pasadas con ella una y otra vez, y deseará con todas sus fuerzas que la vida les dé otra oportunidad, a falta de otra vida en la que actúen más cerca el uno del otro a diario.

¿Por qué siempre me voy a dedicar al monotema (o bitema) de la montaña y los viajes???? Aunque con este relato me parece que se me ha ido un poco la "pinza"...
ResponderEliminarUn poco!!!!! se te esta yendo del todo!!!!!!!!!! Me estoy empezando a preocupar.
ResponderEliminar¡¡¡A ver si poco a poco, monsieur Ramon, a fuerza de escribir, coge el truco y nos escribe relatos... y se nos hace famoso!!! Todo es empezar e ir probando. Bonita historia y que siga así. Muxus a los dos.
ResponderEliminarPrecioso. Sigue así, limoncito ¿dulce? Muchos muxux para los dos.
ResponderEliminarSin comentarios........
ResponderEliminarLas palabras desaparecen con el tiempo. Lo escrito es lo único que pude perdurar.